No soy muy aficionado a cierta tendencia prescriptivista que pretende prohibir todo neologismo extranjero. Como traductor financiero profesional, estoy plenamente de acuerdo, por ejemplo, con que el uso de commodities no tiene ningún sentido cuando hay un equivalente perfectamente generalizado en castellano: “materias primas”. El anglicismo en este caso no añade nada en lo conceptual. No obstante, otro gallo canta cuando se trata de algo como crowdsourcing. No es la palabra más bella que exista, claro, pero sí opino que transmite un concepto que no tiene por el momento equivalente en castellano.
La eliminación obsesiva de anglicismos me parece que denota cierto complejo de inferioridad ocasionado por el hecho de que gran parte de los neologismos salidos de las finanzas y la tecnología proceden del inglés. Es hasta cierto punto comprensible, aunque me parece miope cuando uno piensa la cantidad de palabras prestadas del español en la era de Shakespeare, cuando ningún libro sobre temas marítimos podía escribirse sin una palabra como hurricane, una pronunciación gloriosamente pésima de huracán. ¿Qué habría sido de la Edad de Oro de la literatura inglesa sin los españolismos?
El tema surge debido a la frecuencia con que el término cajas ha aparecido últimamente en los titulares de la prensa en inglés a ambos lados del Atlántico. Se trata, por supuesto, de una forma abreviada de referirse a las cajas de ahorro. Lo curioso es que el inglés tiene un equivalente que cae como anillo al dedo: savings banks.
A mi entender, en la Inglaterra del siglo diecinueve los savings banks eran formados por grupos de ahorristas que buscaban mancomunar esfuerzos y así aumentar el acceso a los préstamos hipotecarios. Su característica distintiva es que son instituciones financieras sin fines de lucro. En el Reino Unido se conocían como building societies y en Estados Unidos como savings and loans o thrifts, y sus nombres mismos denotaban su orientación hacia la financiación del crédito a la vivienda.
Las cajas y caixas ibéricas se distinguen de sus homólogas anglosajonas en que su origen está más ligado a la caridad y a la Iglesia Católica, aspecto que sigue parcialmente vigente hasta nuestros días, en que miembros del clero aún participan en los consejos de estas entidades.
Pese a las diferencias, las semejanzas de familia bastan para que se las pueda denominar como savings banks sin mayores problemas. Como es bien sabido, las cajas parecen ser el talón de Aquiles del sistema financiero español. El tema no es solo comidilla de la prensa nacional sino también objeto de intensa cobertura internacional. Lo curioso es que en los medios británicos y estadounidenses, el término cajas parece estar ganándole la partida a savings banks.
Una pesquisa poco científica utilizando Google News revela que en el último mes ha habido 70 menciones de la frase Booleana “Spanish savings banks”, frecuencia inferior a la de la frase “Spanish cajas”, que se apunta 74 ocurrencias.
¿Se debe esta mayor frecuencia a que el término español es más elegante o útil? No lo creo. Sospecho que se debe a que decir escuetamente cajas permite referirse a toda una problemática de una forma muy económica y eficiente. Con solo decir cajas (y sin tener que añadir el superfluo calificativo de “Spanish”), el lector queda remitido a toda una serie de significados, una crisis específica en un momento puntual. La frase “Spanish savings banks” es más “pura” desde un punto de vista nacionalista, pero esa ansiedad nunca ha sido una de las fuerzas que ha moldeado el inglés. Por supuesto, no cabe descartar la posibilidad de que una futura hegemonía china altere eso y conduzca al establecimiento de una Academia de la Lengua Inglesa. Nunca se sabe.
Acerca de Miguel Llorens
Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com
