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La localización a veces es sinónimo de mala traducción


La presentadora es una representante de ventas de una multinacional de traducción llamada Lionbridge (la agencia tiene una pésima reputación, pero debido a su metastasiado tamaño se apunta en todos los saraos de la industria). La joven ejecutiva habla con acento norteamericano. Probablemente es de origen latinoamericano, o “Hispanic”, como se dice en EE.UU. Tiene dos apellidos castellanos, lo que garantiza que algo sabrá del mundo fuera de su país de origen. Guapa. Sonrisa agradable. Buenas habilidades como presentadora.

Pero el contenido de la presentación… Dios mío.

Yo creo que la traducción es un negocio sencillo. Tomas un texto en un idioma y construyes otro texto equivalente en otro idioma. Lo demás, como decía un poeta francés, es literatura. Y qué de literatos hay en el mundo traductoril. Cuando lees el perfil de una agencia grande, necesitas un Ph.D. para extraer aunque sea una sílaba que tenga algún sentido. Por si la jerga como “localización”, “internacionalización” y “transcreación” no fuese suficiente para marear a los incautos, muchos insisten en emplear versiones abreviadas de estas palabras: l10n y i18n. La jerga, por supuesto, es un mal necesario en la economía ultraespecializada de esta época, pero a veces me pregunto si el oscurantismo traductoril es voluntario. Para engañar a tontos. O para hacer como esas aves que utilizan el plumaje para simular un tamaño mayor al real ante la presencia de un depredador. El secreto es que una agencia de traducción (con márgenes de beneficios anoréxicos) puede fingir que vale más si se disfraza de empresa tecnológica (un sector con márgenes gordísimos).

Volviendo a la presentación: es bastante mediocre. El mensaje es machacante. “La traducción humana persistirá más allá de la traducción automática”. “El crowdsourcing no es una panacea para la traducción barata”. “Los proyectos de movilización de turbas son costosos”. “El que busca traducciones gratuitas se llevará una amarga decepción”. Etc., etc.

Y la joven pasa a dar ejemplos concretos de la clase de conocimiento local que debe informar a la traducción. La “localización”, propiamente dicha. El primer ejemplo está tomado del español:

La palabra “debt” se dice “deuda” en castellano. Imagina que estás promocionando un producto de deuda. Si no cuentas con alguien ubicado en el mercado de destino, tal vez no te darías cuenta de que “deuda” en español puede tener una connotación negativa. Mucho más negativa que en inglés.

Si antes estaba adormilado, después de eso quedé perplejo. Y me perdí. ¿De qué diablos está hablando esta mujer? Consulté el RAE:

deuda. (Del lat. debĭta, pl. n. de debĭtum, débito).

1. f. Obligación que alguien tiene de pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común dinero.

2. f. Obligación moral contraída con alguien.

3. f. Pecado, culpa u ofensa. Y perdónanos nuestras deudas

¿Será que esta chica consultó la palabra en el diccionario y quedó impresionada por esta acepción de “deuda” y la cita del Padre nuestro? En todo caso, la acepción para mí es muy secundaria como para invalidar la traducción de “debt” como “deuda”. Además, compárese esto con la definición en el Merriam Webster:

debt

noun \ˈdet\

Definition of DEBT

1: sin, trespass

2: something owed : obligation

3: a state of owing

4: the common-law action for the recovery of money held to be due

http://www.merriam-webster.com/dictionary/debt

La primera acepción (el resaltado es mío) es nada más y nada menos que un calco de la tercera acepción en español: “pecado, transgresión”.

Entonces, ¿a qué viene todo este asunto? La verdad es que no lo sé. Quizás uno necesita un intérprete para comprender a un gurú de la localización. Por otra parte, la deuda monetaria –incluso en las culturas con actitudes más relajadas hacia el crédito (como las anglosajonas)– nunca tiene una connotación positiva. Los bancos norteamericanos o ingleses no venden sus tarjetas de crédito con eslóganes como “¡endéudate de por vida a tipos bajísimos!” o “¡empeña el futuro de tus bisnietos con deuda!” La publicidad siempre realza lo positivo y disimula lo negativo. El eslogan “no tiene precio” de Visa es una mentira hábil. Por supuesto que la vacación caribeña con tu novia tiene precio. Por supuesto que el regalo de Navidad de tus hijos tiene precio. No solo tiene precio: al comprarlo a crédito, permites que ese precio siga inflándose mes a mes. Y eso es tan válido en Londres como Madrid como Nueva York como Burundi. Nos gusta comprar, pero la onerosa carga mental de una deuda no es tan agradable. Y por eso, tanto en inglés como en español, la palabra “deuda” no figura en la publicidad.

Por eso a veces sospecho que gran parte del asesoramiento de localización se reduce a lo siguiente: una perogrullada baladí que no es inherente a ninguna cultura específica, en el mejor de los casos, o una mala interpretación producto de un error de traducción, en el peor.

http://www.youtube.com/watch?v=ZvJrfFj0eEc