Finalmente logré ver la versión filmada de Moneyball, el libro de Michael Lewis que reseñé hace unos meses. Obviamente, por tratarse del béisbol, no despertará demasiado interés en España. Además, es una película curiosa porque el deporte tampoco es el tema central. El verdadero protagonista es la estadística (sí, ya sé, ¿que podría ser más sexy?). Un economista graduado en Yale le vende al Billy Beane interpretado por Brad Pitt las teorías revolucionarias del Bill James. Una entrevista en el Financial Times con Beane y Lewis y una pieza del economista Tyler Cowen hace unas semanas hicieron explícito el vínculo entre diversas formas de análisis algorítmico aplicado a terrenos nuevos que ha provocado revoluciones en diferentes sectores de la economía.
El ejemplo que se les vendrá a la mente a todos es Google y sus algoritmos de búsqueda. Pero las aplicaciones de la estadística están por doquier. Uno de ellos es la traducción automática estadística, o SMT. La potencia de computación es aplicada a masas inmensas de oraciones en diferentes idiomas para extraer traducciones novedosas basadas en adivinanzas probabilísticas.
Pero esos ejemplos apenas rozan la superficie de las formas en que la estadística está transformando nuestro mundo a paso acelerado. Otra aplicación es la compra y venta de valores por parte de ordenadores. Otra es la forma en que los ordenadores de Facebook deciden la frecuencia con la que uno ve las actualizaciones de tal o cual amigo.
Algunos algoritmos son muy útiles, otros me parecen irritantes hasta más no poder. En lugar de permitirme modificar mis preferencias de búsqueda en Google News, los chicos de Mountain View deciden de forma paternalista cuáles son las configuraciones que me convienen más. Y otras fómulas son pura y simplemente desastrosas. Mientras escribo esto, se ha producido otro flash crash (crack instantáneo) producido por algoritmos que compran y venden acciones en milisegundos. Las acciones de Apple se desplomaron más de un 10% en Bolsa y se acaba de suspender la compra y venta de una empresa llamada BATS, un bróker especializado en el high-frequency trading (operaciones bursátiles a alta velocidad basadas en algoritmos computarizados). La OPI de esta empresa comenzó a 16 dólares canadienses y en menos de un día habían bajado a cuatro céntimos.
Volviendo a Moneyball, las películas sobre el deporte siguen una estructura bastante uniforme: el protagonista pierde, pierde y pierde; hace un cambio en su vida (romántico, financiero, táctico); luego comienza a ganar, gana un poco más y luego, en el juego del campeonato, se tropieza y está a punto de perder, pero en el último minuto logra sacar un jonrón/anotar el gol decisivo/encestar con un lanzamiento de tres puntos. Moneyball hace un saludo a esta bandera, pero regresa con la misma velocidad a centrarse en la verdadera historia, la apuesta de Billy Beane, director gerente de los Athletics de Oakland, por una teoría sobre la ineficiencia de los mercados.
El tema recurrente son los choques de Beane con la sabiduría convencional del resto de la organización de Oakland, es decir, el entrenador y los cazatalentos que le dicen una y otra vez que las fórmulas de los ordenadores ignoran ciertas cosas que solo los conocedores saben. Beane y su economista graduado en Yale consideran que estas preconcepciones son el equivalente a las ideas medievales sobre la generación espontánea y apuestan sus carreras a las nuevas ideas. Al final, por supuesto, el chico de la película gana, aunque solo parcialmente: los Athletics pasan de ser el peor equipo de su división a llegar a la postemporada, pero caen vencidos en los play-offs antes de alcanzar la soñada Serie Mundial. A Beane le ofrecen encargarse de los Medias Rojas de Boston, pero rechaza la jugosa oferta del rey de los hedge funds, John W. Henry (otro que hizo una fortuna aplicando algoritmos a los mercados ineficientes), para quedarse en Oakland.
La película me planteó una pregunta: ¿hay una analogía entre las tribulaciones de Beane (su enfrentamiento con los “expertos” trogloditas) y la traducción automática? A primera vista, la respuesta es no. Los programas de software del economista de Yale son claramente mejores que los cazatalentos a la hora de identificar cuáles son los mejores jugadores (o al menos los mejores jugadores cuyo precio ha sido mal fijado por un mercado ineficiente). En contraste, el producto del algoritmo de la TA es claramente inferior al producto de los peores traductores humanos. De modo que la analogía no funciona en ese nivel.
Donde sí podría funcionar la analogía «Beane-Galileo vs. cazatalentos-tomistas medievales» es al nivel de la visión general del mercado de la traducción. Si, efectivamente, la sociedad mundial se acostumbra a consumir traducciones de muy baja calidad, entonces los adalides de la TA habrían identificado una ineficiencia. Al generar cada vez más beneficios y expandir su participación de mercado, su visión terminaría por imponerse. Pero esto no depende de ningún modo de los cálculos de un ordenador. Representa una apuesta muy ambiciosa (y arriesgada) sobre la evolución de la economía mundial y, aun más, de la cultura mundial, un ámbito incluso más difícil de pronosticar. Quizás ese sea el futuro y yo sea el equivalente intelectual del cardenal fanatizado que acosaba a Galileo. No lo descarto. ¿Quién sabe? Dejo la puerta abierta a cualquier cosa porque el presente que vivimos hoy día era imposible de pronosticar hace veinticinco años.
Dejo la puerta abierta a la posibilidad, pero también expreso libremente mi escepticismo sobre la probabilidad de este escenario. Hay una diferencia clave: yo en ningún caso hago predicciones sobre el futuro. Solo sé que será diferente e inesperado. Hay que mantenerse atentos a las formas en que cambia el mundo. Pero también hay que precaverse contra las apuestas estúpidas.
Cuenta Nassim Nicholas Taleb de Casanova que este siempre se estaba congratulando sobre su maravillosa suerte: al final de su vida, en sus memorias, el amante del siglo se asombraba de la cantidad de aprietos imposibles en que se había metido y del hecho de que siempre se había salido con la suya. Pero Casanova es un ejemplo clásico del sesgo de la supervivencia: el problema es que ninguno de los centenares de Casanovas de pacotilla que fueron asesinados por cornudos iracundos alcanzó a escribir sus memorias. El gurú de los negocios que se inclina ante su bola de cristal y ve un futuro plagado por productos de segunda calidad y traducciones de tercera me recuerda más a uno de estos Casanovas fallidos. Y es que, estadísticamente, tiene más probabilidades de darse de bruces con una realidad distinta a la que espera que lo contrario.
Acerca de Miguel Llorens
Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.
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