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¡Hombre, un traductor!


(La siguiente pieza fue escrita por los blogueros invitados Ruth Gámez y Fernando Cuñado de http://www.traduccionjuridica.es.)

Esta exclamación es algo que escuchamos a menudo cuando visitamos clientes y potenciales compradores de nuestros servicios. Sí, somos traductores y visitamos clientes.

Hace algunas semanas participamos en un interesante intercambio de opiniones sobre el tema del marketing de los servicios de traducción. Tal cosa sucedió en Twitter donde, hay que reconocerlo, últimamente suceden algunas de las cosas más interesantes, y en él participaron varios colegas. Fruto de este debate, el autor de este blog (@miguelllorens) nos invitó a compartir nuestra experiencia con sus lectores, lo que le agradecemos humilde y sinceramente.

Circulan hoy un sinfín opiniones acerca de la eficacia de las redes sociales como instrumentos de marketing y captación de clientes. Algunos gurús de las nuevas tecnologías aseguran que es posible captar innumerables clientes y hacer crecer nuestro negocio usando exclusivamente, o de forma primordial, estos medios. Otros profesionales (entre los que nos encontramos) defienden que la labor de captación de clientes es mucho más eficaz usando métodos tradicionales. No estamos en contra de las redes sociales ni somos traductores del tipo San Jerónimo, del que hablaba hace poco nuestra amiga Isabel (@igcutillas). Pensamos que las redes sociales sirven para muchas cosas: informarnos, aprender, compartir conocimientos, conocer colegas y darnos a conocer. Pero no creemos que sean, ni mucho menos, los mejores instrumentos para que un traductor autónomo capte nuevos clientes y haga crecer su negocio. Al menos nosotros no lo hemos conseguido hasta la fecha. Y no será por no intentarlo. Será por falta de pericia, será por falta de conocimientos o por no haberlo hecho adecuadamente. Tal vez. Pero, también es cierto que nueve de cada diez traductores entrevistados reconocen haber captado uno o ningún cliente después de años posteando blogs magníficos y teniendo una gran corte de seguidores en Twitter. Parece que no estamos solos en nuestra impericia.

Cómo lo hacemos nosotros, entonces. Pues bien, no pretendemos descubrir nada nuevo en este artículo ni inventar la rueda. Lo único que hacemos es lo siguiente: (i) seleccionamos clientes que sean potenciales compradores de nuestros servicios; (ii) tratamos de identificar a la persona encargada de contratar las traducciones en dicho cliente (para esto LinkedIn puede ser útil); (iii) llamamos por teléfono a la empresa o buscamos algún contacto que nos haga llegar hasta esa persona para tratar de concertar una entrevista; (iv) nos ponemos el traje y vamos a visitarles. Cuando los pasos (ii) y (iii) son muy complicados, y a menudo lo son, nos los saltamos y pasamos directamente al (iv).

Es verdad que existen otras fórmulas: contacto telefónico, referencias de otros colegas, pruebas de traducción. Válidas, sobretodo, para trabajar con agencias de traducción (ver entradas recientes en los blogs de @pabletepucela o @Martine_FC). Debemos aclarar aquí que nosotros trabajamos, casi exclusivamente, con clientes directos.

Las razones por las que utilizamos este método para hacer crecer nuestro negocio son dos. La primera es porque a nosotros nos funciona. Sí, es cierto, no es muy científico, lo reconocemos. Pero también es cierto que de cada diez visitas presenciales que hacemos solemos conseguir entre uno y dos nuevos clientes. Un ratio de conversión del 10 % o el 20 % en una acción de marketing es un ratio muy alto, pero hay que tener en cuenta que son acciones muy enfocadas que conllevan un arduo trabajo previo y posterior. ¿Cuántos tuiteos, comentarios en facebook o contactos en LinkedIn hacen falta para obtener este ratio? Lo más probable es que nadie lo sepa.

La segunda razón es porque pensamos que la relación traductor-cliente es una relación comercial basada, primordialmente, en la confianza. No en el precio, como algunos creen. Años de experiencia nos han llevado a la conclusión de que las empresas que contratan asiduamente traducciones necesitan confiar en su proveedor. Los servicios del traductor son muy valiosos y, en ocasiones, muy críticos para el negocio de nuestros clientes. Aunque lo primero que nos pidan siempre sea el mejor precio (lo que tiene mucho sentido cuando no nos conocen), nosotros sabemos, y ellos saben, que lo que necesitan es poder confiar a ojos cerrados en su proveedor de traducciones. Esta confianza es difícil de generar por correo electrónico. Una visita personal de contacto ayuda a ponernos cara y facilita iniciar una relación comercial. Un trabajo impecable posterior ayuda a cimentar la confianza de nuestro cliente. Y una visita ocasional cuando ya llevamos tiempo trabajando juntos sirve para crear una relación personal de confianza y beneficio mutuo.

Así trabajamos con casi todos nuestros clientes. No es que sea la forma más fácil de hacerlo, pero creemos que es la mejor y la más rentable a largo plazo. Esta estrategia conlleva invertir tiempo, dinero y esfuerzo. Pero, gracias a ella hemos ido creando, poco a poco, una cartera de clientes que confía en nosotros y que, en la mayoría de los casos, no nos pregunta el precio de la traducción antes de encargarla.

Puede que dentro de algún tiempo seamos capaces de conseguir el mismo nivel de eficacia usando las redes sociales ¡Quién sabe! Entre tanto, tendremos que seguir leyendo a @edans y continuar aprendiendo de los expertos. Se admiten todo tipo de sugerencias.

Ruth Gámez y Fernando Cuñado son traductores autónomos y licenciados en Derecho. Se dedican a la traducción jurídica de inglés y francés. Puedes contactar con ellos a través de su página web (http://www.traduccionjuridica.es) o seguir su cuenta en Twitter (@traduccionjurid).

Reflexiones sueltas sobre lucha intergeneracional y traducción


Madrid es prácticamente la única ciudad del mundo donde sales de noche y te encuentras con personas de todas las edades. Caminando por la Plaza Santa Ana un viernes en la noche, escuché a una señora sexagenaria decirle a una amiga: «Es que yo no puedo aguantar una semana sin salir». En el resto del mundo, tener 30 años es ser demasiado viejo para disfrutar de la vida nocturna.

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¿Dije que en Madrid salen todas las edades? Cuando te fijas con más cuidado, observas que la gente joven que sale de noche por Madrid está integrada principalmente por turistas jóvenes de otros países disfrutando de experimentos químicos, alcohólicos y sexuales. Los jóvenes españoles son menos omnipresentes. Uno de los pocos que he visto estaba sentado en esa plaza que baja por la calle Hortaleza desde el punto donde Sagasta y Génova se encuentran. Tenía un recipiente de dos litros de Coca-Cola y una botella de licor cubierta con una bolsa de papel. Obviamente, estaba esperando a sus amigos para armar el botellón. En sus ojos había rabia pura. Creo que pensó que mi mirada era de desaprobación o que yo era un policía, pero era mera curiosidad antropológica.

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¿Qué tan cabreado estaría yo si tuviera veinte años y estudiara traducción e interpretación? No sé. Pero sospecho que bastante.

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Un profesor inglés que trabaja en una universidad de Barcelona les dice a sus alumnos que todos terminarán siendo poseditores, les guste o no. La pequeñez liliputiense de este enfoque sobre el mercado laboral me haría arrancarme los ojos.

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Una dueña de una agencia del Medio Oeste norteamericano dicta clases en una universidad local y machaca continuamente a sus estudiantes que no pueden aspirar a ganar demasiado dinero. Recalca que trabajar con clientes directos es difícil. Añade que cuando ella descubre que un cliente potencial trabaja con un autónomo, ella le pide al cliente que le envíe muestras de las traducciones, las analiza y le devuelve versiones corregidas donde indica los «errores» del autónomo. Yo opino que en el mundo de la traducción, donde el sobrecorrector tuerto es el rey, no es difícil condenar como errores cuestiones que son de criterio individual o estilístico. En lugar de enseñar a estudiantes cómo aplicar estrategias para aumentar su ingreso, su prédica es: «No esperen demasiado, que la cosa está color de hormiga». Yo respondí haciendo comentarios irónicos sobre su abuso de una figura en inglés  llamada «comma splice». El comentario se quedó sin publicar. Otros traductores criticaron el tono general de la pieza. Igual suerte corrieron sus comentarios. Otros fueron editados cuidadosamente.

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Llego a los cuarenta años y compruebo con sorpresa de que me alegro de no tener veinte. Todo es más fácil para la gente mayor. Conseguir trabajo. Conseguir hipoteca. Trabajo menos que alguien más joven y gano más. Y un largo etcétera. En el Reino Unido, un parlamentario conservador escribió un libro donde especula que la lucha de clases ha sido reemplazada por la lucha intergeneracional. Las generaciones nacidas entre 1940 y 1980 disfrutaron de la larga bonanza económica de la posguerra y a la gente joven ahora le toca lidiar con la ruptura de las sucesivas burbujas provocadas por medio siglo de consumo desenfrenado. El capital ahora está en manos de la gente mayor y la gente joven solo posee su mano de obra, que está sometida al duro racionamiento forzado por la escasez de empleo.

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Dentro de ese esquema, los sesentones son la burguesía, los cuarentones somos la clase media y los veinteañeros el proletariado oprimido en ebullición. Si efectivamente la juventud es la vanguardia de la revolución, no es precisamente sabio invitar a los jóvenes a que se atiborren de tarta, a la María Antonieta.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

 

Las aventuras de «Varilla caliente»: ficción erótica traducida por ordenador


 
                                                  «Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa 
                                            de disección, de una máquina de coser y un paraguas»
 

Ray Kurzweil dice que cada vez está más cerca el momento en que tendremos máquinas inteligentes. Cabe la pregunta de si también tendrán una imaginación sexual. Y desde allí solo hay un paso a rumiar sobre cuáles serán sus preferencias. No tengo una respuesta sencilla a esta pregunta, pero gracias a un experimento poco divulgado en el área de la traducción automática, ya contamos con un atisbo de la Edad de las Máquinas Inteligentes y (Tal Vez) Copulantes.

El relato es uno de los Kindle Singles disponibles en Amazon. Según los gurús de la industria de la localización, las crecientes montañas de contenido de baja calidad exigen legiones de poseditores y millones de motores de traducción de baja calidad. Pues bien, ya hay pioneros que se han adelantado al valiente mundo nuevo de las traducciones literarias hechas por ordenadores para otros ordenadores seres humanos que no exigen demasiadas florituras estilísticas en su ficción.

El título es Varilla caliente. El original se intitula Hot Rod, lo que brinda un ejemplo interesante de la forma en que un ordenador maneja la polisemia. El objeto del deseo de la protagonista se llama Rodney, o Rod, así que hay tres significados posibles: el automovilístico; la referencia al atractivo sexual del protagonista; y la insinuación fálica. El ordenador, ni corto ni perezoso, apuesta sin ninguna clase de pudor por el crudo significado sexual. Lo que pinta bien para el sexo masculino: el futuro sexual humano-maquinístico no tiende demasiado a la indirecta seductiva, sino que va directo al grano, como todo un macho impaciente.

Leah es una mujer divorciada que se muda de regreso a su pueblo natal a vivir en la casa de sus padres difuntos. Pese a que su matrimonio no duró, la joven alberga buenos recuerdos del sexo con su ex:

Relaciones sexuales con su esposo, Esteban, había sido salvajemente apasionado. Lo habían hecho en todas las habitaciones de la casa y en todo momento del día.

De hecho, Esteban era tan buen amante que su ex esposa, cuya memoria quizás queda nublada por el placer, tiene problemas a la hora de recordar su nombre. En la siguiente oración, este Valentino sufre una abrupta metamorfosis, como si fuera una partícula cuya posición y movimiento fuera imposible de determinar simultáneamente con exactitud:

Steven había sido tan apasionado en su hacer el amor como él estaba haciendo negocios.

Perdida en sus reminiscencias apasionadas, la sintaxis de Leah comienza a resquebrajarse:

Él era un animal, y era que prima, sexo sexual, los animales que Leah se perdió.

¿Alguna perversión escandalosa? ¿Un guiño intertextual a Molly Bloom? Eh, sí… quizás… ¿quién sabe?

Avanza la trama. Resulta que el carpintero que Leah contrata para hacer reformas en la casa de sus padres es un antiguo compañero del instituto, la “varilla caliente” que brinda su nombre a esta excursión literaria. Rodney es un hombre sencillo, de clase obrera, pero con cualidades que pronto lo empujarán al primer plano de las predilecciones sentimentales de Leah (el libro tiene 17 páginas y solo dos personajes, de modo que el suspenso no es precisamente el punto fuerte):

Rodney no era sexy o guapo en una especie de manera glamorosa. recurso de Rodney vino de su personalidad más que nada.

A medida que tiene más contacto social con su ex compañero de clases, Leah comienza a notar más y más encantos físicos:

Era un buen tipo, muy humilde, y tuvo el más lindo culo que Leah se había visto en su vida, o uno de los más lindos, y ella no le hubiera importado apretando de vez en cuando.

Sigamos. El relato es corto: Leah invita a Rodney a un baile o Rodney invita a Leah (no es fácil comprender) al «club de país». Creo que Rodney baila bien, aunque la sintaxis y la ortografía del ordenador dificultan un poco la interpretación del texto:

Pero Rodney, oh mi Dios, ¿era un bailarín. Si era tan bueno en la cama cuando estaba en la pista de baile, Leah se han encontrado al hombre perfecto.

A partir de este momento, la lectura se vuelve cada vez más difícil, bien sea por el carácter experimental del autor o por la falta de pericia sexual del traductor. También es posible que el vino ingerido por los protagonistas esté interfiriendo con la inteligibilidad de la conversación y que estemos ante un ejemplo de flujo de conciencia:

“¿Más vino?”, Preguntó. –Claro-dijo, después de ella a la cocina. Se sirvió el vino. “Hacer un brindis”, dijo. Rodney estaba pensando en ello. “He aquí a un chico y una chica que se codeaban todos los días durante seis años, y no se matan unos a otros.” “Muy buena,” dijo Leah.

Y en este punto Rodney se despeña por una serie de reminiscencias completamente incomprensibles sobre una especie de régimen de trabajo forzoso (y ligeramente perturbador) en el instituto donde estudiaron juntos:

“Piense en ello, Leah. Éramos niños, probablemente los doce años, y nuestros cuerpos se vieron obligados, literalmente, unos contra otros, porque había muchos de nosotros y nuestros armarios estaban uno junto al otro, hasta el día que nos graduamos. Esos son años difíciles. Nunca lucharon por la sala de codo.

¿Qué horrores sucederían en esta misteriosa sala de codo? Pasemos por alto los extraños rituales de apareamiento en el Medio Oeste norteamericano. Porque ahora viene lo bueno. Comienza la acción. Varilla y Leah/Lea/Lía se traban en ardiente combate. Pero, de forma casi sistemática, el glosario empleado por el programa de traducción frustra cualquier titilación potencial. Es como si el relato hubiese sido censurado por un inquisidor puritano pero con sentido del humor un poco juguetón:

Ella se moría por tener uno de esos duros de diapositivas de trabajo gruesos dedos dentro de ella.

O mi favorita:

Ella se agachó y se indica la construcción a través de sus pantalones.

Una de las exigencias de la ficción erótica escrita para mujeres es que el sexo no puede ser simplemente sexo. Pese a su brutal literalismo, nuestro ordenador respeta estas convenciones. El placer es tan intenso que logra distraer a Leah de sus cavilaciones científicas:

Cuerpo de Leah estaba más que listo para el sexo, pero Leah estaba sorprendido por sus sentimientos que fueron mucho más allá de la física hoy.

Extraña chica, esta Leah. Una vez que Rodney logra que la mujer deje de pensar en Heisenberg y Marie Curie (¿una táctica para demorar el orgasmo, quizás, como Woody Allen pensando en el béisbol?), el clímax se acerca. En su apogeo, el sexo entre Rodney y Leah suena como una versión al español —no totalmente desprovista de mérito literario— de un poema erótico de e.e. cummings:

Se inclinó hacia delante y empezó a coger él, realmente lo mierda, duro y rápido, gimiendo libremente y en voz alta como su intensificación del placer.

En fin, me alegra reportar que los dos protagonistas culminaron exitosamente su encuentro y que el mismo fue mutuamente satisfactorio, tanto en lo físico y lo científico como en lo emocional.

¿Se trata de una ligada de una sola noche o el comienzo de una hermosa amistad (o algo más)? Como preguntaban las Shirelles en su exquisita versión de las letras de Carole King: «Will you still love me tomorrow?»

En el mundo algorítmico de la traducción automática, las verdades no son concluyentes sino estadísticas. Las relaciones no son estables sino probabilísticas. Somos solo átomos flotando en el vacío cuántico que forman aleaciones fugaces con otros átomos. Sin embargo, el futuro pinta bien para Leah y su Varilla Caliente:

Ella cubierto de Rodney brazos por encima de su cuerpo, y se quedó dormido en los brazos de Rodney Lawton.

Que, parafraseando, significa: «Y fueron felices y comiendo faisanes». O, como sugiere Google Translate: «They were happily ever after».

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.


«Breaking Bad» y «Casa de mi padre»: ¿el español conquista Estados Unidos?


Una de las cosas que más me divierte de la cruzada contra el anglicismo en el mundo hispanohablante es su contrapartida —igual de histérica— en Estados Unidos: la lucha contra la creciente influencia del español debido a las oleadas de inmigración tanto legal como ilegal desde el sur del río Grande. La semana pasada, el candidato presidencial republicano Rick Santorum, al ser interrogado sobre la posible incorporación de Puerto Rico como estado, expresó su apoyo, aunque con la salvedad de que se respete la ley federal y adopte el inglés como lengua oficial. Nadie ha acusado a Santorum de ser un intelectual, mucho menos de ser un experto constitucionalista. Pero una de las cosas más simpáticas de Estados Unidos es que no tiene idioma oficial. A los padres de la patria norteamericana —viviendo en la feliz etapa previa al romanticismo y el nacionalismo— ni siquiera se les pasó por la cabeza la necesidad de indicar en su Constitución que el idioma inglés tendría que ser la lengua oficial del gobierno que estaban fundando. Pese a lo candente que siempre es el tema de la identidad cultural, el movimiento de consagrar oficialmente el anglosajón moderno como idioma legal no ha hecho demasiados avances.

¿Hasta dónde llega el grado de influencia del español en la patria de Noah Webster? Creo que la evidencia es mixta. Tomemos dos ejemplos, uno de la televisión y otro del cine.

El primero es el empleo de larguísimas escenas en español pero sin ninguna clase de subtítulo al principio de varios capítulos de la serie Breaking Bad. He visto dos o tres comentarios sugiriendo que la ausencia de subtítulos se debe al creciente bilingüismo de Estados Unidos. Pero esto es una forma errónea de interpretar estas escenas.

Breaking Bad se ha caracterizado desde el principio por la presentación al principio de cada capítulo de una imagen incomprensible, a menudo surrealista, que carece de cualquier contexto. Esta imagen se olvida inmediatamente y luego surge de nuevo, de forma inesperada, en el momento más álgido del capítulo. La técnica me recuerda bastante los comienzos de Dos metros bajo tierra, que comenzaba siempre con la muerte de la persona que sería velada durante ese capítulo en las pompas fúnebres de los hermanos Fisher. Aunque tangencialmente relacionada con el resto del capítulo, lo importante es que esta escena funcionaba como una forma a la vez brutal de recordarnos nuestra mortalidad (el tema de la serie) y un modo impactante de comenzar cada episodio.

Breaking Bad lleva esta misma técnica un paso más allá y la elabora de forma mucho más audaz. Un capítulo, por ejemplo, comienza con una imagen de un conejo de peluche con un ojo faltante que flota en una piscina. Esta imagen se queda en el aire hasta que, 40 minutos más tarde, el espectador comprende que el peluche es parte de los restos macabros de una colisión entre dos aviones.

Las largas escenas en español son realmente herramientas dramáticas para provocar este mismo efecto del extrañamiento. Se trata de quebrar las convenciones realistas para crear un tipo de experiencia estética más compleja, de segundo nivel, «meta» y posmoderna. Breaking Bad experimenta más con los límites de la ficción que la mayor parte de la televisión que jamás se haya hecho. Por eso creo que esas escenas no tienen nada que ver con la creciente influencia del español. Igual podrían haberse filmado en silencio o en sueco. La apuesta de los realizadores es lograr seguir contando una historia a un público angloparlante incluso aunque se supriman elementos tan esenciales como el diálogo.

Pasemos a otro caso. Esta semana se estrenó una comedia llamada Casa de mi padre, protagonizada por Will Ferrell. Tengo entendido que se trata de una parodia del género de la telenovela y está hablada principalmente en español (esta vez con subtítulos). Hablando en el Daily Show, Ferrell contó que no aprendió español sino que simplemente recitó el guion fonéticamente (cosa evidente para cualquier hispanohablante). Ferrrell también se presentó en el programa de Jimmy Kimmel, donde mantuvo una larga entrevista en español puramente fonético y subtítulos en inglés con el anfitrión. (Juzguen ustedes si la entrevista da una idea sobre la calidad de la película. A mí, personalmente, Will Ferrell nunca me ha hecho reír, a pesar de que soy devoto de Saturday Night Live desde que tenía diez años. Pertenece más a la tradición del clown que al del comediante stand-up.)

Sin embargo, más que evidencia de la potencia del español, creo que indica la fuerza de la cultura latina. Lo primero que uno tiene que preguntarse es cómo un público angloparlante que no ve telenovelas latinoamericanas en ningún idioma va a reírse con una parodia de este género. La respuesta es que muchos norteamericanos han visto telenovelas en español igual que muchos de nosotros, mientras surfeamos los canales de cable. Y aunque yo no he visto muchas, conozco sus convenciones. Pero si la película triunfa (y hay pocos motivos para esperar que sea un éxito, porque las críticas son uniformemente negativas), es porque incluso el angloparlante monolingüe comprende la gestualidad exagerada y las técnicas granguiñolescas de la telenovela sudamericana: entiende que la pareja se está peleando; entiende que el villano es villano porque la música tenebrosa se lo indica; comprende que la madre y la hija están compartiendo un momento de nostalgia porque el violín se lo dice de forma nada sutil.

Más que bilingüe o plurilingüe, mi impresión es que Estados Unidos se está volviendo un país pluricultural, con una mayoría firmemente angloparlante y monolingüe que sin embargo está conectada, o al menos yuxtapuesta, con muchas culturas procedentes del resto del mundo.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.