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Las aventuras de «Varilla caliente»: ficción erótica traducida por ordenador


 
                                                  «Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa 
                                            de disección, de una máquina de coser y un paraguas»
 

Ray Kurzweil dice que cada vez está más cerca el momento en que tendremos máquinas inteligentes. Cabe la pregunta de si también tendrán una imaginación sexual. Y desde allí solo hay un paso a rumiar sobre cuáles serán sus preferencias. No tengo una respuesta sencilla a esta pregunta, pero gracias a un experimento poco divulgado en el área de la traducción automática, ya contamos con un atisbo de la Edad de las Máquinas Inteligentes y (Tal Vez) Copulantes.

El relato es uno de los Kindle Singles disponibles en Amazon. Según los gurús de la industria de la localización, las crecientes montañas de contenido de baja calidad exigen legiones de poseditores y millones de motores de traducción de baja calidad. Pues bien, ya hay pioneros que se han adelantado al valiente mundo nuevo de las traducciones literarias hechas por ordenadores para otros ordenadores seres humanos que no exigen demasiadas florituras estilísticas en su ficción.

El título es Varilla caliente. El original se intitula Hot Rod, lo que brinda un ejemplo interesante de la forma en que un ordenador maneja la polisemia. El objeto del deseo de la protagonista se llama Rodney, o Rod, así que hay tres significados posibles: el automovilístico; la referencia al atractivo sexual del protagonista; y la insinuación fálica. El ordenador, ni corto ni perezoso, apuesta sin ninguna clase de pudor por el crudo significado sexual. Lo que pinta bien para el sexo masculino: el futuro sexual humano-maquinístico no tiende demasiado a la indirecta seductiva, sino que va directo al grano, como todo un macho impaciente.

Leah es una mujer divorciada que se muda de regreso a su pueblo natal a vivir en la casa de sus padres difuntos. Pese a que su matrimonio no duró, la joven alberga buenos recuerdos del sexo con su ex:

Relaciones sexuales con su esposo, Esteban, había sido salvajemente apasionado. Lo habían hecho en todas las habitaciones de la casa y en todo momento del día.

De hecho, Esteban era tan buen amante que su ex esposa, cuya memoria quizás queda nublada por el placer, tiene problemas a la hora de recordar su nombre. En la siguiente oración, este Valentino sufre una abrupta metamorfosis, como si fuera una partícula cuya posición y movimiento fuera imposible de determinar simultáneamente con exactitud:

Steven había sido tan apasionado en su hacer el amor como él estaba haciendo negocios.

Perdida en sus reminiscencias apasionadas, la sintaxis de Leah comienza a resquebrajarse:

Él era un animal, y era que prima, sexo sexual, los animales que Leah se perdió.

¿Alguna perversión escandalosa? ¿Un guiño intertextual a Molly Bloom? Eh, sí… quizás… ¿quién sabe?

Avanza la trama. Resulta que el carpintero que Leah contrata para hacer reformas en la casa de sus padres es un antiguo compañero del instituto, la “varilla caliente” que brinda su nombre a esta excursión literaria. Rodney es un hombre sencillo, de clase obrera, pero con cualidades que pronto lo empujarán al primer plano de las predilecciones sentimentales de Leah (el libro tiene 17 páginas y solo dos personajes, de modo que el suspenso no es precisamente el punto fuerte):

Rodney no era sexy o guapo en una especie de manera glamorosa. recurso de Rodney vino de su personalidad más que nada.

A medida que tiene más contacto social con su ex compañero de clases, Leah comienza a notar más y más encantos físicos:

Era un buen tipo, muy humilde, y tuvo el más lindo culo que Leah se había visto en su vida, o uno de los más lindos, y ella no le hubiera importado apretando de vez en cuando.

Sigamos. El relato es corto: Leah invita a Rodney a un baile o Rodney invita a Leah (no es fácil comprender) al «club de país». Creo que Rodney baila bien, aunque la sintaxis y la ortografía del ordenador dificultan un poco la interpretación del texto:

Pero Rodney, oh mi Dios, ¿era un bailarín. Si era tan bueno en la cama cuando estaba en la pista de baile, Leah se han encontrado al hombre perfecto.

A partir de este momento, la lectura se vuelve cada vez más difícil, bien sea por el carácter experimental del autor o por la falta de pericia sexual del traductor. También es posible que el vino ingerido por los protagonistas esté interfiriendo con la inteligibilidad de la conversación y que estemos ante un ejemplo de flujo de conciencia:

“¿Más vino?”, Preguntó. –Claro-dijo, después de ella a la cocina. Se sirvió el vino. “Hacer un brindis”, dijo. Rodney estaba pensando en ello. “He aquí a un chico y una chica que se codeaban todos los días durante seis años, y no se matan unos a otros.” “Muy buena,” dijo Leah.

Y en este punto Rodney se despeña por una serie de reminiscencias completamente incomprensibles sobre una especie de régimen de trabajo forzoso (y ligeramente perturbador) en el instituto donde estudiaron juntos:

“Piense en ello, Leah. Éramos niños, probablemente los doce años, y nuestros cuerpos se vieron obligados, literalmente, unos contra otros, porque había muchos de nosotros y nuestros armarios estaban uno junto al otro, hasta el día que nos graduamos. Esos son años difíciles. Nunca lucharon por la sala de codo.

¿Qué horrores sucederían en esta misteriosa sala de codo? Pasemos por alto los extraños rituales de apareamiento en el Medio Oeste norteamericano. Porque ahora viene lo bueno. Comienza la acción. Varilla y Leah/Lea/Lía se traban en ardiente combate. Pero, de forma casi sistemática, el glosario empleado por el programa de traducción frustra cualquier titilación potencial. Es como si el relato hubiese sido censurado por un inquisidor puritano pero con sentido del humor un poco juguetón:

Ella se moría por tener uno de esos duros de diapositivas de trabajo gruesos dedos dentro de ella.

O mi favorita:

Ella se agachó y se indica la construcción a través de sus pantalones.

Una de las exigencias de la ficción erótica escrita para mujeres es que el sexo no puede ser simplemente sexo. Pese a su brutal literalismo, nuestro ordenador respeta estas convenciones. El placer es tan intenso que logra distraer a Leah de sus cavilaciones científicas:

Cuerpo de Leah estaba más que listo para el sexo, pero Leah estaba sorprendido por sus sentimientos que fueron mucho más allá de la física hoy.

Extraña chica, esta Leah. Una vez que Rodney logra que la mujer deje de pensar en Heisenberg y Marie Curie (¿una táctica para demorar el orgasmo, quizás, como Woody Allen pensando en el béisbol?), el clímax se acerca. En su apogeo, el sexo entre Rodney y Leah suena como una versión al español —no totalmente desprovista de mérito literario— de un poema erótico de e.e. cummings:

Se inclinó hacia delante y empezó a coger él, realmente lo mierda, duro y rápido, gimiendo libremente y en voz alta como su intensificación del placer.

En fin, me alegra reportar que los dos protagonistas culminaron exitosamente su encuentro y que el mismo fue mutuamente satisfactorio, tanto en lo físico y lo científico como en lo emocional.

¿Se trata de una ligada de una sola noche o el comienzo de una hermosa amistad (o algo más)? Como preguntaban las Shirelles en su exquisita versión de las letras de Carole King: «Will you still love me tomorrow?»

En el mundo algorítmico de la traducción automática, las verdades no son concluyentes sino estadísticas. Las relaciones no son estables sino probabilísticas. Somos solo átomos flotando en el vacío cuántico que forman aleaciones fugaces con otros átomos. Sin embargo, el futuro pinta bien para Leah y su Varilla Caliente:

Ella cubierto de Rodney brazos por encima de su cuerpo, y se quedó dormido en los brazos de Rodney Lawton.

Que, parafraseando, significa: «Y fueron felices y comiendo faisanes». O, como sugiere Google Translate: «They were happily ever after».

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.


«Moneyball», la película, y una reflexión sobre la estadística


Finalmente logré ver la versión filmada de Moneyball, el libro de Michael Lewis que reseñé hace unos meses. Obviamente, por tratarse del béisbol, no despertará demasiado interés en España. Además, es una película curiosa porque el deporte tampoco es el tema central. El verdadero protagonista es la estadística (sí, ya sé, ¿que podría ser más sexy?). Un economista graduado en Yale le vende al Billy Beane interpretado por Brad Pitt las teorías revolucionarias del Bill James. Una entrevista en el Financial Times con Beane y Lewis y una pieza del economista Tyler Cowen hace unas semanas hicieron explícito el vínculo entre diversas formas de análisis algorítmico aplicado a terrenos nuevos que ha provocado revoluciones en diferentes sectores de la economía.

El ejemplo que se les vendrá a la mente a todos es Google y sus algoritmos de búsqueda. Pero las aplicaciones de la estadística están por doquier. Uno de ellos es la traducción automática estadística, o SMT. La potencia de computación es aplicada a masas inmensas de oraciones en diferentes idiomas para extraer traducciones novedosas basadas en adivinanzas probabilísticas.

Pero esos ejemplos apenas rozan la superficie de las formas en que la estadística está transformando nuestro mundo a paso acelerado. Otra aplicación es la compra y venta de valores por parte de ordenadores. Otra es la forma en que los ordenadores de Facebook deciden la frecuencia con la que uno ve las actualizaciones de tal o cual amigo.

Algunos algoritmos son muy útiles, otros me parecen irritantes hasta más no poder. En lugar de permitirme modificar mis preferencias de búsqueda en Google News, los chicos de Mountain View deciden de forma paternalista cuáles son las configuraciones que me convienen más. Y otras fómulas son pura y simplemente desastrosas. Mientras escribo esto, se ha producido otro flash crash (crack instantáneo) producido por algoritmos que compran y venden acciones en milisegundos. Las acciones de Apple se desplomaron más de un 10% en Bolsa y se acaba de suspender la compra y venta de una empresa llamada BATS, un bróker especializado en el high-frequency trading (operaciones bursátiles a alta velocidad basadas en algoritmos computarizados). La OPI de esta empresa comenzó a 16 dólares canadienses y en menos de un día habían bajado a cuatro céntimos.

Volviendo a Moneyball, las películas sobre el deporte siguen una estructura bastante uniforme: el protagonista pierde, pierde y pierde; hace un cambio en su vida (romántico, financiero, táctico); luego comienza a ganar, gana un poco más y luego, en el juego del campeonato, se tropieza y está a punto de perder, pero en el último minuto logra sacar un jonrón/anotar el gol decisivo/encestar con un lanzamiento de tres puntos. Moneyball hace un saludo a esta bandera, pero regresa con la misma velocidad a centrarse en la verdadera historia, la apuesta de Billy Beane, director gerente de los Athletics de Oakland, por una teoría sobre la ineficiencia de los mercados.

El tema recurrente son los choques de Beane con la sabiduría convencional del resto de la organización de Oakland, es decir, el entrenador y los cazatalentos que le dicen una y otra vez que las fórmulas de los ordenadores ignoran ciertas cosas que solo los conocedores saben. Beane y su economista graduado en Yale consideran que estas preconcepciones son el equivalente a las ideas medievales sobre la generación espontánea y apuestan sus carreras a las nuevas ideas. Al final, por supuesto, el chico de la película gana, aunque solo parcialmente: los Athletics pasan de ser el peor equipo de su división a llegar a la postemporada, pero caen vencidos en los play-offs antes de alcanzar la soñada Serie Mundial. A Beane le ofrecen encargarse de los Medias Rojas de Boston, pero rechaza la jugosa oferta del rey de los hedge funds, John W. Henry (otro que hizo una fortuna aplicando algoritmos a los mercados ineficientes), para quedarse en Oakland.

La película me planteó una pregunta: ¿hay una analogía entre las tribulaciones de Beane (su enfrentamiento con los “expertos” trogloditas) y la traducción automática? A primera vista, la respuesta es no. Los programas de software del economista de Yale son claramente mejores que los cazatalentos a la hora de identificar cuáles son los mejores jugadores (o al menos los mejores jugadores cuyo precio ha sido mal fijado por un mercado ineficiente). En contraste, el producto del algoritmo de la TA es claramente inferior al producto de los peores traductores humanos. De modo que la analogía no funciona en ese nivel.

Donde sí podría funcionar la analogía «Beane-Galileo vs. cazatalentos-tomistas medievales» es al nivel de la visión general del mercado de la traducción. Si, efectivamente, la sociedad mundial se acostumbra a consumir traducciones de muy baja calidad, entonces los adalides de la TA habrían identificado una ineficiencia. Al generar cada vez más beneficios y expandir su participación de mercado, su visión terminaría por imponerse. Pero esto no depende de ningún modo de los cálculos de un ordenador. Representa una apuesta muy ambiciosa (y arriesgada) sobre la evolución de la economía mundial y, aun más, de la cultura mundial, un ámbito incluso más difícil de pronosticar. Quizás ese sea el futuro y yo sea el equivalente intelectual del cardenal fanatizado que acosaba a Galileo. No lo descarto. ¿Quién sabe? Dejo la puerta abierta a cualquier cosa porque el presente que vivimos hoy día era imposible de pronosticar hace veinticinco años.

Dejo la puerta abierta a la posibilidad, pero también expreso libremente mi escepticismo sobre la probabilidad de este escenario. Hay una diferencia clave: yo en ningún caso hago predicciones sobre el futuro. Solo sé que será diferente e inesperado. Hay que mantenerse atentos a las formas en que cambia el mundo. Pero también hay que precaverse contra las apuestas estúpidas.

Cuenta Nassim Nicholas Taleb de Casanova que este siempre se estaba congratulando sobre su maravillosa suerte: al final de su vida, en sus memorias, el amante del siglo se asombraba de la cantidad de aprietos imposibles en que se había metido y del hecho de que siempre se había salido con la suya. Pero Casanova es un ejemplo clásico del sesgo de la supervivencia: el problema es que ninguno de los centenares de Casanovas de pacotilla que fueron asesinados por cornudos iracundos alcanzó a escribir sus memorias. El gurú de los negocios que se inclina ante su bola de cristal y ve un futuro plagado por productos de segunda calidad y traducciones de tercera me recuerda más a uno de estos Casanovas fallidos. Y es que, estadísticamente, tiene más probabilidades de darse de bruces con una realidad distinta a la que espera que lo contrario.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

La traducción automática y el Movimiento de Baja Calidad


Cuando los telares tejan por sí mismos, habrá terminado la esclavitud del hombre.

—Aristóteles

Jordi Balcells, que es casi un coautor de mis blogs debido a la frecuencia con la que comenta y corrige mis gazapos, ha incursionado en el debate de la traducción automática (TA) y ha levantado, previsiblemente, un avispero (ver aquí, aquí y los numerosos comentarios). La traducción automática es el tercer riel para el bloguero-traductor. Tócalo y te electrocutarás, porque es imposible complacer a todo el mundo, pero aquí vamos. Me parece una buena ocasión para precisar mis opiniones al respecto e incluso explicármelas a mí mismo. ¿Soy un luddita? La verdad es que no sé. Veamos si esta pieza arroja algo de luz al problema.

Antes que nada, no estoy en contra de la traducción automática. Estar en contra de la traducción automática es como oponerse al alumbrado público o al teléfono. Tal vez sea una buena idea eliminar los teléfonos (¿quién quita?), pero soñar con un mundo sin teléfonos es una receta para la frustración. El desarrollo de esta o aquella tecnología avanzará o se estancará independientemente de nuestros deseos (en nuestra época, los videojuegos cada vez mejoran más, pero la velocidad a la que viajan los jumbo jets se ha estancado; el ejército de Estados Unidos fracasó rotundamente en desarrollar una tecnología que detecte los dispositivos explosivos improvisados en Irak y los interceptores de misiles intercontinentales siguen existiendo solo en la ciencia ficción, pero la visión nocturna es una realidad). El desarrollo de una tecnología es un tema interesante en sí, pero que no puede tacharse de bueno ni malo.

Entonces no soy un luddita en ese sentido fuerte de la palabra. Cuando critico la traducción automática, lo que critico ante todo son los modelos de negocio que quieren usar la TA en su estado actual como la base para cualquier proceso de traducción. El ímpetu detrás de esta idea es lo que denomino el “Movimiento de Baja Calidad”. Los propugnadores de este movimiento (Kirti Vashee de Asia Online, Jaap van der Meer y Renato Beninatto) admiten con absoluto desparpajo que el producto “crudo” (sin editar) de la TA es de baja calidad, pero añaden que la calidad ya no importa (ojo, no estoy inventando esto). En un mundo inundado por productos de pésima calidad y menor coste hechos en China, la traducción debe acoplarse al producir textos de ínfima calidad a 0,02 € por palabra. A esto es a lo que apuntan mis críticas. (Por cierto, a quien le interese el tema del estancamiento de la inteligencia artificial debería leer You Are not a Gadget de Jaron Lanier, el padrino de la realidad virtual.)

Los ideólogos del “Movimiento de Baja Calidad” invocan muchas entelequias convenientes pero que sufren de la grave desventaja de ser inexistentes. Hablan del “Tsunami de Contenido” o el “Diluvio de Datos”, pero un análisis mínimamente riguroso revela que nada de esto es aplicable a la traducción. Sin duda, la cantidad de datos económicos o astronómicos se ha multiplicado por centenares en los últimos años, pero la cantidad de texto que vale la pena traducir para fines económicos, científicos, artísticos o humanitarios no ha crecido demasiado. La traducción barata no impedirá que un solo niño somalí se muera de hambre ni que un solo obrero chino sea explotado por un cacique comunista. Los gurús de la “Baja Calidad” se arropan en un manto mitad hecho de sonoros ideales humanitarios y mitad tejido con nuestras ilusiones tecno-utópicas para encubrir agendas corporativas bastante pedestres: vender sistemas de TA que apenas son un poco mejores que las herramientas gratuitas que conseguimos a través de la Web.

Siguiendo con mi respuesta resumida a los temas discutidos por Jordi, tengo dos observaciones más:

La TA y la confidencialidad: un pseudoproblema. Concuerdo con Jordi en que el problema de la confidencialidad es un despiste. La objeción de la confidencialidad fue inventada o esgrimida por distribuidores de sistemas pagos de TA debido a que, cuando apareció Google Translate, su mercado quedó como la campiña rusa después del paso de la Wehrmacht: en llamas y sembrado de cadáveres. GoogleT es líder del mercado y comete el pecado de ser gratis. Los traductores que recogen el argumento de la confidencialidad de forma acrítica le están haciendo el juego ingenuamente a estas compañías, cuyos portavoces se cuelan en cualquier reunión donde haya más de tres traductores y de cuya honestidad intelectual estoy comenzando a dudar cada vez más.

Negarse a entrenar la máquina: luddismo extremo. Gente que también es amiga mía a menudo plantea el argumento de que al trabajar como poseditor uno está ayudando a mejorar el corpus y así adelantando el día en que los “telares trabajen solos”. En primer lugar, la verdad es que cada vez hay más razones para sospechar que por grandes que se vuelvan los corpora, no necesariamente habrá saltos cuánticos en la calidad de la TA. Además, ha surgido el problema de que el uso indiscriminado de la TA para traducir páginas web no solo está comenzando a contaminar ese gran corpus universal que es la Web sino que, lo que es más grave, incluso está dificultando los esfuerzos hercúleos de Google para clasificar ese corpus. Hay muchos indicios sueltos que por el momento apuntan en esa dirección (uno de ellos es el mismísimo Movimiento de Baja Calidad, que a veces suena como el melancólico canto de cisne de la TA), pero cuya discusión rebasa los límites de este espacio. Me limito a discrepar de quienes aconsejan negarse a “alimentar el monstruo” como táctica de resistencia. Negarse a trabajar como poseditor para no contribuir a mejorar el software es luddismo extremo y una estrategia destinada al fracaso.

A mi modo de ver, las mejores razones para negarse a trabajar como poseditor son muy sencillas y económicas (y no tienen nada que ver con la tecnología): 1) la posedición está mal remunerada, no solo medida por palabra sino en términos de hora, día o el baremo que se quiera emplear (y, en mi opinión, la posedición siempre estará mal remunerada, por más que mejore la tecnología); y 2) posedición + crowdsourcing = falta de especialización o diferenciación para el traductor, lo que redundará en “commoditización” y menor compensación (punto planteado por Attila Piroth en una conferencia virtual organizada por ProZ.com sobre el tema). Por eso, mi decisión personal de abstenerme de la posedición es económica. Me parece la única estrategia racional para abordar el tema (a menos que el mercado de la PE comience a diversificarse y estratificarse para albergar diferentes niveles de compensación, lo cual considero poco probable).

La traducción automática y el estilo del traductor. ¿Que me dices que te gusta el plug-in de LanguageWeaver en tu Trados? ¿Que no puedes vivir sin él? ¿Que lo empleas incluso para trabajos que no son de PE? Ese es otro tema complicado e interesante (más bien estilístico), pero distinto del tema económico y que no tiene nada que ver con el Movimiento de Baja Calidad (y fue, de paso, el punto de inicio de Jordi al hablar de “zombificación”). Yo hace unos años usaba Wordfast exclusivamente con el plug-in de Google Translate y creía que “me la estaba comiendo”, gozando de un “almuerzo gratis” (cosa que, según Milton Friedman, no existe). Creo que simplemente fui un adoptador temprano de la tecnología y ahora estoy de vuelta. Pero esa es otra larga historia que pasa por el tema de la neuroplasticidad y el modo en que nuestras herramientas interactúan con nuestro cerebro, de modo que lo dejo para otra oportunidad.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com