Vanity Fair ha publicado el último capítulo de la gira mundial por desastres financieros que llevó al escritor Michael Lewis a visitar Islandia, Irlanda, Grecia y Alemania. El grand tour termina en California, donde Lewis adelanta la tesis de que la crisis financiera en Estados Unidos se desarrollará principalmente a nivel de los gobiernos municipales, a diferencia de Europa, donde la crisis y la austeridad serán temas de discusión a nivel nacional y supranacional.
El mes pasado le tocó el turno a Alemania. ¿Por qué Alemania, se preguntará alguien, en vista de que su economía ha conservado su robustez en medio de la crisis mundial? El capítulo alemán desarrolla la tesis de que el sistema financiero alemán subvencionó la locura financiera de terceros a la vez que se mantenía a una distancia prudente de los excesos más demenciales. Un ejemplo directo: un banco alemán llamado IKB fue uno de los principales compradores de títulos basados en hipotecas basura emitidas en Estados Unidos. Para ampliar la tesis sobre Alemania como participante indirecto en la euforia financiera de la década pasada, el autor se explaya sobre temas dudosos de psicología nacional y estereotipos más o menos facilones. De hecho, toda la serie de artículos se basa sobre estereotipos bastante gruesos. Si Lewis hubiese escrito sobre España, no cabe duda de que el flamenco, los toros y Hemingway habrían hecho más de una aparición. En el caso de Alemania, los nazis y el humor escatológico figuran de forma prominente. La recepción crítica en la blogósfera fue bastante negativa, pero incluso los detractores más enconados destacaron el siguiente párrafo como una observación particularmente aguda:
Lo que los alemanes hicieron con el dinero entre 2003 y 2008 nunca habría sido posible en Alemania, debido a que no había nadie capaz de actuar como contraparte en las numerosas transacciones que celebraron pero que carecían completamente de sentido. Sostuvieron pérdidas masivas en todo lo que tocaron. De hecho, una forma de entender la crisis de la deuda europea —que se escucha con bastante frecuencia en Grecia— es que todo se reduce a una complicada maniobra por parte del Gobierno alemán, actuando en nombre de sus bancos, para recuperar el dinero de los mismos sin llamar la atención. El Gobierno alemán le da dinero al fondo de rescate de la Unión Europea para que este le dé dinero al Gobierno irlandés, el cual a su vez se lo da a los bancos irlandeses para que estos salden sus deudas con los bancos alemanes. “Están jugando billar”, afirma [el economista alemán Henrik Enderlein]. “La solución más sencilla sería entregar dinero alemán a los bancos alemanes y permitir que quiebren los bancos irlandeses”. Por qué no terminan por hacer esto es una pregunta que merecería la pena hacerse.
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[Los alemanes] prestaron dinero a acreedores hipotecarios subprime, a promotores inmobiliarios irlandeses, a potentados financieros islandeses para hacer cosas que ningún alemán haría jamás. Aún no se sabe a cuánto ascienden las pérdidas alemanas, pero hasta hace poco eran 21 mil millones de dólares de mano de los bancos islandeses, 100 mil millones a causa de bancos irlandeses, 60 mil millones en diversos bonos estadounidenses respaldados por hipotecas basura y una suma que aún falta por definir en bonos griegos. El único desastre financiero de la última década que los banqueros alemanes esquivaron fue invertir dinero con Bernie Madoff.
Aunque estos dos últimos capítulos no me parecen ni tan divertidos ni tan iluminadores como las visitas a Irlanda y Grecia, siempre hay una oración que merece la pena guardar en el disco duro y varias que te hacen reír en voz alta. La imagen dominante de la serie de artículos (que este mes apareció en forma de libro con el título de Búmeran: andanzas en el nuevo Tercer Mundo) es que la crisis financiera tuvo un origen similar (el dinero barato) en todo el mundo, pero se desarrolló de forma diferente en cada país. Cada país fue dejado a solas en una habitación a oscuras con una pila de dinero barato y cada cual hizo algo distinto pero igualmente desastroso. La siguiente cita es del artículo sobre Grecia:
El crédito no era simplemente dinero: era una tentación. Ofreció a sociedades enteras la oportunidad de sacar a la luz del día aspectos ignotos de sus personalidades que normalmente no podrían darse el lujo de complacer. A cada país se le dijo: “Las luces están apagadas, puedes hacer lo que quieras y nadie jamás lo sabrá”. Lo que optaron por hacer con el dinero en la oscuridad presentó variaciones de un país a otro. El deseo de los estadounidenses fue comprar hogares mucho más grandes de los que podían costear y permitir que los fuertes explotasen a los débiles. El deseo de los islandeses fue dejar de pescar, convertirse en banqueros de inversión y permitir que sus machos alfa diesen rienda suelta a una megalomanía que hasta entonces había estado suprimida. El deseo de los alemanes fue volverse más alemanes; el de los irlandeses fue dejar de ser irlandeses.
El párrafo que extiende el leitmotiv y lo aplica a los líos presupuestarios de California reza del siguiente modo:
El problema es que la gente toma dinero simplemente porque puede, sin tomar en cuenta las consecuencias sociales más amplias. No es una coincidencia que las deudas de los municipios y estados se salieron fuera de control al mismo tiempo que las deudas de los ciudadanos particulares de Estados Unidos. A solas en una habitación oscura con una pila de dinero, los americanos sabían exactamente lo que deseaban hacer, desde la cima de la sociedad hasta el estrato más bajo. Habían sido condicionados para coger tanto dinero como pudiesen sin pensar en las consecuencias a largo plazo. Posteriormente, las personas en Wall Street criticarían en privado la falta de honradez de las personas que dejaban de pagar sus hipotecas subprime, mientras que el pueblo norteamericano expresaría su indignación hacia los integrantes de Wall Street que se pagaron a sí mismos una fortuna para diseñar estos préstamos.
Podrá uno discrepar del análisis de Lewis, pero sería muy difícil dar una descripción más concisa del actual impasse político estadounidense, tanto a nivel federal como local.
