Anoche asistí a la primera película del ciclo de cine organizado por Asetrad sobre traducción en cine. Se trata del documental La mujer de los cinco elefantes, un retrato mitad lírico y mitad informativo sobre Svetlana Geier, una traductora ucraniana que pasó a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y dedicó su vida a traducir los clásicos rusos al idioma de su partia adoptada. Los cinco elefantes son las cinco obras maestras de Dostoyevsky, cuya traducción al alemán ocupó los últimos veinte años de la vida de Geier. Vale la pena ver la cinta, porque la traductora es visualmente interesante. Lo que atrajo al director probablemente fue la complejidad de su proceso de trabajo. Primero Geier se sumergía en el texto de una forma total. Posteriormente dictaba su traducción a una mecanógrafa. Finalmente, discutía cada línea del manuscrito con un músico que lee a la traductora la primera versión. Las escenas más divertidas para un traductor son las interacciones entre el músico y Geier. Cada coma, cada preposición, cada artículo es sometido a un minuciosísimo análisis. Es el mismo proceso mental que un traductor vive todos los días. Pero cuando esa conversación (que, admitámoslo, es un poco demente) es llevada a la realidad entre dos personas distintas (y no esas vocecillas interiores que nos habitan) el resultado es genial.
La pregunta que plantea la tarea elefantina de traducir cinco mamotretos dostoievskianos es ¿por qué? ¿Cuál es la compulsión que la lleva a dedicar los últimos años de una vida ya bastante fructífera a una tarea que habría hecho palidecer a personas con la mitad de su edad? En cierto momento, Geier mira hacia la cámara y nos dice que lo hace porque las traducciones acercan a los pueblos e impiden que se maten entre sí. Y uno puede decir “ay, qué bonito” y pasar de largo, pero a mí no me satisface para nada esa respuesta. Porque la historia de Geier que subyace a la película es toda la tragedia europea del siglo veinte.
Seamos un poco brutales y reduzcamos al absurdo la idea de que la traducción acerca a los pueblos e impide que se maten entre sí. Imaginemos a un Zelig que se roba un bombardero y se dedica en septiembre de 1939 a lanzar millones de ejemplares de Dickens en alemán sobre Alemania y millones de ejemplares de Thomas Mann en inglés sobre Inglaterra. Imaginemos que varios centenares de miles de esos ejemplares fueran leídos. ¿Es realmente creíble que eso habría impedido el estallido de la Segunda Guerra Mundial? Obviamente no. Pero, claro, a eso no es a lo que se refiere Geier. La idea es que al leer la literatura traducida de otro pueblo reconocemos su humanidad y eso dificulta la deshumanización previa a matanzas como la de Stalingrado. Pero si eso fuera medianamente cierto, ¿cómo explicas las guerras civiles? Es una perogrullada decir que las guerras más crueles son las civiles.
La idea de que las barreras lingüísticas son las que ocasionan los conflictos internacionales está tan profundamente enraizada en nuestra psique que exige un esfuerzo importante desembarazarse de este pesado fardo mental. Uno de mis comediantes favoritos se llama Doug Stanhope. Todo su humor gira alrededor del desengaño radical y la desesperanza. Sus temas predilectos son el alcohol, las drogas y el cigarrillo, pero no desde el punto de vista del sibarita epicúreo que goza de los sentidos. No, Stanhope habla desde el punto de vista del adicto que sabe que sus gustillos a la larga lo matarán. En todos sus álbumes hace una apología del aborto y lanza baldes de desprecio sobre las personas que tienen bebés. Lo traigo a colación porque Stanhope es un libertario de izquierdas y uno de sus temas preferidos es el desprecio hacia el nacionalismo. En una entrevista reciente afirmó que gran parte de los problemas políticos entre países se deben a que no hay un lenguaje universal. Lo cual me deja perplejo. ¡El apologista del aborto cree que la barrera del idioma es lo que nos impide entrar a la Utopía! ¡El maestro del pesimismo moderno cree que un lenguaje universal traerá la paz universal! Es el equivalente a descubrir que tu médico de cabecera cree en hadas madrinas o que tu contador cree en los Reyes. Y aquí voy a hacer una observación estilo Stanhope: ¿por qué nadie se pasea por la posibilidad de que un lenguaje universal ocasione más guerras? Imagínate solo por un momento que podemos leer por Internet y (peor) comprender todas las cosas estúpidas y racistas que las personas de un país dicen sobre las personas de otros países. En mi humidle opinión, la probabilidad de una guerra nuclear aumentaría exponencialmente.
La ilusión del traductor como héroe que une a los pueblos entre sí nace de esta ingenua creencia que Babel es el origen de muchos de nuestros males. Y cada vez que se discute sobre la traducción automática siempre sale a luz esa idea romántica de que la caída de las barreras lingüísticas traerá una Edad de Oro. Creo que se trata de una estructura mítica que está dentro de nosotros y que estimula regiones muy primitivas de nuestra mente reptiliana, esa parte donde se alojan nuestras añoranzas sobre el mundo edénico, prelapsario, prebabélico… No creo mucho en el psicoanálisis, pero estoy totalmente convencido de que los arquetipos de los que hablaba Jung son totalmente reales y que algún día, quizás en un futuro muy lejano, algún científico descubrirá algún ácido en nuestros cerebros que corresponderá a las estructuras básicas de nuestros relatos míticos.
Ya sé que es poco romántico, pero la esperanza de que el regreso al mundo unilingüe previo a Babel desencadenará una utopía de felicidad y unión humana me parece pueril. Pero, claro, las ilusiones son ilusiones. Recuerdo haber leído a George Steiner hacerse eco del asombro de que hombres educados con Goethe y Schiller y Beethoven organizaron la barbarie de los campamentos de exterminio. No comparto ese asombro. Me identifico más con Max von Sydow en Hannah y sus hermanas cuando exclama “ayer vi a una grupo de gilipollas por televisión preguntándose cómo pudo suceder el Holocausto, pero para mí lo increíble es que no suceda más a menudo”. Y allí está el punto. Sin necesidad de traducciones, el acervo humanístico de cada uno de los países europeos que se destruyeron a sí mismos a mediados del siglo veinte debió haber impedido semejante matanza. Yendo más lejos, no me cabe ninguna duda de que la mayoría de los oficiales alemanes de la Wehrmacht conocían bastante bien a Shakespare y que, mutatis mutandi, muchos soldados ingleses tendrían bastante familiaridad con algún autor alemán. Pero a la hora de verdad, la literatura y su prima la traducción no lograron salvar la vida de nadie. Comprendo que la idea resulte atractiva para una chiquilla ucraniana de 14 años que se aísla en una biblioteca justo cuando su padre murió y el mundo estaba a punto de hundirse en una orgía de degeneración y homicidio. Pero nosotros no tenemos esa excusa.
En todo caso, sospecho que Geier no hacía su trabajo para ayudar a que los rusos y los alemanes se comprendieran mejor entre sí. Hacía su trabajo porque a los 14 años se perdió de un laberinto de palabras y 65 años después aún no había logrado encontrar la salida. Y en eso creo que hay cierto triunfo y cierto heroísmo y cierta dignidad que el propio Dostoyevsky habría apreciado más que cualquier dudoso apostolado intercultural.
Acerca de Miguel Llorens
Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

