He estado leyendo el libro Is That a Fish in Your Ear? de Alex Bellos. Pese al apellido portugués, el autor es británico y es conocido como el traductor al inglés de autores franceses contemporáneos como Georges Perec. Su libro es parecido a un curso de introducción a la traducción que brinda un paseo somero pero erudito de los múltiples problemas teóricos de la disciplina.
El autor pone de cabeza muchas presuposiciones acríticas que incluso muchos traductores tienen sobre la actividad. Al analizar la institución de los intérpretes imperiales otomanos, Bellos discute su nombre, que es un curioso el fósil lingüístico:
La diplomacia, el espionaje y la intriga administrativa eran parte del trabajo acometido por estos traductores otomanos, conocidos como tercüman. El término turco ha entrado al inglés como dragoman, pero se encuentra bajo formas ligeramente alteradas en docenas de otros idiomas que han tenido contacto con los turcos. El azerbaiyaní trcüm∂çi, amhárico ästärgwami, darí tarjomân, persa motarjem, uzbeco tarzhimon, árabe mutarjim, marroquí trzman y hebreo metargem son todos traducciones fónicas de tercüman. Pero independientemente de que se escriba como dragoman o tercüman, la palabra otomana para un “traductor” no tiene absolutamente nada de turca. Se encuentra por primera vez en un idioma hablado en Mesopotamia en el tercer milenio antes de Cristo como traducción para eme-bal, una palabra sumeria más antigua aún. Por tanto, la palabra acadia targumannu tiene un descendiente por medio del tercüman turco en una palabra inglesa que indudablemente es obsoleta pero que aún persiste: probablemente se trata de la única palabra con un significado estable cuya historia escrita se remonta hasta el tercer milenio antes de Cristo. La difusión de una de las palabras raíz más utilizadas para “traductor” desde una de las cunas de la escritura en la antigua Mesopotamia es una prueba inmejorable de la antigüedad mucho mayor de la práctica en sí de la traducción. (p. 124)
Lo cual, de ser cierto, es fascinante. La única palabra con una historia tan larga no es religiosa, ni sexual, ni agrícola, sino un sinónimo para la traducción.
¿Y el español no recibió la palabrita milenaria? Al fin y al cabo, si estuvo rebotando por el Mediterráneo durante decenas de siglos, ¿por qué no aterrizó en el español? Diez segundos en Google bastaron para corregirme: el targumannu acadio tiene un descendiente igual de obsoleto que su primo inglés pero no menos significativo. Se trata de la palabra “trujamán”:
trujamán, na.
(Del ár. hisp. turǧumán, este del ár. clás. turǧumān, intérprete, este del arameo rabínico tūrgmān[ā] y siriaco targmānā, y estos del acadio targamānu[m] o turgamānu[m]).
1. m. y f. Persona que aconseja o media en el modo de ejecutar algo, especialmente compras, ventas o cambios.
2. m. y f. p. us. intérprete (‖ de lenguas).
Yo pensaba que la palabra “trujamán” venía del árabe, pero, no, es parte de la gran cadena lingüística que conduce a la institución otomana y más allá. Desconocía la primera acepción indicada por el DRAE, como asesor en la compra y venta de bienes. Y aquí comienzo a especular sin ninguna clase de fundamento científico: supongo que esto se debería a que el comercio internacional en la antigüedad (imaginemos la Ruta de la Seda) exigía los servicios de un agente multilingüe que mediaba entre las dos partes en la transacción.
Así que, al menos en el caso del español, el trujamán era en un sentido importante un asistente en los intercambios comerciales. Además de la antigüedad resaltada por Bellos, el diccionario español resalta el nexo con el intercambio comercial. ¿Este significado es común a otras lenguas o es una innovación del español? Es imposible determinarlo sobre la base de búsquedas superficiales en Google, pero la acepción encaja bien con el tema que aborda Bellos en el capítulo del que se toma la cita: “El problema de la confianza”.
Cuenta Bellos que los dragomanes que servían al emperador tenían una reputación dudosa debido a su función como intermediarios entre culturas. En primer lugar, no eran turcos. Eran griegos. Tampoco eran musulmanes, sino cristianos. En segundo lugar, parte de su función consistía en adaptar los mensajes de un modo que a nuestro modo de ver es pura tergiversación. Por ejemplo, un mensaje del emperador otomano a un rey europeo incluía muchas fórmulas que ensalzaban hasta los cielos el poder del emperador turco y subrayaban la bajeza y miseria del rey europeo. El dragomán se encargaba de eliminar todas las referencias humillantes al soberano europeo. Eso es pura y simple diplomacia (y quizás sentido común), pero el encargado de cumplir esa función suavizante siempre era visto con recelo. Y ese es tan solo un ejemplo pequeño de la actitud relativista pero optimista de Bellos hacia el trabajo de la traducción: no existe semejante cosa como la traducción literal ni la traducción figurativa, no hay traducciones fieles ni infieles. Solo hay traducciones buenas malas, que cumplen mejor o peor la función del “acto de habla” original. La traducción, para él, es una actividad que tiene una infinitud de funciones pero que siempre consiste en adaptar un acto de habla a otra lengua.
No me cabe duda de que la palabra “trujamán” español conserva parte de la desconfianza del monolingüe hacia el bilingüe debido al resentimiento y temor que produce cualquier relación de dependencia. Véase simplemente la definición en el DRAE de una de las palabras relacionadas con “trujamán”, truchimán: “Persona sagaz y astuta, poco escrupulosa en su proceder”. Ups.
Acerca de Miguel Llorens
Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com
