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El economista camuflado trae frías estadísticas sobre sesgo arbitral


El inmenso éxito de libros de divulgación económica como Freakonomics y The Undercover Economist ha tenido el efecto colateral de estimular mucho interés en el análisis económico del deporte. Esto también se debe a la creciente influencia que los métodos estadísticos estudiados por Michael Lewis en Moneyball está teniendo sobre el fútbol. El ejemplo más evidente de esta tendencia es Soccernomics, un evidente homenaje al libro de Levitt y Dubner. Pero incluso economistas que no son especialistas en el deporte abordan el tema debido a la abundancia de estadísticas que hay sobre cualquier deporte, que en el caso del fútbol y el béisbol ya cuentan con historias de más de un siglo.

Esta semana el “economista camuflado” del Financial Times, Tim Harford, abordó en un podcast (aquí y aquí) la creencia generalizada de que los equipos grandes, como Manchester United o el Real Madrid, son favorecidos por los árbitros mediante la concesión de más penaltis cuando juegan en casa. ¿Cómo se traduce esta creencia en cifras? Basándose en todos los juegos de la English Premier League desde 2006, un centro de investigación consultado por el podcast llega a la conclusión de que esta supuesta propensión a conceder menos penaltis en casa al ManU es una ilusión.

Al Manchester United le conceden 1 penalti cada 12 juegos en Old Trafford, pero los defensas del modesto Fulham londinense corren con mejor suerte. Les pitan 1 pena máxima cada 14 juegos cuando juegan en casa. De existir, el sesgo es a favor de los equipos más pequeños. El único dato que confirmaría la creencia es que el equipo al que le pitan menos penaltis en casa es el Chelsea, respaldado por la hipertrofiada cuenta de ahorros de Roman Abramóvich. Apenas sufrió 1 penalti cada 18 juegos en casa. Un especialista acota, sin embargo, que el prejuicio de los árbitros no es la explicación: los equipos pequeños juegan defensivamente cuando visitan el Stamford Bridge del Chelsea y, por tanto, tienen menos oportunidades para que les concedan infracciones en el área de los Blues.

Aunque se nota desde lejos que ninguno de los autores del podcast son seguidores del fútbol, incluso hasta sus oídos británicos han llegado las imprecaciones de Jose Mourinho contra la crueldad de los árbitros españoles y las supuestas carantoñas que les hacen al Barcelona.

El problema es que las cifras apuntan más bien hacia un cierto sesgo arbitral a favor del Real Madrid. Basándose en los resultados desde 2006, a los defensas del equipo merengue les cantan un penalti en el Bernabéu cada once partidos. Pero a sus contrapartes del Barça les pitan penaltis con más frecuencia: en 1 de cada 10 partidos. Asimismo, los árbitros les concedieron más penas máximas a los atacantes del Real Madrid cuando juegan en casa. Cantaron 1 penalti cada 4 partidos al Real Madrid jugando en Chamartín, mientras que los chicos de Guardiola solo reciben 1 cada 5 partidos en el Camp Nou. Read ‘em and weep, Mou.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

«Moneyball», la película, y una reflexión sobre la estadística


Finalmente logré ver la versión filmada de Moneyball, el libro de Michael Lewis que reseñé hace unos meses. Obviamente, por tratarse del béisbol, no despertará demasiado interés en España. Además, es una película curiosa porque el deporte tampoco es el tema central. El verdadero protagonista es la estadística (sí, ya sé, ¿que podría ser más sexy?). Un economista graduado en Yale le vende al Billy Beane interpretado por Brad Pitt las teorías revolucionarias del Bill James. Una entrevista en el Financial Times con Beane y Lewis y una pieza del economista Tyler Cowen hace unas semanas hicieron explícito el vínculo entre diversas formas de análisis algorítmico aplicado a terrenos nuevos que ha provocado revoluciones en diferentes sectores de la economía.

El ejemplo que se les vendrá a la mente a todos es Google y sus algoritmos de búsqueda. Pero las aplicaciones de la estadística están por doquier. Uno de ellos es la traducción automática estadística, o SMT. La potencia de computación es aplicada a masas inmensas de oraciones en diferentes idiomas para extraer traducciones novedosas basadas en adivinanzas probabilísticas.

Pero esos ejemplos apenas rozan la superficie de las formas en que la estadística está transformando nuestro mundo a paso acelerado. Otra aplicación es la compra y venta de valores por parte de ordenadores. Otra es la forma en que los ordenadores de Facebook deciden la frecuencia con la que uno ve las actualizaciones de tal o cual amigo.

Algunos algoritmos son muy útiles, otros me parecen irritantes hasta más no poder. En lugar de permitirme modificar mis preferencias de búsqueda en Google News, los chicos de Mountain View deciden de forma paternalista cuáles son las configuraciones que me convienen más. Y otras fómulas son pura y simplemente desastrosas. Mientras escribo esto, se ha producido otro flash crash (crack instantáneo) producido por algoritmos que compran y venden acciones en milisegundos. Las acciones de Apple se desplomaron más de un 10% en Bolsa y se acaba de suspender la compra y venta de una empresa llamada BATS, un bróker especializado en el high-frequency trading (operaciones bursátiles a alta velocidad basadas en algoritmos computarizados). La OPI de esta empresa comenzó a 16 dólares canadienses y en menos de un día habían bajado a cuatro céntimos.

Volviendo a Moneyball, las películas sobre el deporte siguen una estructura bastante uniforme: el protagonista pierde, pierde y pierde; hace un cambio en su vida (romántico, financiero, táctico); luego comienza a ganar, gana un poco más y luego, en el juego del campeonato, se tropieza y está a punto de perder, pero en el último minuto logra sacar un jonrón/anotar el gol decisivo/encestar con un lanzamiento de tres puntos. Moneyball hace un saludo a esta bandera, pero regresa con la misma velocidad a centrarse en la verdadera historia, la apuesta de Billy Beane, director gerente de los Athletics de Oakland, por una teoría sobre la ineficiencia de los mercados.

El tema recurrente son los choques de Beane con la sabiduría convencional del resto de la organización de Oakland, es decir, el entrenador y los cazatalentos que le dicen una y otra vez que las fórmulas de los ordenadores ignoran ciertas cosas que solo los conocedores saben. Beane y su economista graduado en Yale consideran que estas preconcepciones son el equivalente a las ideas medievales sobre la generación espontánea y apuestan sus carreras a las nuevas ideas. Al final, por supuesto, el chico de la película gana, aunque solo parcialmente: los Athletics pasan de ser el peor equipo de su división a llegar a la postemporada, pero caen vencidos en los play-offs antes de alcanzar la soñada Serie Mundial. A Beane le ofrecen encargarse de los Medias Rojas de Boston, pero rechaza la jugosa oferta del rey de los hedge funds, John W. Henry (otro que hizo una fortuna aplicando algoritmos a los mercados ineficientes), para quedarse en Oakland.

La película me planteó una pregunta: ¿hay una analogía entre las tribulaciones de Beane (su enfrentamiento con los “expertos” trogloditas) y la traducción automática? A primera vista, la respuesta es no. Los programas de software del economista de Yale son claramente mejores que los cazatalentos a la hora de identificar cuáles son los mejores jugadores (o al menos los mejores jugadores cuyo precio ha sido mal fijado por un mercado ineficiente). En contraste, el producto del algoritmo de la TA es claramente inferior al producto de los peores traductores humanos. De modo que la analogía no funciona en ese nivel.

Donde sí podría funcionar la analogía «Beane-Galileo vs. cazatalentos-tomistas medievales» es al nivel de la visión general del mercado de la traducción. Si, efectivamente, la sociedad mundial se acostumbra a consumir traducciones de muy baja calidad, entonces los adalides de la TA habrían identificado una ineficiencia. Al generar cada vez más beneficios y expandir su participación de mercado, su visión terminaría por imponerse. Pero esto no depende de ningún modo de los cálculos de un ordenador. Representa una apuesta muy ambiciosa (y arriesgada) sobre la evolución de la economía mundial y, aun más, de la cultura mundial, un ámbito incluso más difícil de pronosticar. Quizás ese sea el futuro y yo sea el equivalente intelectual del cardenal fanatizado que acosaba a Galileo. No lo descarto. ¿Quién sabe? Dejo la puerta abierta a cualquier cosa porque el presente que vivimos hoy día era imposible de pronosticar hace veinticinco años.

Dejo la puerta abierta a la posibilidad, pero también expreso libremente mi escepticismo sobre la probabilidad de este escenario. Hay una diferencia clave: yo en ningún caso hago predicciones sobre el futuro. Solo sé que será diferente e inesperado. Hay que mantenerse atentos a las formas en que cambia el mundo. Pero también hay que precaverse contra las apuestas estúpidas.

Cuenta Nassim Nicholas Taleb de Casanova que este siempre se estaba congratulando sobre su maravillosa suerte: al final de su vida, en sus memorias, el amante del siglo se asombraba de la cantidad de aprietos imposibles en que se había metido y del hecho de que siempre se había salido con la suya. Pero Casanova es un ejemplo clásico del sesgo de la supervivencia: el problema es que ninguno de los centenares de Casanovas de pacotilla que fueron asesinados por cornudos iracundos alcanzó a escribir sus memorias. El gurú de los negocios que se inclina ante su bola de cristal y ve un futuro plagado por productos de segunda calidad y traducciones de tercera me recuerda más a uno de estos Casanovas fallidos. Y es que, estadísticamente, tiene más probabilidades de darse de bruces con una realidad distinta a la que espera que lo contrario.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Donde los ángeles no osan pisar…


Igual que muchos traductores especializados, los periodistas por lo general no tienen estudios formales en las áreas que cubren. Y a veces recibimos recordatorios abruptos de ello. Los doctores en economía perseguirán carreras como economistas académicos o funcionarios del Estado. Muy pocos se dedicarán al periodismo o a la traducción. Lo que significa que estas áreas relacionadas son ejercidas por aficionados apasionados pero quizás con algunas lagunas en su conocimiento. Estas carencias por lo general están ocultas, pero a veces esos cuerpos lacustres se abren ante nuestra vista para revelar una extensiones bastantes masivas.

Una ocasión semejante se presentó durante el Aspen Ideas Festival. Chrystia Freeland es una periodista de Reuters muy respetada. Se ha especializado en el estudio de la emergente clase de los superrricos y aparece entrevistada por televisión con gran frecuencia. Durante este evento, Freeland entrevistó a Justin Wolfers, un joven economista australiano que está muy de moda porque estudia el problema de la felicidad, tema muy en boga gracias a políticos como David Cameron. En el vídeo, Wolfers aparece con una melena rubia y unas gafas oscuras que lo hacen parecen un surfista californiano perdido en un mar de economistas y superestrellas de las finanzas.

En la entrevista, Wolfers menciona el estancamiento del ingreso de la familia estadounidense mediana. El intercambio es el siguiente:

Wolfers: Si quieres ser pesimista —y yo no soy tan pesimista— el ingreso de la familia mediana disminuyó durante la era Bush. Esto significa que si eres la familia mediana, ya has atravesado una década perdida.

Freeland: De modo que si eres la familia estadounidense media, no solo te has estancado sino que tus ingresos han disminuido.

Wolfers: La mediana, no la media…

Freeland (impaciente): La mediana es una especie de media, Justin.

Wolfers: No, una media es una especie de media. La mediana es la que está en el medio… Es la típica. ¿Te suena mejor así?

Freeland: La familia estadounidense típica…

Wolfers: A mí me pagan para que preste mucha atención a estas sutiles distinciones.

Wolfers es muy diplomático, aunque sus ojos traicionan un poco de la sorpresa al tener que explicar que una media es una media y la mediana es otra cosa. Porque la distinción no es nada sutil. Los conceptos en sí son muy sencillos. Según Wikipedia, la mediana “es el valor de la variable que deja el mismo número de datos antes y después que él, una vez ordenados estos”. Y la media es el producto de la suma de todos los valores en un conjunto dividido por el número de estos valores. La media y la mediana no siempre coinciden.

Quizás no sea justo criticar a Freeland. Al fin y al cabo, ella no es una especialista (aunque los conceptos en cuestión son un poco pedestres). Lo que sí criticaría es que ella insiste en su error al verse corregida: “Una mediana es una especie de media, Justin”. Sirva de recordatorio para que seamos humildes cuando estemos incursionando en el área de experiencia de nuestros colegas o clientes. “Fools rush in where angels fear to tread” (Donde los ángeles no osan pisar, los tontos entran a trompicones).

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com