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¿La traducción puede salvar el mundo?: «La mujer de los cinco elefantes»


Anoche asistí a la primera película del ciclo de cine organizado por Asetrad sobre traducción en cine. Se trata del documental La mujer de los cinco elefantes, un retrato mitad lírico y mitad informativo sobre Svetlana Geier, una traductora ucraniana que pasó a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y dedicó su vida a traducir los clásicos rusos al idioma de su partia adoptada. Los cinco elefantes son las cinco obras maestras de Dostoyevsky, cuya traducción al alemán ocupó los últimos veinte años de la vida de Geier. Vale la pena ver la cinta, porque la traductora es visualmente interesante. Lo que atrajo al director probablemente fue la complejidad de su proceso de trabajo. Primero Geier se sumergía en el texto de una forma total. Posteriormente dictaba su traducción a una mecanógrafa. Finalmente, discutía cada línea del manuscrito con un músico que lee a la traductora la primera versión. Las escenas más divertidas para un traductor son las interacciones entre el músico y Geier. Cada coma, cada preposición, cada artículo es sometido a un minuciosísimo análisis. Es el mismo proceso mental que un traductor vive todos los días. Pero cuando esa conversación (que, admitámoslo, es un poco demente) es llevada a la realidad entre dos personas distintas (y no esas vocecillas interiores que nos habitan) el resultado es genial.

La pregunta que plantea la tarea elefantina de traducir cinco mamotretos dostoievskianos es ¿por qué? ¿Cuál es la compulsión que la lleva a dedicar los últimos años de una vida ya bastante fructífera a una tarea que habría hecho palidecer a personas con la mitad de su edad? En cierto momento, Geier mira hacia la cámara y nos dice que lo hace porque las traducciones acercan a los pueblos e impiden que se maten entre sí. Y uno puede decir “ay, qué bonito” y pasar de largo, pero a mí no me satisface para nada esa respuesta. Porque la historia de Geier que subyace a la película es toda la tragedia europea del siglo veinte.

Seamos un poco brutales y reduzcamos al absurdo la idea de que la traducción acerca a los pueblos e impide que se maten entre sí. Imaginemos a un Zelig que se roba un bombardero y se dedica en septiembre de 1939 a lanzar millones de ejemplares de Dickens en alemán sobre Alemania y millones de ejemplares de Thomas Mann en inglés sobre Inglaterra. Imaginemos que varios centenares de miles de esos ejemplares fueran leídos. ¿Es realmente creíble que eso habría impedido el estallido de la Segunda Guerra Mundial? Obviamente no. Pero, claro, a eso no es a lo que se refiere Geier. La idea es que al leer la literatura traducida de otro pueblo reconocemos su humanidad y eso dificulta la deshumanización previa a matanzas como la de Stalingrado. Pero si eso fuera medianamente cierto, ¿cómo explicas las guerras civiles? Es una perogrullada decir que las guerras más crueles son las civiles.

La idea de que las barreras lingüísticas son las que ocasionan los conflictos internacionales está tan profundamente enraizada en nuestra psique que exige un esfuerzo importante desembarazarse de este pesado fardo mental. Uno de mis comediantes favoritos se llama Doug Stanhope. Todo su humor gira alrededor del desengaño radical y la desesperanza. Sus temas predilectos son el alcohol, las drogas y el cigarrillo, pero no desde el punto de vista del sibarita epicúreo que goza de los sentidos. No, Stanhope habla desde el punto de vista del adicto que sabe que sus gustillos a la larga lo matarán. En todos sus álbumes hace una apología del aborto y lanza baldes de desprecio sobre las personas que tienen bebés. Lo traigo a colación porque Stanhope es un libertario de izquierdas y uno de sus temas preferidos es el desprecio hacia el nacionalismo. En una entrevista reciente afirmó que gran parte de los problemas políticos entre países se deben a que no hay un lenguaje universal. Lo cual me deja perplejo. ¡El apologista del aborto cree que la barrera del idioma es lo que nos impide entrar a la Utopía! ¡El maestro del pesimismo moderno cree que un  lenguaje universal traerá la paz universal! Es el equivalente a descubrir que tu médico de cabecera cree en hadas madrinas o que tu contador cree en los Reyes. Y aquí voy a hacer una observación estilo Stanhope: ¿por qué nadie se pasea por la posibilidad de que un lenguaje universal ocasione más guerras? Imagínate solo por un momento que podemos leer por Internet y (peor) comprender todas las cosas estúpidas y racistas que las personas de un país dicen sobre las personas de otros países. En mi humidle opinión, la probabilidad de una guerra nuclear aumentaría exponencialmente.

La ilusión del traductor como héroe que une a los pueblos entre sí nace de esta ingenua creencia que Babel es el origen de muchos de nuestros males. Y cada vez que se discute sobre la traducción automática siempre sale a luz esa idea romántica de que la caída de las barreras lingüísticas traerá una Edad de Oro. Creo que se trata de una estructura mítica que está dentro de nosotros y que estimula regiones muy primitivas de nuestra mente reptiliana, esa parte donde se alojan nuestras añoranzas sobre el mundo edénico, prelapsario, prebabélico… No creo mucho en el psicoanálisis, pero estoy totalmente convencido de que los arquetipos de los que hablaba Jung son totalmente reales y que algún día, quizás en un futuro muy lejano, algún científico descubrirá algún ácido en nuestros cerebros que corresponderá a las estructuras básicas de nuestros relatos míticos.
Ya sé que es poco romántico, pero la esperanza de que el regreso al mundo unilingüe previo a Babel desencadenará una utopía de felicidad y unión humana me parece pueril. Pero, claro, las ilusiones son ilusiones. Recuerdo haber leído a George Steiner hacerse eco del asombro de que hombres educados con Goethe y Schiller y Beethoven organizaron la barbarie de los campamentos de exterminio. No comparto ese asombro. Me identifico más con Max von Sydow en Hannah y sus hermanas cuando exclama “ayer vi a una grupo de gilipollas por televisión preguntándose cómo pudo suceder el Holocausto, pero para mí lo increíble es que no suceda más a menudo”. Y allí está el punto. Sin necesidad de traducciones, el acervo humanístico de cada uno de los países europeos que se destruyeron a sí mismos a mediados del siglo veinte debió haber impedido semejante matanza. Yendo más lejos, no me cabe ninguna duda de que la mayoría de los oficiales alemanes de la Wehrmacht conocían bastante bien a Shakespare y que, mutatis mutandi,  muchos soldados ingleses tendrían bastante familiaridad con algún autor alemán. Pero a la hora de verdad, la literatura y su prima la traducción no lograron salvar la vida de nadie. Comprendo que la idea resulte atractiva para una chiquilla ucraniana de 14 años que se aísla en una biblioteca justo cuando su padre murió y el mundo estaba a punto de hundirse en una orgía de degeneración y homicidio. Pero nosotros no tenemos esa excusa.

En todo caso, sospecho que Geier no hacía su trabajo para ayudar a que los rusos y los alemanes se comprendieran mejor entre sí. Hacía su trabajo porque a los 14 años se perdió de un laberinto de palabras y 65 años después aún no había logrado encontrar la salida. Y en eso creo que hay cierto triunfo y cierto heroísmo y cierta dignidad que el propio Dostoyevsky habría apreciado más que cualquier dudoso apostolado intercultural.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Una de las palabras más antiguas es sinónimo de “traductor”


He estado leyendo el libro Is That a Fish in Your Ear? de Alex Bellos. Pese al apellido portugués, el autor es británico y es conocido como el traductor al inglés de autores franceses contemporáneos como Georges Perec. Su libro es parecido a un curso de introducción a la traducción que brinda un paseo somero pero erudito de los múltiples problemas teóricos de la disciplina.
El autor pone de cabeza muchas presuposiciones acríticas que incluso muchos traductores tienen sobre la actividad. Al analizar la institución de los intérpretes imperiales otomanos, Bellos discute su nombre, que es un curioso el fósil lingüístico:

La diplomacia, el espionaje y la intriga administrativa eran parte del trabajo acometido por estos traductores otomanos, conocidos como tercüman. El término turco ha entrado al inglés como dragoman, pero se encuentra bajo formas ligeramente alteradas en docenas de otros idiomas que han tenido contacto con los turcos. El azerbaiyaní trcüm∂çi, amhárico ästärgwami, darí tarjomân, persa motarjem, uzbeco tarzhimon, árabe mutarjim, marroquí trzman y hebreo metargem son todos traducciones fónicas de tercüman. Pero independientemente de que se escriba como dragoman o tercüman, la palabra otomana para un “traductor” no tiene absolutamente nada de turca. Se encuentra por primera vez en un idioma hablado en Mesopotamia en el tercer milenio antes de Cristo como traducción para eme-bal, una palabra sumeria más antigua aún. Por tanto, la palabra acadia targumannu tiene un descendiente por medio del tercüman turco en una palabra inglesa que indudablemente es obsoleta pero que aún persiste: probablemente se trata de la única palabra con un significado estable cuya historia escrita se remonta hasta el tercer milenio antes de Cristo. La difusión de una de las palabras raíz más utilizadas para “traductor” desde una de las cunas de la escritura en la antigua Mesopotamia es una prueba inmejorable de la antigüedad mucho mayor de la práctica en sí de la traducción. (p. 124)

Lo cual, de ser cierto, es fascinante. La única palabra con una historia tan larga no es religiosa, ni sexual, ni agrícola, sino un sinónimo para la traducción.
¿Y el español no recibió la palabrita milenaria? Al fin y al cabo, si estuvo rebotando por el Mediterráneo durante decenas de siglos, ¿por qué no aterrizó en el español? Diez segundos en Google bastaron para corregirme: el targumannu acadio tiene un descendiente igual de obsoleto que su primo inglés pero no menos significativo. Se trata de la palabra “trujamán”:

trujamán, na.
(Del ár. hisp. turǧumán, este del ár. clás. turǧumān, intérprete, este del arameo rabínico tūrgmān[ā] y siriaco targmānā, y estos del acadio targamānu[m] o turgamānu[m]).
1. m. y f. Persona que aconseja o media en el modo de ejecutar algo, especialmente compras, ventas o cambios.
2. m. y f. p. us. intérprete (‖ de lenguas).

http://buscon.rae.es/draeI/

Yo pensaba que la palabra “trujamán” venía del árabe, pero, no, es parte de la gran cadena lingüística que conduce a la institución otomana y más allá. Desconocía la primera acepción indicada por el DRAE, como asesor en la compra y venta de bienes. Y aquí comienzo a especular sin ninguna clase de fundamento científico: supongo que esto se debería a que el comercio internacional en la antigüedad (imaginemos la Ruta de la Seda) exigía los servicios de un agente multilingüe que mediaba entre las dos partes en la transacción.
Así que, al menos en el caso del español, el trujamán era en un sentido importante un asistente en los intercambios comerciales. Además de la antigüedad resaltada por Bellos, el diccionario español resalta el nexo con el intercambio comercial. ¿Este significado es común a otras lenguas o es una innovación del español? Es imposible determinarlo sobre la base de búsquedas superficiales en Google, pero la acepción encaja bien con el tema que aborda Bellos en el capítulo del que se toma la cita: “El problema de la confianza”.
Cuenta Bellos que los dragomanes que servían al emperador tenían una reputación dudosa debido a su función como intermediarios entre culturas. En primer lugar, no eran turcos. Eran griegos. Tampoco eran musulmanes, sino cristianos. En segundo lugar, parte de su función consistía en adaptar los mensajes de un modo que a nuestro modo de ver es pura tergiversación. Por ejemplo, un mensaje del emperador otomano a un rey europeo incluía muchas fórmulas que ensalzaban hasta los cielos el poder del emperador turco y subrayaban la bajeza y miseria del rey europeo. El dragomán se encargaba de eliminar todas las referencias humillantes al soberano europeo. Eso es pura y simple diplomacia (y quizás sentido común), pero el encargado de cumplir esa función suavizante siempre era visto con recelo. Y ese es tan solo un ejemplo pequeño de la actitud relativista pero optimista de Bellos hacia el trabajo de la traducción: no existe semejante cosa como la traducción literal ni la traducción figurativa, no hay traducciones fieles ni infieles. Solo hay traducciones buenas malas, que cumplen mejor o peor la función del “acto de habla” original. La traducción, para él, es una actividad que tiene una infinitud de funciones pero que siempre consiste en adaptar un acto de habla a otra lengua.
No me cabe duda de que la palabra “trujamán” español conserva parte de la desconfianza del monolingüe hacia el bilingüe debido al resentimiento y temor que produce cualquier relación de dependencia. Véase simplemente la definición en el DRAE de una de las palabras relacionadas con “trujamán”, truchimán: “Persona sagaz y astuta, poco escrupulosa en su proceder”. Ups.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

El valor estratégico del español, o separados por una lengua común


Me sorprendió un poco que el discurso de investidura de Mariano Rajoy como presidente de Gobierno de España incluyera una mención de la importancia del español como lengua compartida entre España y América Latina:

No olvidaremos tampoco la necesidad de reforzar el vínculo iberoamericano y del papel de la lengua española como nexo de unión e instrumento económico de primer orden. En este sentido, creemos que el Bicentenario de la Constitución de Cádiz es el mejor marco para estrechar estos lazos, trasladando al mismo tiempo el mensaje del valor de la cultura en español y la calidad de nuestra democracia.

http://www.eleconomista.es/imag/_v3/ECONOMISTA/Documentos/Discurso-investidura-Rajoy.pdf

Por supuesto, tiene sentido dentro de la coyuntura actual. Mientras que el panorama doméstico español estará marcado por los recortes presupuestarios para mantener estables los precios de sus bonos, uno de los pocos puntos positivos del Ibex es el importante proceso de internacionalización del sector privado español. Muchas empresas ibéricas aprovecharon los años de vacas gordas para desplegar inversiones desde China hasta Estados Unidos y hasta Rusia.

Dentro de ese proceso, las inversiones en Latinoamérica han pasado de ser un lastre peligroso para convertirse retrospectivamente en una sabia jugada estratégica. Y aunque de lejos es Brasil el mercado que se ha llevado la tajada más gruesa de este flujo de inversiones —debido a su magnitud y, en parte, gracias a que figura dentro de la sigla BRIC ideada por Jim O’Neill de Goldman Sachs— las antiguas colonias hispanoparlantes también han recibido fuertes flujos de inversión.

De allí que la referencia de Rajoy se debe leer como un recordatorio del peso internacional de la economía española y de que el país seguirá siendo un exportador de capital. (La referencia al Bicentenario de las Cortes de Cádiz quizás es menos comprensible y un poco forzada. Aunque es cierto que las Cortes otorgaron representación política a las colonias, también representan el momento simbólico en que la ruptura política entre colonias y metrópoli se volvió irremediable. Ni siquiera los liberales españoles más radicales estaban dispuestos a darles a las colonias una carga representativa proporcional a su población, de modo que las guerras de independencia se habrían producido incluso aunque no se hubiese producido una restauración borbónica ultrarretrógada después de la derrota de Napoléon.)

Pero apartando detalles pedantes, valdría la pena preguntarse qué significa en concreto eso de la lengua española como “vínculo de unión e instrumento económico de primer orden”. ¿La formulación del flamante mandatario tiene algún contenido real o es simplemente un saludo a la bandera de una vaga identidad cultural transatlántica?

Si nos guiamos por el actual pleito que ha surgido entre el periodista uruguayo Ricardo Soca y Editorial Planeta, debemos llegar a la conclusión de que la formulación de Rajoy en la práctica no pasa de ser una frase bonita. Según mi reconstrucción (quizás incompleta) del affaire, el Sr. Soca mantiene una página web con recursos sobre el idioma. Su sitio incluía materiales de la Real Academia Española que eran de dominio público (o al menos de acceso gratuito). Al parecer, la RAE ha firmado un contrato con Planeta que reemplazó un acuerdo comercial de larga data con otra editorial. Parte del cambio implica descontinuar el acceso gratuito a varios recursos gramaticales y lexicográficos, lo cual quizás se debe a que la Academia se está curando en salud ante un posible tijeretazo presupuestario o que está gravitando hacia modelos online pagos, que cada vez están más de moda. Sea cual sea el motivo, los abogados de la editorial escribieron en términos muy agresivos al Sr. Soca y le ordenaron bajo amenaza de litigio que quitara de su web todo el material de la Academia. Como he dicho, no conozco los detalles, pero todo parece indicar que los abogados de Planeta actuaron de forma brutal, como cobradores de Tony Soprano visitando una carnicería local. Probablemente había formas menos agresivas de lograr el mismo efecto sin apelar de buenas a primeras a la amenaza contra alguien que simplemente cumplía una labor de difusión cultural sin fines de lucro.

No resulta una sorpresa que los oficios emponzoñados de la editorial han convertido al Sr. Soca en un mártir y han permitido que la animadversión contra la Academia se convierta en un movimiento. Por un lado, me causa cierta risa que una institución tan miope y anacrónica como la Academia se haya metido en semejante lío en la era de Internet. Por otro, eslóganes como la lucha contra la “privatización del español” esgrimidas por los partidarios del Sr. Soca me suenan un poco ridículas, pero, claro, si hay algo en lo que sobresale la izquierda latinoamericana, es en la hipérbole chillona.

Quien lea este blog sabrá que no tengo gran simpatía por instituciones prescriptivistas, aunque obedezco la mayoría de sus diktats solo por no ir demasiado a contracorriente. Y si bien los académicos se tienen bien merecida la lluvia de denuestos y peticiones online, sería lamentable que todo degenerara en un enfrentamiento entre el español latinoamericano y el español ibérico (tendencia que ya empieza a perfilarse en algunos pronunciamientos). Y si bien las prescripciones inútiles y las revisiones cada tres lustros de nuestros sistemas ortográficos son criticables (por no decir execrables), ¿quién sabe si echaremos de menos una de las pocas instituciones culturales que realmente unen a Latinoamérica y España?

En resumen, el incidente Soca ilustra lo vacías que son las palabras del recién inaugurado presidente de Gobierno. La pregunta interesante sería cómo los trabajadores de la lengua podríamos imbuirles alguna clase de sentido. Los linderos entre el lenguaje empresarial británico y su contraparte norteamericana cada vez se están volviendo más borrosos a medida que el mundo anglosajón se globaliza más (ver mi análisis de IPO y flotation). Ese mismo proceso no se ha producido en el español pese al masivo aterrizaje de multinacionales españolas en América Latina durante los últimos quince años y la incipiente expansión internacional de empresas mexicanas (aunque quizás sería interesante leer las guías de estilo de estas empresas para sus materiales impresos en español). ¿Sería una buena idea unificar los diferentes vocabularios empresariales y contables de América Latina y España? ¿Hay algún lingüista o profesor de contabilidad que se lo haya planteado? ¿O sería preferible que el lenguaje siga su curso sin necesidad de esfuerzos por regular su evolución (tal como ha sucedido en el caso del inglés)? ¿Se vería fortalecido el español si se enseñara una versión neutra en las universidades no hispanoparlantes? ¿La Academia ha alzado la voz ante la eliminación de tantos departamentos de literatura española en Estados Unidos y Gran Bretaña?

No tengo respuestas para ninguna de estas preguntas. Pero sí me parece que son la clase de problemas que deberían estar en el primer plano de las preocupaciones lingüísticas (es decir, en contraposición al exterminio obsesivo e histérico de los anglicismos). El problema, sin embargo, es que nuestros académicos e intelectuales están enfrascados en una disputa apenas un poco menos estéril que el debate sobre la cantidad de ángeles que pueden bailar sobre un alfiler.

Si tan solo los dos bandos en liza supieran que, por debajo de sus diferencias, hay muchas cosas más apasionantes que los unen: por ejemplo, la fobia acomplejada contra la cultura anglosajona y la obsesión paranoide de preservar la supuesta pureza de la lengua.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Traductores y tipos de cambio: ¿quién teme al euro feroz?


Por los medios sociales he venido escuchando con frecuencia a traductores europeos quejarse de la disminución en el valor de dólar. La verdad es que no soy profesional de las finanzas, pero me sorprende esa idea generalizada de que el dólar está en vías de desplomarse. Primera advertencia: lo único que sé sobre los mercados financieros es que nadie sabe con certeza lo que hará un mercado financiero. Veamos el gráfico que ilustra la fluctuación del dólar frente a la moneda única europea durante los últimos dos años.

Cambio USDEUR dos años

Cambio dólar-euro durante últimos dos años con máximo y mínimo indicados.

La verdad es que no creo en el llamado análisis técnico —que pronostica el futuro rumbo de un activo mediante el análisis de gráficos— pero considero que incluso aquí uno de estos “chartistas” tendría serias dificultades para observar una tendencia clara.  Ahora bien, el valor de hoy de un dólar (0,72 €) representa un innegable bajón del 11,1% respecto a su máximo de los últimos dos años, alcanzado hace unos quince meses, el 4 de junio de 2010 (0,835 €). Pero también ha registrado un alza del 4,9% respecto al mínimo del mismo periodo, cuando cerró en 0,673 € hace un par de meses, el 29 de agosto.  En resumen, no hay una clara tendencia que permita llegar a  la conclusión de que la moneda norteamericana va de capa caída (o que está a punto de despegar).

Mi observación es que vivimos un periodo de elevadísima turbulencia e incertidumbre. En general, pienso que un profesional autónomo debería abstenerse de llegar a conclusiones apresuradas sobre lo que hará esta o aquella moneda. No cabe duda de que la divisa europea ha conservado su valor frente al dólar, pero hay que tener en cuenta que se avecina una posible “tormenta perfecta” de impagos soberanos y quiebras bancarias. Un rescate billonario, en cualquiera de sus facetas (organizado por el BCE, el FMI, los BRIC o la sigla que sea) le propinará un golpe durísimo al euro. Por eso, las quejas sobre la supuesta debilidad del dólar me parecen doblemente curiosas.

Esta curiosidad queda plasmada de forma más analítica en un ensayo publicado esta semana por Ken Rogoff, una autoridad sobre el tema de las crisis financieras: “Aunque soy consciente de que los tipos de cambio nunca son fáciles de explicar o comprender, considero que la actual robustez del euro es ligeramente misteriosa”. La sensación de misterio se debe al fuerte contraste del actual nivel el euro frente los riesgos que se ciernen sobre la divisa:

Parece evidente que el Banco Central Europeo se verá forzado a comprar cantidades mucho mayores de bonos soberanos (basura) de la zona euro. Es posible que esto funcione a corto plazo, pero si se materializan los riesgos de impago soberano —lo cual mis investigaciones con Carmen Reinhart sugieren que es bastante probable— el BCE tendrá que ser recapitalizado. Y si los países más fuertes de la zona euro se muestran renuentes a digerir esta transferencia —y hay que observar que dicha resistencia política es elevada— es posible que el BCE se vea obligado a recapitalizarse a través de la creación de dinero. En cualquier de estos dos casos, la amenaza de una crisis financiera profunda será elevada.

(“Creación de dinero”, en cristiano, significa encender la imprenta e imprimir euros como si fueran barajitas Panini del “Niño” Torres.) Por supuesto, comprendo que todos estemos cansados de este tipo de advertencias diarias. Yo también veo una larguísima serie de expertos que carece de certeza sobre lo que sucederá pero no por ello se abstiene de pintar paisajes negrísimos sobre el futuro. En resumen, ni Rogoff ni ninguno de sus ilustres colegas sabe lo que sucederá en los próximos seis meses. Mucho menos presumo yo saber lo que sucederá.

Lo único evidente es que hay incertidumbre. Y en tiempos de incertidumbre, lo mejor es no obsesionarse con ninguna idea sobre lo que hará o no hará el euro o la libra. En estos momentos, lo más sabio es diversificar. Si mantienes el dinero parcialmente en euros y en parte en dólares, y el dólar se echa un piscinazo desde un rascacielos, sufrirás pérdidas en el dinero que ahorres en dólares, pero tus ahorros en euros te  reportarán una ganancia. Esto es un ejemplo modesto del hedging, o cobertura: pequeñas pérdidas que se ven compensadas por pequeñas ganancias (para evitar grandes pérdidas). Si, por el contrario, la crisis europea perdura, entonces sucederá lo inverso. Pero en cualquier caso, aunque sufras pérdidas parciales, estarás protegido contra cualquier escenario extremo. Y si eres un agnóstico epistemológico como yo (y crees en los cisnes negros de Nassim Nicholas Taleb), les preguntarás a los empleados de tu banco si tu institución ofrece la opción de abrir una cuenta complementaria en dólares o libras esterlinas para almacenar parte de tu colchón financiero. Es una forma de dormir tranquilo sin tener que estar pendiente de las demenciales subidas y bajadas de los mercados cambiarios como un operador bursátil insomne.

(P.D.: por supuesto, siendo latinoamericano, soy plenamente consciente de que hay escenarios más extremos aún en los que uno pierde dinero incluso después de diversificarse al máximo, pero la idea no es esparcir angustia de forma gratuita e innecesaria. Crucemos los respectivos puentes cuando lleguemos a ellos.)

¿Se ha estancado el progreso tecnológico?


Esta semana ha habido dos ensayos de dos figuras muy diferentes analizando el mismo fenómeno: la deceleración en el ritmo de innovación tecnológica.

El primer ensayo es del novelista cyberpunk Neal Stephenson. El segundo es del mago del capital riesgo y fundador de PayPal, Peter Thiel.

Hasta hace poco, la idea solo la asomaba Tyler Cowen, autor del El gran estancamiento, libro reseñado en este blog hace un par de meses.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

La “Voz” de Groupon: el lenguaje como elemento esencial del modelo de negocio


Para mí es evidente que el cliente que valora el texto de su web, informe semanal, boletín anual o incluso algo tan baladí como una tarjeta navideña le asignará la misma cantidad de importancia a la versión traducida de ese texto. Y, por tanto, asignará un valor superior al traductor adecuado porque sabe que una traducción no es un producto indiferenciado: después del proceso de refinación, la gasolina hecha con petróleo de Nigeria es idéntica a la gasolina procedente de Arabia Saudí. ¿Sucede lo mismo con la traducción? Sí y no. Depende de si el cliente considera que su texto es una inversión o no, si es un elemento fundamental de su imagen corporativa o un simple apéndice.

La reflexión se me ocurrió después de leer un artículo del New York Times sobre Groupon, la empresa de cupones de descuento para negocios locales. La pieza no se enfoca en el carismático consejero delegado, Andrew Mason, sino en los equipos de escritores que desempeñan la labor diaria de redactar el texto que acompaña y vende los cupones individuales. De hecho, la empresa considera que la presentación escrita de los cupones es una parte esencial de su éxito, no un simple barniz que recubre una oferta comercial.

Internet, al igual que la imprenta, ha traído una explosión de palabras, pero también ha conllevado a una devaluación de la escritura. El artículo acota que “las palabras no son valoradas en Internet, tal vez debido a que contiene tantas de ellas. Los periódicos y las revistas han obtenido cantidades inmensas de lectores nuevos en línea, pero aún no logran recuperar los costes de producir el material de sus operaciones en Internet”. Groupon ha triunfado donde los medios antiguos han trastabillado al innovar un modelo donde el texto breve y humorístico es una punta de lanza para captar el interés del lector en un mundo donde, según algunos gurús como Seth Godin, abunda el material de lectura pero escasea la atención: “Groupon tomó prestadas algunas herramientas y términos del periodismo, suavizó la pesada mano de la publicidad tradicional, añadió un poco de tono y actitud bromistas, y enlazó el resultado a la oferta descontada. Por el momento, ha logrado que las palabras rindan beneficios”. En tres años, la empresa ha pasado de ser un start-up del montón para convertirse en un torbellino de expansión con presencia en 40 países, una plantilla de 40.000 empleados y 50 millones de abonados a sus ofertas diarias. El periodista del NYT descubre que la sede de Chicago está poblada por veinteañeros con carreras creativas. Son los graduados de filología y cine que normalmente se ganan la vida en las grandes ciudades con menesteres menos artísticos mientras persiguen sus sueños como cantantes, bailarines, pintores o escritores. Aunque distan de ser el equivalente americano del mileurista, los sueldos tampoco son estratosféricos: 37.000 dólares al año (25.841 €). La empresa ya es tan grande que muy pocos de los empleados actuales tendrán opciones sobre acciones cuando se produzca la inminente salida a Bolsa, lo que crea un abismo bastante grande (y quizás incómodo) entre estos millonarios en potencia y la masa que fue contratada después.

Ojo, esto no significa que la empresa considere que simplemente basta con contratar personas creativas y dejarlas libres en un campo sembrado de cubículos. Como buena empresa norteamericana, cree haber hallado un método industrial para lograr la producción en serie de textos creativos y divertidos. De hecho, una capacitadora habla de la “Voz Groupon” (sí, con mayúsculas; por lo visto, las empresas tecnológicas siempre tienen que terminar sonando como una secta milenarista).

Para ilustrar la forma en que se identifica a candidatos idóneos para canalizar esta “Voz”, tomemos un ejemplo de la prueba de ingreso:

P. ¿Cuál es la forma más interesante para describir un candelabro de 2.000 kg?

a. “Blinged out” (cubierto de diamantes)

b. Más brillante que un árbol de Navidad muy estudioso

c. Una trampa mortal

d. Muy grande y brillante

La mayoría de los candidatos elige la opción A: es urbana, contemporánea y está en labios del hipster metropolitano. Pero lo que busca la empresa es la clase de ingenio que transmite la opción B.

La creatividad al servicio del comercio puede suscitar escepticismo en el lector educado. Pero incluso dentro de esta camisa de fuerza, hay espacio para la simpatía. Este texto está tomado de un cupón para un dentista (la traducción es mía):

El Ratoncito Pérez es un ladronzuelo fetichista especializado en el contrabando ilegal de marfil. Es preciso detenerlo. El Groupon de hoy ayuda a mantener los dientes dentro la boca y fuera de las manos de criaturas furtivas y maniáticas.

Creo que la empresa se destaca por dos aspectos que nadan a contracorriente de tendencias muy fuertes en Internet.

El primer aspecto es que, al contratar a 40.000 personas, se trata de una empresa online cuyo impacto económico positivo corre parejo a su impacto social, cosa poco frecuente entre las empresas de Internet (Facebook, en contraste, tiene 700 millones de usuarios, pero apenas unos 4.000 empleados [sí, cuatro mil]). La falta de impacto económico de la tecnología nueva es uno de los factores citados por Tyler Cowen para “El gran estancamiento”.

Y el segundo aspecto es que al enfocarse en el texto, la empresa rompe con la tendencia también marcada en la Red de tratar un texto como un simple objeto indiferente creado para atraer más clics y vender anuncios. AOL, por ejemplo, contrata a ejércitos de escritores para que escriban miles de sinopsis pequeñas de episodios de televisión que ni siquiera tienen tiempo de ver. La empresa capacita a estos profesionales para que escojan “palabras clave” que atraigan el máximo número de visitantes. No es una sorpresa que el resultado a menudo sea despreciable. Un empleado exasperado escribió a un supervisor preguntando si es que acaso a la empresa le importa la calidad de lo que escriben estos siervos de la gleba cibernética. La respuesta fue un lapidario “no”.

La meta de Groupon es mercantilista, pero al menos no contamina el ciberespacio con papel cazamoscas diseñado para atrapar internautas distraídos al menor coste posible. Por supuesto, una empresa tan joven difícilmente puede servir como baremo para pronosticar el futuro. Sobre este modelo se ciernen toda clase de problemas: la facilidad con la que se puede copiar el modelo; la intensa competencia de Google y Facebook; la posible ruptura de la burbuja tecnológica 2.0; ciertas quejas entre los comerciantes sobre la tajada  que se lleva Groupon, etc.

Pero un peligro que yo veo es la dificultad para reproducir la “Voz” de Groupon a nivel mundial. Si visitamos la web de la empresa en Madrid, se perciben algunos intentos por trasladar ese estilo urbano de principios de siglo al mundo ibérico. Pero varios intentos son un poco pedestres. Véase este de un “groupon” (¿grupón?) para un bar de sushi:

Los nipones son capaces de mezclar ingredientes como las algas, el arroz, el jengibre o las huevas de pescado y conseguir unos colores y unas formas atrayentes por sí solas. Déjate seducir por la comida japonesa con el menú para dos personas de Banzai Sushi Bar. Gastronomía oriental en pleno centro de Madrid.

http://www.groupon.es/deals/madrid/menu-para-dos-personas-de-banzai-sushi-bar/509523

Bueh. Está bien, pero dista mucho de ser memorable. Hay quien diría que es incluso aburrido. Y el uso de “nipones” para evitar la repetición de la palabra “japoneses” suena un poco mecánico.

Otros cupones hacen un intento más atrevido por sacar al lector del automatismo de la cotidianidad de la que hablaban los formalistas rusos. Es lo que hace este cupón para otro restaurante japonés (Sushiwakka), con resultados mixtos:

Sushina mina ¡eh! ¡eh! wakka wakka ¡eh! ¡eh! Es exactamente lo que cantaría Shakira en una situación como ésta, porque Sushiwakka es actualmente el restaurante oriental con más ‘movimiento’ de la capital.

http://www.groupon.es/deals/madrid/sushiwakka-madrid/57388

No sé qué dirán los lectores de esto, pero creo que la “Voz” de Groupon ha perdido algo de agudeza en su versión madrileña. No sé si será un problema cultural o un producto de la rapidísima expansión de la empresa. El artículo del NYT, al fin y al cabo, va directo al semillero de Chicago donde todo comenzó hace apenas tres años con un puñado de empleados. Ahora hay decenas de miles de colegas bombeando miles de cupones diarios en todo el mundo y en decenas de idiomas. El secreto de McDonald’s fue la reproducción del mismo producto, el mismo sabor y el mismo servicio en todos los idiomas y en todo el mundo. Pero ese proceso se gestó durante varias décadas. Groupon busca hacerlo en menos tiempo de lo que tarda un niño en graduarse de primaria.

De modo que no sé hasta qué punto la empresa será un éxito o si, por el contrario, será el equivalente contemporáneo de lo que fue Pets.com en la última burbuja. Pero lo que me llama la atención es que la depreciación constante del lenguaje no es una fuerza indetenible o una regla absoluta en la Red 2.0. Me reconforta un poco encontrar empresas cuya atención a su texto publicitario online es una parte integral de su filosofía.

Para cualquier meme de moda, siempre hay un contraejemplo igual de importante.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

¡Ese electrón es demasiado caro!: Dan Ariely analiza los ebooks


Hace unas semanas, el economista conductual Dan Ariely analizó en su bitácora el siguiente caso interesante: la editorial Hachette vende en Amazon.com un thriller (The Fifth Witness de un autor llamado Michael Connelly) a 14,28 dólares en su versión impresa. Sin embargo, la versión electrónica cuesta más (cosa, por demás, bastante frecuente en Amazon). Descargar el libro al dispositivo de lectura Kindle cuesta 14,99 dólares, o 71 centavos más.

Ariely argumenta que este tipo de estructura de precios tiene sentido:

Desde el punto de vista de la utilidad, cobrar más por la versión en Kindle se antoja como bastante razonable teniendo en cuenta que los libros Kindle se entregan instantánea y gratuitamente, que no ocupan espacio adicional ni pesan nada, que se pueden leer en cualquier ordenador, y que vienen con [funciones de] marcapáginas y resaltado muy prácticas que resultan interesantes para los demás lectores.

Pero esta discriminación negativa a nivel de precios en contra del Kindle desató un huracán de críticas de una sola “estrella” (la calificación más baja en el sistema de Amazon) por parte de iracundos usuarios del Kindle. (Estos incidentes son frecuentes en Amazon, aunque generalmente se producen cuando la editorial retrasa el lanzamiento de la versión en Kindle para no perjudicar las ventas en papel, otra estrategia muy frecuente empleada por las casas estadounidenses.) En el caso de Connelly, su reseña media es tres estrellas, resultado bajísimo para Amazon, donde el 95% de los libros —desde Guerra y paz hasta el último bodrio del escritor que trabaja para Sarah Palin— suele recibir una media de cuatro estrellas.

Ingenuamente, yo pensaba que la migración hacia el libro electrónico habría desembocado en precios mucho más baratos. O al menos que uno de sus efectos principales sería un abaratamiento del libro. Pero esto no ha sucedido, o al menos no ha sucedido aún por motivos que son interesantes.

Al embarcarse en la aventura del Kindle, Amazon (arbitrariamente) decidió que el “precio justo” para sus ebooks era 9,99 dólares. Es un precio más barato que los libros tapa dura recién lanzados, pero más caro que la inmensa mayoría de los libros de bolsillo. El precio, permítanme remachar, es totalmente arbitrario. En realidad, se trata de un precio subvencionado. Las editoriales no aceptaron ese precio porque corría el riesgo, a su modo de ver, de depreciar el valor de su mercancía. Por eso, cuando yo pago 9,99 $ (unos 14 7,10 €) por un ebook, Amazon pierde dinero y paga unos dos o tres o cuatro dólares adicionales a la editorial por cada unidad electrónica vendida. ¿Irracional? Sí y no. Amazon está apostando por un negocio futuro y, mientras las editoriales se adaptan al futuro, está dispuesta a asumir algunas pérdidas para captar participación de mercado (y si de algo sabe Amazon es cómo generar pérdidas mientras cultiva un negocio).

Otro secreto más indecente aún es que Amazon pierde dinero en todos los libros que vende, tanto impresos como electrónicos. Por sorpresivo que suene, los libros para Amazon son lo que se conoce en la industria minorista como loss leaders. Significa que son artículos que se venden con pérdidas para atraer clientes a las tiendas. La idea es que, además de comprar unos 20 o 30 o 100 libros al año a precios ínfimos, el cliente también comprará artículos más costosos como ordenadores o muebles, que es donde Amazon se apunta su inflado margen de beneficios.

¿Qué sucedió en el caso de Fifth Witness? Especulo que no se llegó a un acuerdo con la editorial y esta se reservó el derecho de establecer su propia estructura de precios.

¿Por qué es esto interesante? Porque es un caso en que una tecnología superior y más barata no ha conllevado a un descenso en los precios. ¿Por qué? Porque los usuarios del Kindle son individuos con un valor neto más elevado y más capacidad (o disposición) para consumir. Incluso los jóvenes profesionales sin muchos ahorros probablemente se sentirán más inclinados a comprar la versión electrónica por cuestión de conveniencia o de moda.

El episodio encierra cuatro lecciones:

Lección 1: un avance tecnológico que permite una reproducción más barata no ha conllevado a un descenso de precios debido a características particulares del mercado. Se suelen oír comparaciones superficiales entre Gutenberg e Internet, pero ejemplos como este sugieren cautela a la hora de sacar conclusiones fáciles sobre el cambio tecnológico.

Lección 2: hace falta un cambio estructural en el mercado editorial para que los libros bajen hasta niveles realmente bajos (3,00 o 4,00 dólares por ebook). Por solo citar una condición necesaria, a los autores establecidos aún les falta hacerse a la idea de lanzarse al mercado sin el entramado tradicional de agentes, editores y críticos. Son muy pocos los autores establecidos que están optando por la ruta de la autopublicación a precios bajos. Me parece un indicio palpable de que la tecnología no es el factor determinante que mueve a la economía, sino más bien al revés.

Lección 3: inconscientemente tenemos ciertas ideas sobre lo que es un precio justo. Estas ideas a veces chocan con la realidad de la economía de mercado. Los compradores del Kindle sienten que tienen derecho a un precio más bajo que el libro impreso debido a que el coste de producción del libro electrónico es inferior. Tenemos todavía la idea ingenua de que el precio debería estar correlacionado con el coste de producción. Pero en una economía de mercado, el precio es lo que el mercado esté dispuesto a pagar (los costes de producción influyen, pero no son el factor determinante). La editorial Hachette astutamente (aunque de forma un tanto brutal) ignora esta expectativa de justicia. Su apuesta es que la versión electrónica venderá más pese a su precio superior (engordando así un margen de beneficio más grande que el obtenido al vender una versión impresa en papel).

Lección 4: el episodio es una confirmación indirecta de la tesis del “Gran estancamiento” de Tyler Cowen. La innovación tecnológica en nuestra época solo está beneficiando a pequeños grupúsculos (como sugiere Cowen). Lo que atrae a los ciberadictos al Kindle no es tanto el precio inferior sino su conveniencia y su estilo (“dime cómo lees y te diré quién eres”). Quizás algunos cultores del ebook no se sientan parte de una élite, pero lo son. Y la editorial lo sabe. Y sabe además que su demanda es menos sensible a los precios y, por ende, menos elástica. Así que, bum, te cobro más por tener un Kindle.

Mi conclusión: la decisión de Hachette es racional, pero adolece de un grave defecto. Provoca la ira de una parte del público que, por la razón que sea, espera que sus electrones sean más baratos que sus virutas de madera. Obsérvese que esta parte del público es irracional a la luz de la teoría económica neoclásica. Pero esa teoría no incluye factores como nuestras ideas sobre la justicia, que pueden ser irracionales o no, pero también influyen en nuestras decisiones económicas.

¿La solución cínica? La solución de un Voltaire editorial sería aumentar el precio de la versión impresa hasta un nivel superior a su homóloga electrónica. Esto mata dos pájaros de un tiro: respeta las creencias inconscientes sobre la justicia y permite que la empresa se embolsille su beneficio sin provocar un torbellino de reseñas negativas.

Lo verdaderamente curioso es que Ariely no perciba este detalle. Al fin y al cabo, se ha vuelto famoso explorando las conductas irracionales del sujeto supuestamente racional y calculador de la economía neoclásica. (Por cierto, sus libros se tradujeron al español bajo los sugestivos títulos de Las trampas del deseo y Las ventajas del deseo, que deben haber inducido a más de uno a creer que son novelas eróticas). En este caso específico, me parece que Ariely está pensando demasiado con la cabeza de economista y muy poco con la el instinto del psicólogo social.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com