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«Moneyball», la película, y una reflexión sobre la estadística


Finalmente logré ver la versión filmada de Moneyball, el libro de Michael Lewis que reseñé hace unos meses. Obviamente, por tratarse del béisbol, no despertará demasiado interés en España. Además, es una película curiosa porque el deporte tampoco es el tema central. El verdadero protagonista es la estadística (sí, ya sé, ¿que podría ser más sexy?). Un economista graduado en Yale le vende al Billy Beane interpretado por Brad Pitt las teorías revolucionarias del Bill James. Una entrevista en el Financial Times con Beane y Lewis y una pieza del economista Tyler Cowen hace unas semanas hicieron explícito el vínculo entre diversas formas de análisis algorítmico aplicado a terrenos nuevos que ha provocado revoluciones en diferentes sectores de la economía.

El ejemplo que se les vendrá a la mente a todos es Google y sus algoritmos de búsqueda. Pero las aplicaciones de la estadística están por doquier. Uno de ellos es la traducción automática estadística, o SMT. La potencia de computación es aplicada a masas inmensas de oraciones en diferentes idiomas para extraer traducciones novedosas basadas en adivinanzas probabilísticas.

Pero esos ejemplos apenas rozan la superficie de las formas en que la estadística está transformando nuestro mundo a paso acelerado. Otra aplicación es la compra y venta de valores por parte de ordenadores. Otra es la forma en que los ordenadores de Facebook deciden la frecuencia con la que uno ve las actualizaciones de tal o cual amigo.

Algunos algoritmos son muy útiles, otros me parecen irritantes hasta más no poder. En lugar de permitirme modificar mis preferencias de búsqueda en Google News, los chicos de Mountain View deciden de forma paternalista cuáles son las configuraciones que me convienen más. Y otras fómulas son pura y simplemente desastrosas. Mientras escribo esto, se ha producido otro flash crash (crack instantáneo) producido por algoritmos que compran y venden acciones en milisegundos. Las acciones de Apple se desplomaron más de un 10% en Bolsa y se acaba de suspender la compra y venta de una empresa llamada BATS, un bróker especializado en el high-frequency trading (operaciones bursátiles a alta velocidad basadas en algoritmos computarizados). La OPI de esta empresa comenzó a 16 dólares canadienses y en menos de un día habían bajado a cuatro céntimos.

Volviendo a Moneyball, las películas sobre el deporte siguen una estructura bastante uniforme: el protagonista pierde, pierde y pierde; hace un cambio en su vida (romántico, financiero, táctico); luego comienza a ganar, gana un poco más y luego, en el juego del campeonato, se tropieza y está a punto de perder, pero en el último minuto logra sacar un jonrón/anotar el gol decisivo/encestar con un lanzamiento de tres puntos. Moneyball hace un saludo a esta bandera, pero regresa con la misma velocidad a centrarse en la verdadera historia, la apuesta de Billy Beane, director gerente de los Athletics de Oakland, por una teoría sobre la ineficiencia de los mercados.

El tema recurrente son los choques de Beane con la sabiduría convencional del resto de la organización de Oakland, es decir, el entrenador y los cazatalentos que le dicen una y otra vez que las fórmulas de los ordenadores ignoran ciertas cosas que solo los conocedores saben. Beane y su economista graduado en Yale consideran que estas preconcepciones son el equivalente a las ideas medievales sobre la generación espontánea y apuestan sus carreras a las nuevas ideas. Al final, por supuesto, el chico de la película gana, aunque solo parcialmente: los Athletics pasan de ser el peor equipo de su división a llegar a la postemporada, pero caen vencidos en los play-offs antes de alcanzar la soñada Serie Mundial. A Beane le ofrecen encargarse de los Medias Rojas de Boston, pero rechaza la jugosa oferta del rey de los hedge funds, John W. Henry (otro que hizo una fortuna aplicando algoritmos a los mercados ineficientes), para quedarse en Oakland.

La película me planteó una pregunta: ¿hay una analogía entre las tribulaciones de Beane (su enfrentamiento con los “expertos” trogloditas) y la traducción automática? A primera vista, la respuesta es no. Los programas de software del economista de Yale son claramente mejores que los cazatalentos a la hora de identificar cuáles son los mejores jugadores (o al menos los mejores jugadores cuyo precio ha sido mal fijado por un mercado ineficiente). En contraste, el producto del algoritmo de la TA es claramente inferior al producto de los peores traductores humanos. De modo que la analogía no funciona en ese nivel.

Donde sí podría funcionar la analogía «Beane-Galileo vs. cazatalentos-tomistas medievales» es al nivel de la visión general del mercado de la traducción. Si, efectivamente, la sociedad mundial se acostumbra a consumir traducciones de muy baja calidad, entonces los adalides de la TA habrían identificado una ineficiencia. Al generar cada vez más beneficios y expandir su participación de mercado, su visión terminaría por imponerse. Pero esto no depende de ningún modo de los cálculos de un ordenador. Representa una apuesta muy ambiciosa (y arriesgada) sobre la evolución de la economía mundial y, aun más, de la cultura mundial, un ámbito incluso más difícil de pronosticar. Quizás ese sea el futuro y yo sea el equivalente intelectual del cardenal fanatizado que acosaba a Galileo. No lo descarto. ¿Quién sabe? Dejo la puerta abierta a cualquier cosa porque el presente que vivimos hoy día era imposible de pronosticar hace veinticinco años.

Dejo la puerta abierta a la posibilidad, pero también expreso libremente mi escepticismo sobre la probabilidad de este escenario. Hay una diferencia clave: yo en ningún caso hago predicciones sobre el futuro. Solo sé que será diferente e inesperado. Hay que mantenerse atentos a las formas en que cambia el mundo. Pero también hay que precaverse contra las apuestas estúpidas.

Cuenta Nassim Nicholas Taleb de Casanova que este siempre se estaba congratulando sobre su maravillosa suerte: al final de su vida, en sus memorias, el amante del siglo se asombraba de la cantidad de aprietos imposibles en que se había metido y del hecho de que siempre se había salido con la suya. Pero Casanova es un ejemplo clásico del sesgo de la supervivencia: el problema es que ninguno de los centenares de Casanovas de pacotilla que fueron asesinados por cornudos iracundos alcanzó a escribir sus memorias. El gurú de los negocios que se inclina ante su bola de cristal y ve un futuro plagado por productos de segunda calidad y traducciones de tercera me recuerda más a uno de estos Casanovas fallidos. Y es que, estadísticamente, tiene más probabilidades de darse de bruces con una realidad distinta a la que espera que lo contrario.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

¿Dónde están los yates de los clientes?: confesiones de un ex goldmaniano


Esta semana, un ejecutivo de Goldman Sachs hizo lo que secretamente sueñan con hacer millones de empleados resentidos de todo el mundo: renunciar, pero renunciar de una forma tan espectacular que compita con Sansón, con columnas cayendo, lluvias de azufre, ciudades incendiándose, eunucos corriendo despavoridos y aristócratas babilónicos ahogándose en su propia sangre. Haciendo honor al ejemplo de Don Draper, Greg Smith eligió la página editorial del New York Times para notificar su renuncia. La idea básica de su texto es que hace doce años, cuando Smith se incorporó a la firma, Goldman Sachs cumplía con los ideales de servir ante todo a los clientes. Este principio quedó consagrado en los famosos catorce principios de Sidney Weinberg, el legendario padre del Goldman Sachs moderno. Estos principios básicamente se reducen a afirmar que la mejor forma de triunfar es servir ante todo los intereses del cliente. «Codicioso, pero codicioso a largo plazo» es un cliché que se escucha con frecuencia en Wall Street. La tesis es que ese compromiso con estos ideales se ha venido abajo durante el mandato del consejero delegado actual, Lloyd Blankfein.

La renuncia de Smith es impactante. No cabe duda de que el gesto es dramático.

Después de casi 12 años en la firma —primero como becario veraniego mientras estaba en Stanford, posteriormente en Nueva York por 10 años, y ahora en Londres— considero que he trabajado aquí lo suficiente como para entender la trayectoria de su cultura, su gente y su identidad… Goldman Sachs es uno de los bancos de inversión más grandes e importantes del mundo y es demasiado importante para el sistema financiero mundial como para seguir comportándose de este modo.

Pese a los múltiples escándalos financieros de la última década en los que salieron a la luz mensajes electrónicos en los que banqueros se reían cruelmente de sus clientes, Smith menciona con asombro que ha visto mensajes usando una colorida terminología financiera:

Ripping your eyeballs out: literalmente, “arrancarte los globos oculares”. Es una forma de decir que cuando un cliente quiera salirse de una operación que salió mal, le vas a cobrar una comisión tan alta que se sentirá como si lo hubieras torturado.

Muppets: escuché la traducción «marioneta» esta mañana en Business TV. Se trata, por supuesto, de los famosos títeres creados por Jim Henson (en España se conocen como los Teleñecos). Es un término despectivo utilizado para los clientes. Como insulto, yo solo había escuchado muppets en Inglaterra, que es donde trabajaba Smith cuando renunció. Es un término despectivo más del slang británico que no tiene nada inmediatamente relacionado con las finanzas o los clientes. Sospecho también que de ahora en adelante el término se universalizará y, aunque nadie lo escriba en sus correos electrónicos, la palabra muppet se escuchará entre risitas cuando dos banqueros discutan un cliente particularmente bruto.

El problema es que la reputación de Goldman ha caído tan bajo que incluso un tránsfuga recibirá poca simpatía. El mismo día que Smith publicó su renuncia ya había aparecido una parodia en la que Darth Vader presentaba su propia renuncia al Imperio:

Después de casi diez años en el Imperio, primero como becario veraniego, posteriormente en la Estrella de la Muerte y ahora en Londres, creo que he trabajado aquí lo suficiente como para comprender la trayectoria de su cultura, su gente y sus masivas máquinas espaciales de genocidio… El Imperio es uno de los regímenes opresivos más importantes de la galaxia y es demasiado importante para el asesinato galáctico como para seguir comportándose de esta forma.

Pero volviendo a Smith, había algo que me causaba extrañeza. Primero, no es un veterano de treinta años de las finanzas. Comenzó su carrera hace apenas doce años. Es dudoso que la Edad de Inocencia fuera en 2000 y terminara en 2006. Suena un poco ingenuo. Creo que quizás esa era la idea exaltada que a Smith le vendieron cuando era un aspirante a ejecutivo y que fue desengañándose de esa imagen a medida que ascendía en la jerarquía.

También hay un grano de verdad en lo que escribe el novel desempleado. Debido a que los bancos de inversión cada vez más invierten su propio capital en los mercados (lo que se conoce en la terminología financiera como proprietary trading), se suelen suscitar más conflictos de interés que en el pasado. Si operas con tu propio dinero, siempre existirá la tentación de vender las partes menos atractivas de tu cartera a un cliente un poco lento. Asimismo, si tienes que ganar dinero operando con valores y sabes que tu cliente comprará cierto activo, sabes de antemano cómo se comportará un mercado, una información invalorable. Si la aprovechas (cosa que es ilegal), empeoras las condiciones de compra o venta para tu cliente.

En la verdadera Edad de Oro (es decir, en los años sesenta, no en los noventa), un banco como Goldman no invertía su propio dinero. El banquero de inversión era un caballero elegantísimo salido de Mad Men que entraba con un traje de tres piezas impecable y te asesoraba sobre la forma de evitar que la Empresa Norteamericana Muy, Muy Grande engullera tu diminuta Aseguradora Crimson. Esa relación era mucho más sencilla y menos lastrada por conflictos de interés.

Pero incluso en esa época cabía la duda sobre la calidad de ese asesoramiento, igual que siempre ha habido dudas sobre los abogados. Cincuenta años antes de que Michael Lewis escribiera sus memorias sobre Salomon Brothers (Liar’s Poker), un libro satírico muy similar apareció durante la Gran Depresión llamado Where Are the Customers’ Yachts? La anécdota que le da el título versa sobre unos asociados de un banco de inversión que le dan a un empleado recién contratado un paseo por la zona de Wall Street. Al llegar a la orilla del río Hudson, uno de los asociados señala su yate en la lejanía. Los demás asociados a su vez señalan sus respectivos yates. El joven recién contratado hace una pregunta ingenua: ¿Y dónde están los yates de los clientes? Pregunta seguida por un silencio incómodo.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

La gira financiera de Michael Lewis pasa por Alemania y culmina en California


Vanity Fair ha publicado el último capítulo de la gira mundial por desastres financieros que llevó al escritor Michael Lewis a visitar Islandia, Irlanda, Grecia y Alemania. El grand tour termina en California, donde Lewis adelanta la tesis de que la crisis financiera en Estados Unidos se desarrollará principalmente a nivel de los gobiernos municipales, a diferencia de Europa, donde la crisis y la austeridad serán temas de discusión a nivel nacional y supranacional.

El mes pasado le tocó el turno a Alemania. ¿Por qué Alemania, se preguntará alguien, en vista de que su economía ha conservado su robustez en medio de la crisis mundial? El capítulo alemán desarrolla la tesis de que el sistema financiero alemán subvencionó la locura financiera de terceros a la vez que se mantenía a una distancia prudente de los excesos más demenciales. Un ejemplo directo: un banco alemán llamado IKB fue uno de los principales compradores de títulos basados en hipotecas basura emitidas en Estados Unidos. Para ampliar la tesis sobre Alemania como participante indirecto en la euforia financiera de la década pasada, el autor se explaya sobre temas dudosos de psicología nacional y estereotipos más o menos facilones. De hecho, toda la serie de artículos se basa sobre estereotipos bastante gruesos. Si Lewis hubiese escrito sobre España, no cabe duda de que el flamenco, los toros y Hemingway habrían hecho más de una aparición. En el caso de Alemania, los nazis y el humor escatológico figuran de forma prominente. La recepción crítica en la blogósfera fue bastante negativa, pero incluso los detractores más enconados destacaron el siguiente párrafo como una observación particularmente aguda:

Lo que los alemanes hicieron con el dinero entre 2003 y 2008 nunca habría sido posible en Alemania, debido a que no había nadie capaz de actuar como contraparte en las numerosas transacciones que celebraron pero que carecían completamente de sentido. Sostuvieron pérdidas masivas en todo lo que tocaron. De hecho, una forma de entender la crisis de la deuda europea —que se escucha con bastante frecuencia en Grecia— es que todo se reduce a una complicada maniobra por parte del Gobierno alemán, actuando en nombre de sus bancos, para recuperar el dinero de los mismos sin llamar la atención. El Gobierno alemán le da dinero al fondo de rescate de la Unión Europea para que este le dé dinero al Gobierno irlandés, el cual a su vez se lo da a los bancos irlandeses para que estos salden sus deudas con los bancos alemanes. “Están jugando billar”, afirma [el economista alemán Henrik Enderlein]. “La solución más sencilla sería entregar dinero alemán a los bancos alemanes y permitir que quiebren los bancos irlandeses”. Por qué no terminan por hacer esto es una pregunta que merecería la pena hacerse.

(***)

[Los alemanes] prestaron dinero a acreedores hipotecarios subprime, a promotores inmobiliarios irlandeses, a potentados financieros islandeses para hacer cosas que ningún alemán haría jamás. Aún no se sabe a cuánto ascienden las pérdidas alemanas, pero hasta hace poco eran 21 mil millones de dólares de mano de los bancos islandeses, 100 mil millones a causa de bancos irlandeses, 60 mil millones en diversos bonos estadounidenses respaldados por hipotecas basura y una suma que aún falta por definir en bonos griegos. El único desastre financiero de la última década que los banqueros alemanes esquivaron fue invertir dinero con Bernie Madoff.

Aunque estos dos últimos capítulos no me parecen ni tan divertidos ni tan iluminadores como las visitas a Irlanda y Grecia, siempre hay una oración que merece la pena guardar en el disco duro y varias que te hacen reír en voz alta. La imagen dominante de la serie de artículos (que este mes apareció en forma de libro con el título de Búmeran: andanzas en el nuevo Tercer Mundo) es que la crisis financiera tuvo un origen similar (el dinero barato) en todo el mundo, pero se desarrolló de forma diferente en cada país.  Cada país fue dejado a solas en una habitación a oscuras con una pila de dinero barato y cada cual hizo algo distinto pero igualmente desastroso. La siguiente cita es del artículo sobre Grecia:

El crédito no era simplemente dinero: era una tentación. Ofreció a sociedades enteras la oportunidad de sacar a la luz del día aspectos ignotos de sus personalidades que normalmente no podrían darse el lujo de complacer. A cada país se le dijo: “Las luces están apagadas, puedes hacer lo que quieras y nadie jamás lo sabrá”. Lo que optaron por hacer con el dinero en la oscuridad presentó variaciones de un país a otro. El deseo de los estadounidenses fue comprar hogares mucho más grandes de los que podían costear y permitir que los fuertes explotasen a los débiles. El deseo de los islandeses fue dejar de pescar, convertirse en banqueros de inversión y permitir que sus machos alfa diesen rienda suelta a una megalomanía que hasta entonces había estado suprimida. El deseo de los alemanes fue volverse más alemanes; el de los irlandeses fue dejar de ser irlandeses.

El párrafo que extiende el leitmotiv y lo aplica a los líos presupuestarios de California reza del siguiente modo:

El problema es que la gente toma dinero simplemente porque puede, sin tomar en cuenta las consecuencias sociales más amplias. No es una coincidencia que las deudas de los municipios y estados se salieron fuera de control al mismo tiempo que las deudas de los ciudadanos particulares de Estados Unidos. A solas en una habitación oscura con una pila de dinero, los americanos sabían exactamente lo que deseaban hacer, desde la cima de la sociedad hasta el estrato más bajo. Habían sido condicionados para coger tanto dinero como pudiesen sin pensar en las consecuencias a largo plazo. Posteriormente, las personas en Wall Street criticarían en privado la falta de honradez de las personas que dejaban de pagar sus hipotecas subprime, mientras que el pueblo norteamericano expresaría su indignación hacia los integrantes de Wall Street que se pagaron a sí mismos una fortuna para diseñar estos préstamos.

Podrá uno discrepar del análisis de Lewis, pero sería muy difícil dar una descripción más concisa del actual impasse político estadounidense, tanto a nivel federal como local.

Liverpool F.C. y la teoría de los mercados eficientes


Tessie, “Nuf Ced” McGreevey shouted
“We’re not here to mess around!”
Boston, you know we love you madly
Hear the crowd roar to your sound.
–“Tessie,” Dropkick Murphys

Recién comenzado el Año Nuevo se supo la noticia de que el Liverpool había despedido a su técnico, Roy Hodgson, después de que un pésimo comienzo de temporada dejara a los Reds a media tabla, un sitial mediocre para un club cinco veces ganador de la Copa de Europa. Aunque los titulares británicos estuvieron copados por el juego de adivinanzas de “¿saltará o lo empujarán?”, los seis meses de Hodgson (y quizá la temporada entera) serán apenas una nota a pie de página para los cultores del trend following, una técnica de inversión en mercados refinada por el flamante propietario del club, John W. Henry, también propietario de otro equipo con profundas raíces en la diáspora irlandesa: los Medias Rojas de Boston.

Para comprender el hilo que va de la teoría financiera moderna a Anfield Road, hay que retroceder a la aparición a mediados del siglo XX de la teoría del los mercados eficientes. Según esta escuela —que llegó a convertirse en la ortodoxia en las escuelas de gestión de empresas— resulta imposible (o prácticamente imposible) ganarle al mercado como inversor. O, mejor dicho, es posible, pero sólo será producto del azar, un resultado fortuito de haber caído en la mejor parte de la curva de probabilidades. La teoría fue popularizada por Burton Malkiel en A Random Walk Down Wall Street, (en español: http://www.casadellibro.com/libro-un-paseo-aleatorio-por-wall-street-la-estrategia-para-invertir-c-on-exito/1219064/2900001276304) donde el autor relata un experimento en el que unos chimpancés lanzaron dardos a una página del Wall Street Journal para seleccionar títulos que serían incluidos en una cartera. Resultó que las selecciones de los chimpancés batieron el rendimiento de las carteras elaboradas por los mejores gestores de inversión de la industria.

La teoría postula que un mercado es como un superordenador que refleja de forma inmediata las decisiones de inversión de miles o millones de actores racionales. Un solo individuo, por más inteligente que sea, no puede vencer esta máquina supercalculadora. De hecho, al invertir (es decir, al hacer su propia apuesta), este individuo simplemente está aumentando la eficiencia del mercado al aportar su propia opinión (un dato más) al mercado.

La audacia de la teoría, nacida en las torres de marfil despertó, por supuesto, el rechazo airado de la industria de gestión de inversiones. Sin embargo, explica ciertas realidades incómodas, como el hecho de que muy pocos fondos con buenos resultados logran vencer consistentemente sus índices de referencia. Un índice o promedio como el Dow Jones Industrial o el S&P 500, por definición, es en cierto modo arbitrario y similar a los dardos de los chimpancés. Se selecciona usando las 30 o las 100 o las 3.000 acciones de mayor capitalización o dentro de un rango dado. En su elaboración no interviene el criterio humano, simplemente el objetivo de reflejar el rendimiento de un sector del mercado, cierta industria específica o las empresas de una región. Los  equipos de analistas y gestores  despliegan sus recursos analíticos para elaborar selecciones conscientes de estos universos con el fin de superar estos índices. Aportan un conocimiento profundo y detallado de economía, la estadística y la geopolítica —aunado a familiaridad con los aspectos técnicos de cada industria individual— para brindarle una rentabilidad superior a sus clientes. Pero la realidad es que muy pocos de estos equipos logran batir los resultados del índice, que, recordemos, es un producto sordo, mudo y sin inteligencia. E incluso los equipos y gestores que lo logran sólo lo hacen por unos cuantos puntos porcentuales cada año. No obstante, venza o no al índice, la industria de gestión de inversiones cobra una pingüe tajada en comisiones por el servicio de gestionar nuestro dinero.

La intuición de la eficiencia de los mercados dio origen a la creación de fondos de inversión que simplemente imitan el rendimiento de un índice. El pionero en este campo fue John Bogle y los fondos Vanguard en la década de los 70. Al no intervenir el criterio de especialistas de la inversión, las comisiones son mínimas. Múltiples estudios demuestran que las inversiones gestionadas por piloto automático son mejores para el inversor individual una vez que se descuentan las comisiones y tarifas de gestión.

Las deficiencias de los mercados eficientes

Pese a sus revelaciones, la teoría también adolece de severas deficiencias. En su formulación extrema, indica que es imposible vencer al mercado incluso usando información privilegiada, lo que choca con una cosa incómoda llamada la realidad. Otro corolario (muy curioso) es que el mercado siempre tiene la razón, lo cual significa que no pueden existir las burbujas especulativas. Según esta forma de pensar, los precios de las acciones estadounidenses en 1929 eran racionales porque a la larga recuperaron el terreno cedido (aunque tardaron un cuarto de siglo en hacerlo). Ambas proposiciones son, para decir lo menos, difíciles de tragar.

Por ello, la teoría no es totalmente dominante. Dos estilos de inversión muy influyentes la rechazan. La primera es la inversión de valor, cuyo principal cultor es Warren Buffett. Otra es el llamado trend following, o seguimiento de tendencias. Aunque menos célebre que el Sabio de Omaha, uno de los inversores más exitosos de este método es John W. Henry, actual dueño de los Red Sox de Boston y Liverpool F.C.

De “Moneyball” a las Puertas de Shankly

Y es aquí donde la teoría financiera converge con el deporte profesional. El trend following tiene múltiples vertientes, pero el elemento que unifica a todas estas estrategias es la creencia en que, pese a su eficiencia, cualquier mercado adolece de un grado de ineficiencia que puede ser explotado sistemáticamente. Un ejemplo: si la teoría de los mercados eficientes fuera cierta, los movimientos de las cotizaciones serían completamente aleatorios. Es decir, en cada instante dado, las probabilidades de que un precio suba o baje deben ser las mismas. Sin embargo, se puede comprobar que las cotizaciones demuestran tendencias en sus fluctuaciones (y que son estadísticamente significativas), lo que contradice la eficiencia perfecta.

Ahora bien, del mismo modo que los “seguidores de tendencias” baten el mercado al explotar imperfecciones en su funcionamiento, hay quienes explotan omisiones o sesgos cognitivos (mejor llamados prejuicios) en otros terrenos. Si miramos la industria del béisbol norteamericano o el fútbol europeo, podríamos describir ambos ámbitos como mercados que se acercan a la perfección. Una prueba de ello es una regla férrea: hay una fuerte correlación entre la cantidad de dinero que un equipo paga a sus jugadores y los resultados que obtiene. Cuando el Real Madrid enfrentó al Almería este fin de semana, siempre era posible una sorpresa (en este caso, el empate). O la derrota del Hércules al Barcelona en el Camp Nou a principios de temporada. Pese a que estas hazañas son lo que dan vigor al deporte, si el Real Madrid enfrentase al Almería veinte veces en un año, ganaría 18, empataría una vez y perdería una vez. Esto es un ejemplo de eficiencia. Los salarios inflados de Cristiano Ronaldo, Özil y compañía pueden parecer extravagantes, pero condensan la sabiduría de miles de cazatalentos, periodistas, técnicos y ejecutivos que han identificado a estos once como superiores. Y el grado de acierto de esta sabiduría colectiva queda plasmado en los resultados superiores de los equipos más ricos en cualquier país. En el béisbol se da lo mismo. La hegemonía de los Yankees de Nueva York es un sencillo dato derivado de su multimillonaria plantilla.

Pero “una pequeña aldea resiste victoriosa al invasor”. Michael Lewis dedicó el libro Moneyball a los Atléticos de Oakland, un equipo que, pese a contar con una cuenta bancaria modesta, logra resultados estadísticamente superiores a lo que reza la implacable ley sueldo-resultado. (Por alguna razón insondable para quien no es  ejecutivo de Hollywood, el libro de Lewis, que carece de trama, pronto será convertido en una película —con Brad Pitt encarnando a Billy Bean, el general manager de los A’s. El libro aún no aparece en español, aunque la traducción quizás está en bambalinas aguardando el estreno.)

Un ejemplo del llamado “Sabermetrics” aplicado al béisbol es la apreciación por parte del equipo directivo de los A’s del on base percentage, o porcentaje de embasados, una medida novedosa. Un bateador pasa a primera base cuando el lanzador le lanza cuatro lanzamientos fuera del área de strikes. Tradicionalmente se creía (y muchos aún creen) que esto no es un mérito del bateador sino un error achacable al lanzador. Por ello, estas embasadas no cuentan para el promedio de bateo del jugador, la medida tradicional de su efectividad ofensiva. Contrario a esta sabiduría convencional, Bean y  su equipo consideran que las bases por bolas son una indicación de la capacidad de un bateador para desgastar la resistencia de un lanzador hasta el punto de exasperarlo y obtener o bien el lanzamiento deseado o la base por reglamento. Uno de sus grandes hallazgos fue Kevin Youkilis, a quien denominaban el “dios griego de las bases por bolas”. A pesar de no encajar en el canon convencional de un jugador estrella, se ha convertido en un jugador dominante en su posición.

No es coincidencia que el dios griego pasase a formar parte de las filas de los Red Sox de Boston, un equipo que tras un siglo de decepciones épicas, recuperó el campeonato mundial en 2004, venciendo así la “maldición del Bambino”, la sequía de títulos iniciado tras la venta de Babe Ruth a los archienemigos Yankees en 1919. Y es que en Boston se aplicó el modelo de los A’s y Bean, aunque con una chequera más generosa aportada por el citado John W. Henry, rey de los trend followers y explotador incansable de la ineficiencia de los mercados.

Un paseo no aleatorio por Anfield Road

Un libro que recoge muchas de las observaciones de Moneyball aplicadas al fútbol es Soccernomics, de Simon Kuper y Stefan Szymanski. (Traducido al español como El fútbol es así, título que prácticamente garantiza que nadie lo leerá; compárese con el título original en Gran Bretaña: Why England Lose, que casi garantizó que todo el mundo lo leería.) Una ineficiencia que mencionan los autores es que los delanteros centro están sobrevalorados por el mercado. Ejemplo que viene como anillo al dedo: el fichaje de Ibrahimovic por el Barcelona por 66 millones de euros en 2009 y su posterior cesión al Milan por 24 millones (un breve año después). Empeño repetido con David Villa. Lo cual no significa que no sean jugadores excelentes. Simplemente que fichajes inflados de este tipo quizás no sean eficientes. Del lado más eficiente, el Barcelona ha apostado por jugadores bajitos, contraviniendo la percepción convencional de que en el fútbol moderno pesará más la fuerza que la destreza con el balón. Explotar esta ineficiencia le ha permitido a la Masía producir a Messi, Xavi, Iniesta y Bojan.

Del mismo modo que el heterodoxo Billy Bean es el héroe de Moneyball, una figura queda entronizada por Kuper y Szymanski como el explotador por excelencia de las ineficiencias del fútbol: el economista-técnico Arsène Wenger. Como escriben:

El técnico del Arsenal es una de las pocas personas capaces de ver el juego desde afuera. Esto se debe en parte a que tiene un título en ciencias económicas de la Universidad de Estrasburgo en Francia. Gracias a su formación como economista, tiende a fiarse más de los datos que de la sabiduría convencional del juego. Wenger se da cuenta de que en el mercado de transferencias, los clubes tienden a sobrevalorar el rendimiento pasado de un jugador. Eso los impulsa a pagar fortunas por jugadores que acaban de pasar la cumbre de su carrera. Probablemente debido a que Wenger fue uno de los primeros técnicos en emplear estadísticas para evaluar el rendimiento de futbolistas, se dio cuenta de que los jugadores más viejos empiezan a declinar antes de lo que solía pensarse. (Soccernomics, p. 57)

Uno de los aspectos más sobresalientes del “método Wenger” es el empleo de jugadores más jóvenes. Un fruto de esta metodología fue la compra de Cesc Fàbregas por 500 mil libras y su estreno en el primer equipo a los 16 o 17 años. Siempre se trata de hacer menos con más al pasar por la criba centenares de miles de datos insignificantes.

Claro, el Sabermetrics no es una panacea: los A’s no han ganado un campeonato de Grandes Ligas desde 1989 y el Arsenal sufre una sequía desde la apabullante temporada 2003-2004. Nadie grita en el estadio “¡Mi equipo es el más eficiente!” Como acota un periodista inglés (http://soccernet.espn.go.com/columns/story?id=840417&sec=england&root=england&cc=5739): “[e]l método de Wenger ha traído la llegada de muchos jugadores excelentes, pero no del calibre suficiente para ganar trofeos”.

“You’ll Never Walk Inefficiently”

Y al final, Moneyball aterrizó en Liverpool. Una figura clave en la transformación de los Reds de Liverpool es amigo personal de Billy Bean y antiguo cazatalentos de Wenger. Se trata de Damien Comolli, el también economista instalado como director de estrategia futbolística en Anfield y responsable de trazar un nuevo rumbo para el histórico club. La deuda es explícita. Ha llegado a afirmar que “todo lo que he venido haciendo procede de lo que los A’s han hecho en cuanto a recopilación y empleo de datos” (The Sport Blog del Guardian).

¿Será el Liverpool al Arsenal lo que los Red Sox fueron para los A’s, es decir, los adoptadores de un modelo exitoso con una chequera más jugosa? El tiempo lo dirá. Mientras tanto, el Sturm und Drang periodístico gira alrededor del regreso de “King” Kenny Dalglish y el día a día de los traspiés en Anfield. Uno de los corolarios del estilo Bean es que le quita mucho protagonismo al técnico, lo cual choca con los requisitos del culebrón diario. La comidilla del día es el regreso al banquillo del ex jugador y técnico legendario, eternamente unido al recuerdo de la tragedia de Hillsborough. Pero quizás lo más interesante esté sucediendo en los ordenadores de los number crunchers en las oficinas administrativas. Lástima que esa sea una historia silenciosa cuyo desenlace requerirá varias temporadas. Y, desgraciadamente, no genera titulares.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com