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¿Arde Londres? #londonriots: Twitter como motor de la historia


Estoy viendo las imágenes de incendios y disturbios en Londres en un día marcado por otro desplome en las bolsas mundiales y un paso tentativo del BCE hacia la compra masiva de bonos españoles e italianos. Más allá de la imagen generalizada de caos mundial en el mes teóricamente más aburrido, ya se comienzan a escuchar los primeros murmullos de que los medios sociales han contribuido a potenciar la creciente ola de saqueos en la capital británica. Supongo que era inevitable. El dedo acusador hacia Twitter y Facebook fue esgrimido primero por un portavoz de Scotland Yard, y se reporta que Blackberry ha indicado su disposición a colaborar con cualquier investigación. El World Service de la BBC, por su puerta, está martilleando con insistencia sobre este ángulo.

El año en curso podría pasar a la historia como el año de Twitter. La red de microblogueros es invocada como causante de fenómenos tan diversos como el Levantamiento Árabe que ha puesto a tambalear gobiernos desde Marruecos hasta Siria; el movimiento de los indignados en España; las protestas sociales en Israel; y ahora los saqueos londinenses. Y aún quedan cinco meses de 2011.

Que Facebook y Twitter hayan desempeñado un rol en todos estos movimientos es innegable. Donde fracasa el análisis superficial del periodismo es en la distinción entre causas necesarias y suficientes. La identificación de esta clase de causas para los eventos históricos es un problema más difícil de lo que se podría creer. Dado un evento histórico cualquiera, hay tantas causas como historiadores que participan en el debate. Gran Bretaña cuenta con las instituciones políticas más antiguas y estables del planeta. Pero también goza de una rica historia de disturbios que va desde el gran levantamiento campesino de 1381 hasta los Poll Tax Riots de principios de los noventa, cuando el moribundo gobierno de Thatcher intentó imponer a trancas y barrancas una reforma mal concebida de los impuestos locales. El disturbio civil es un fenómeno complejo que se asemeja en cierto modo a los pánicos bancarios y las epidemias. Para usar una palabra a la moda, se trata de un hecho viral. Ciertas emociones se transmiten a una velocidad estremecedora de una forma que desafía la descripción simplista, independientemente del medio que se utilice. ¿Acaso cree alguien que Wat Tyler y sus decenas de miles seguidores tenían algún medio de comunicación aparte de la palabra hablada en el siglo catorce? Como acota Gladwell, las masivas manifestaciones en Leipzig en contra del régimen de Honecker se organizaron de forma casi instantánea con apenas el uso del teléfono. Yo, personalmente, he vivido dos disturbios en Venezuela (el “Caracazo” de 1989 y las “guarimbas” de 2004) y en ambos casos puedo dar fe de que la chispa que enciende una de estas hogueras es imprevisible, difícil de planificar y dura de diagnosticar incluso a posteriori. La BBC esta noche machaca que el asesinato por parte de la policía de Mark Duggan el jueves no es justificación ni causa de los subsiguientes hechos de violencia. Por supuesto, lo dice en tono de condena moral. No obstante, hay una verdad subyacente más profunda: a veces buscamos causas donde no las hay. Nuestros cerebros, dice Nassim Nicholas Taleb, son máquinas de formulación de hipótesis causales. Y por eso nos apresuramos para asignar causas a estos disturbios: los recortes de los tories, Twitter, el asesinato de un joven, la brutalidad policial, el calor de agosto, etc. Pero según Taleb, la historia no repta sino que salta, y a veces los saltos son espeluznantes, como se está viendo esta noche en Londres.

La pretensión de tomar una fotografía instantánea de cualquiera de los dramáticos eventos de este año y exclamar “¡Eureka! Twitter y Facebook son los catalizadores” resulta poco menos que aventurada. Pero estamos viviendo una burbuja de los medios sociales y, por otra parte, el determinismo tecnológico es nuestra religión laica. Las voces discordantes son pocas: el citado Gladwell ha realzado la superficialidad de cierto activismo (slacktivism, o “activismo flojo”) que cree que con hacer clic en una petición o unirse a un grupo de Facebook se está transformando el mundo (“La revolución no será tuiteada”). Pero la crítica más completa de la idea de Twitter como el motor de la historia ha sido planteada por el pensador bielorruso Evgeny Morozov, que publicó a principios de este año The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom (El espejismo de la Red: el lado oscuro de la libertad en Internet).

Morozov, un activista en pro de la democracia, lanza una crítica feroz de la ingenua creencia —adoptada como artículo de fe por los empresarios de Silicon Valley y el Departamento de Estado de Hillary Clinton— de que la tecnología comunicativa por sí sola es capaz de tener un impacto liberador o revolucionario. La escritora británica Zadie Smith ha diagnosticado de forma muy certera este espejismo de creer que la conectividad es un fin en sí:

Lo llamativo del verdadero Zuckerberg, tanto en vídeo como en medios impresos, es la relativa banalidad de su concepción de la razón de ser de Facebook. Emplea la palabra “conectarse” como los creyentes emplean la palabra “Jesús”, como si fuera sagrada en y por sí misma: “De modo que la idea es que, uhm, el sitio ayuda a que todos se conecten con personas y compartan información con la personas con las que quieren mantenerse conectados…” La conexión es la finalidad. La calidad de esa conexión, la calidad de la información que pasa a través de ella, la calidad de las relaciones que esa conexión permite: nada de esto resulta importante.

Basándose en su experiencia de organizar a activistas antiautoritarios en Europa del este, el autor llega a la conclusión de que la panoplia de herramientas comunicativas de la Red 2.0 (blogs, microblogs, redes sociales, móviles inteligentes, etc.) no son por sí solas lo suficientemente poderosas como para desbancar a los atrincherados regímenes antidemocráticos en Belarús, Rusia, Irán, China o Venezuela. Según Morozov, la apuesta masiva del Departamento de Estado por esta vía es un enorme error táctico que corre el riesgo de debilitar el progreso hacia la democracia universal.

La otra vertiente de argumentación del libro de Morozov consiste en realzar un hecho innegable: las herramientas de comunicación cibernética más recientes son susceptibles de ser manipuladas por los regímenes autoritarios. Y esta manipulación se da en dos sentidos principales, ambos igual de escalofriantes. El primero es para vigilar a los disidentes al crear otra forma de infiltrar los movimientos de protesta, fenómeno ampliamente documentado en libro. El segundo sentido es que muchos gobiernos autoritarios o parademocráticos han lanzado experimentos exitosos para manipular la realidad transmitida por los medios sociales. Ya hace varios años que vengo escuchando del llamado “Ejército de 50 centavos”. Se trata de un programa de las autoridades chinas mediante el cual pagan medio dólar a blogueros para que inunden el ciberespacio con miles de entradas y comentarios alabando al Gobierno, contradiciendo información circulada en medios disidentes o lanzando infamias contra figuras opositoras. Morozov analiza este ejemplo y muchos más como prueba de que los gobiernos se están volviendo cada vez más sofisticados en su aprovechamiento de las herramientas comunicacionales de avanzada para ejercer su tradicional control sobre la percepción de la realidad. Al comparar los manifestantes de ahora con los disidentes que luchaban contra el comunismo, acota lo siguiente:

Las similitudes entre Internet y las tecnologías utilizadas para el samizdat [literatura disidente soviética] —máquinas de fax y fotocopiadoras— son menores de las que uno podría imaginar. Una pieza de literatura samizdat reproducida en una fotocopiadora solo tenía dos usos: podía ser leída o ser transferida a otra persona. Internet, en cambio, es por definición un medio mucho más complejo que puede cumplir una infinitud de funciones. Sí, se puede emplear para transmitir información antigubernamental, pero también se puede emplear para espiar a los ciudadanos, satisfacer sus necesidades de entretenimiento, someterlos a propaganda estatal sutil e incluso lanzar ciberataques contra el Pentágono.

Entronizar a Twitter como el motor de la historia contemporánea equivale a olvidar que ninguna tecnología por sí sola tiene un impacto moral o una efectividad histórica. La tecnología es amoral y su impacto depende del modo en que se utilice. Como dicen los foucaultianos, cualquier herramienta de liberación también es una potencial herramienta de control social. El proceso de efectuar transformaciones sociales o políticas sigue pasando por herramientas más antiguas y primitivas, pero menos glamorosas (mítines, contactos personales, proselitismo, manifestaciones). Se trata del tedioso y minucioso trabajo político de convencer uno por uno a los conciudadanos de que un cambio político es necesario. Y esto vale tanto para la derecha como la izquierda. Tanto Lenin como Vaclav Havel se reirían a carcajadas de la idea de que un régimen se puede tumbar mediante blogs anónimos. Y si no estás convencido, pregúntales a los manifestantes sirios qué tácticas resultan más eficaces a la hora de colocar a al-Asad contra la pared: Twitter o una buena barricada.

Tanto en el mundo de la política como en el mundo de la traducción está de moda el crowdsourcing para hacer de todo, desde el análisis de montañas de datos hasta la traducción de manuales de software. Pero no me sorprendería que después de algunos años la sociedad llegue a la conclusión de que un grupo pequeño pero organizado generalmente será más eficaz que una masa indiferenciada de cliqueadores compulsivos. Mientras tanto, la policía londinense desperdiciará valiosos recursos en busca del oscuro tuiteador sin rostro que desencadenó los disturbios de esta semana.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com