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«Moneyball», la película, y una reflexión sobre la estadística


Finalmente logré ver la versión filmada de Moneyball, el libro de Michael Lewis que reseñé hace unos meses. Obviamente, por tratarse del béisbol, no despertará demasiado interés en España. Además, es una película curiosa porque el deporte tampoco es el tema central. El verdadero protagonista es la estadística (sí, ya sé, ¿que podría ser más sexy?). Un economista graduado en Yale le vende al Billy Beane interpretado por Brad Pitt las teorías revolucionarias del Bill James. Una entrevista en el Financial Times con Beane y Lewis y una pieza del economista Tyler Cowen hace unas semanas hicieron explícito el vínculo entre diversas formas de análisis algorítmico aplicado a terrenos nuevos que ha provocado revoluciones en diferentes sectores de la economía.

El ejemplo que se les vendrá a la mente a todos es Google y sus algoritmos de búsqueda. Pero las aplicaciones de la estadística están por doquier. Uno de ellos es la traducción automática estadística, o SMT. La potencia de computación es aplicada a masas inmensas de oraciones en diferentes idiomas para extraer traducciones novedosas basadas en adivinanzas probabilísticas.

Pero esos ejemplos apenas rozan la superficie de las formas en que la estadística está transformando nuestro mundo a paso acelerado. Otra aplicación es la compra y venta de valores por parte de ordenadores. Otra es la forma en que los ordenadores de Facebook deciden la frecuencia con la que uno ve las actualizaciones de tal o cual amigo.

Algunos algoritmos son muy útiles, otros me parecen irritantes hasta más no poder. En lugar de permitirme modificar mis preferencias de búsqueda en Google News, los chicos de Mountain View deciden de forma paternalista cuáles son las configuraciones que me convienen más. Y otras fómulas son pura y simplemente desastrosas. Mientras escribo esto, se ha producido otro flash crash (crack instantáneo) producido por algoritmos que compran y venden acciones en milisegundos. Las acciones de Apple se desplomaron más de un 10% en Bolsa y se acaba de suspender la compra y venta de una empresa llamada BATS, un bróker especializado en el high-frequency trading (operaciones bursátiles a alta velocidad basadas en algoritmos computarizados). La OPI de esta empresa comenzó a 16 dólares canadienses y en menos de un día habían bajado a cuatro céntimos.

Volviendo a Moneyball, las películas sobre el deporte siguen una estructura bastante uniforme: el protagonista pierde, pierde y pierde; hace un cambio en su vida (romántico, financiero, táctico); luego comienza a ganar, gana un poco más y luego, en el juego del campeonato, se tropieza y está a punto de perder, pero en el último minuto logra sacar un jonrón/anotar el gol decisivo/encestar con un lanzamiento de tres puntos. Moneyball hace un saludo a esta bandera, pero regresa con la misma velocidad a centrarse en la verdadera historia, la apuesta de Billy Beane, director gerente de los Athletics de Oakland, por una teoría sobre la ineficiencia de los mercados.

El tema recurrente son los choques de Beane con la sabiduría convencional del resto de la organización de Oakland, es decir, el entrenador y los cazatalentos que le dicen una y otra vez que las fórmulas de los ordenadores ignoran ciertas cosas que solo los conocedores saben. Beane y su economista graduado en Yale consideran que estas preconcepciones son el equivalente a las ideas medievales sobre la generación espontánea y apuestan sus carreras a las nuevas ideas. Al final, por supuesto, el chico de la película gana, aunque solo parcialmente: los Athletics pasan de ser el peor equipo de su división a llegar a la postemporada, pero caen vencidos en los play-offs antes de alcanzar la soñada Serie Mundial. A Beane le ofrecen encargarse de los Medias Rojas de Boston, pero rechaza la jugosa oferta del rey de los hedge funds, John W. Henry (otro que hizo una fortuna aplicando algoritmos a los mercados ineficientes), para quedarse en Oakland.

La película me planteó una pregunta: ¿hay una analogía entre las tribulaciones de Beane (su enfrentamiento con los “expertos” trogloditas) y la traducción automática? A primera vista, la respuesta es no. Los programas de software del economista de Yale son claramente mejores que los cazatalentos a la hora de identificar cuáles son los mejores jugadores (o al menos los mejores jugadores cuyo precio ha sido mal fijado por un mercado ineficiente). En contraste, el producto del algoritmo de la TA es claramente inferior al producto de los peores traductores humanos. De modo que la analogía no funciona en ese nivel.

Donde sí podría funcionar la analogía «Beane-Galileo vs. cazatalentos-tomistas medievales» es al nivel de la visión general del mercado de la traducción. Si, efectivamente, la sociedad mundial se acostumbra a consumir traducciones de muy baja calidad, entonces los adalides de la TA habrían identificado una ineficiencia. Al generar cada vez más beneficios y expandir su participación de mercado, su visión terminaría por imponerse. Pero esto no depende de ningún modo de los cálculos de un ordenador. Representa una apuesta muy ambiciosa (y arriesgada) sobre la evolución de la economía mundial y, aun más, de la cultura mundial, un ámbito incluso más difícil de pronosticar. Quizás ese sea el futuro y yo sea el equivalente intelectual del cardenal fanatizado que acosaba a Galileo. No lo descarto. ¿Quién sabe? Dejo la puerta abierta a cualquier cosa porque el presente que vivimos hoy día era imposible de pronosticar hace veinticinco años.

Dejo la puerta abierta a la posibilidad, pero también expreso libremente mi escepticismo sobre la probabilidad de este escenario. Hay una diferencia clave: yo en ningún caso hago predicciones sobre el futuro. Solo sé que será diferente e inesperado. Hay que mantenerse atentos a las formas en que cambia el mundo. Pero también hay que precaverse contra las apuestas estúpidas.

Cuenta Nassim Nicholas Taleb de Casanova que este siempre se estaba congratulando sobre su maravillosa suerte: al final de su vida, en sus memorias, el amante del siglo se asombraba de la cantidad de aprietos imposibles en que se había metido y del hecho de que siempre se había salido con la suya. Pero Casanova es un ejemplo clásico del sesgo de la supervivencia: el problema es que ninguno de los centenares de Casanovas de pacotilla que fueron asesinados por cornudos iracundos alcanzó a escribir sus memorias. El gurú de los negocios que se inclina ante su bola de cristal y ve un futuro plagado por productos de segunda calidad y traducciones de tercera me recuerda más a uno de estos Casanovas fallidos. Y es que, estadísticamente, tiene más probabilidades de darse de bruces con una realidad distinta a la que espera que lo contrario.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Una póliza de seguro contra el fin del mundo


It’s the end of the world as we know it / and I feel fine.

R.E.M., “The End of the World as We Know It”

Estamos al borde del abismo financiero. Igual que en 2008. Y en 2001 después del 11 de septiembre. Y 1998, cuando el default ruso.  Y en 1997, cuando Tailandia anunció una depreciación relámpago de su moneda. Y 1996, cuando el “efecto tequila”. Y en la década de los 80, cada vez que un país latinoamericano estornudaba. Si uno lee los títulos de las memorias de los titanes de las finanzas, creería que esta ha sido la época más inestable desde que Gengis Kan amenazaba con arrasar el mundo civilizado. Robert Rubin, ex consejero delegado de Goldman Sachs y secretario del Tesoro bajo Clinton, denominó su libro In an Uncertain World (“En un mundo incierto”). Su sucesor en Goldman y luego en la secretaría del Tesoro de Bush intituló su libro sobre su época como apagafuegos mundial On the Brink, es decir, “Al borde” (entiéndase: del precipicio). Y no menos alarmista fue el expresidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, cuyas memorias llevan el poco reconfortante título de The Age of Turbulence, o “La edad de la turbulencia”. (No me cuadra mucho la alusión a la novela de Edith Wharton filmada por Scorsese, en la que unos aristócratas neoyorquinos del siglo diecinueve se debaten entre las exigencias de la libido, por un lado, y la posible pérdida de su sitial en la jerarquía social, por otro. A menos que  el punto que une los dos libros sea la fragilidad denunciada por Nassim Nicholas Taleb. Si en el Nueva York de la belle époque un divorcio indiscreto corría el riesgo de destruir el bienestar de decenas  de personas de un solo plumazo, los préstamos mal distribuidos en nuestro siglo corren el riesgo de dar al traste con el estatus social de miles de millones.)

El año pasado, Jamie Dimon, consejero delegado de JP Morgan y actualmente el banquero más poderoso del mundo, bromeó ante un interrogatorio en el Congreso que al preguntarle su hija qué era una crisis financiera, él respondió que se trataba de “algo que sucede cada cinco años”. Me imagino la risa un poco nerviosa y hueca de los legisladores.

Esta semana, apenas completado el enésimo capítulo de la crisis de deuda europea tras la cumbre del jueves, el foco inmediatamente se volvió a posar en Washington, donde los republicanos están tratando de utilizar el plazo de vencimiento del techo de la deuda como palanca para obtener recortes feroces al gasto fiscal. Con poco más de una semana antes de que venza el plazo, las partes siguen irreconciliables, intercambiando insultos indirectos en conferencias de prensa en lugar de propuestas en salas de negociación.

potada The Economist

El reconfortante arte de The Economist

No es poca cosa lo que está en juego. Un impago —por más técnico que sea— por parte de Estados Unidos sería el equivalente a 1.000 accidentes como Fukushima sucediendo el mismo día. Se trata de cosas que ni siquiera merece la pena considerar… hasta el día que hay que considerarlas.

El problema es que  nuestra “edad de la turbulencia” nos ha hecho chocar de bruces cada tres o cuatro años con el fin del mundo. Tanto así que se están abandonando los modelos de mercados eficientes a favor de conceptos como el “tail risk”, que se puede traducir al español como “riesgo de suceso extremo” o “riesgo de evento catastrófico”. En un mundo donde los mercados son eficientes, las crisis extremas son una probabilidad meramente estadística, pero no son frecuentes porque los mercados siempre tienden al equilibrio. Pero no vivimos en un mundo de árboles de chupachup, castillos de caramelo o mercados eficientes, sino uno donde los mercados tienden a extremos peligrosos con más frecuencia de la que quisiéramos.

Ya está empezando a aparecer toda la parafernalia que acompaña a los eventos catastróficos. Los relojes con cuentas regresivas en los canales estadounidenses de finanzas. Entradas de bitácora como esta, donde un reportero de PBS, la televisión pública americana, responde a un lector ansioso que pregunta si hay que abastecerse de efectivo ante el inminente vencimiento del plazo de la deuda pública (la respuesta es negativa, porque los bancos solo estarán en riesgo si el impago técnico se prolonga por semanas o meses).

cuenta regresiva

¡Uyuyuy!

Frente a toda esta tensión gran guiñolesca, compárese la situación en el mercado de deuda del gobierno estadounidense. Reina la placidez más absoluta. Calma chicha. “Se avecina el fin del mundo tal y como lo conocemos / y nosotros nos sentimos perfectamente bien”, parecen corear los inversores en renta fija con R.E.M. Igual que Lenny Bruce en la canción, no tienen miedo. El mercado no solo no ha sentido pánico por el inminente derrumbe sino que estos bonos, que podrían entrar en impago técnico dentro de una semana (!), incluso han subido de precio (!!). Lo que lleva a los economistas neokeynesianos como Paul Krugman a señalar muy satisfechos que no hay necesidad de una contracción fiscal anticíclica para evitar una supuesta crisis en los mercados de renta fija. Según esta perspectiva, la estabilidad de los bonos públicos estadounidenses es prueba de que los mercados están más que felices de prestarle dinero a Washington a pesar de los déficit y la creciente deuda.

Si bien la situación ciertamente no es tan grave como para cavar un refugio antiaéreo y almacenar comida enlatada, un impago técnico sí podría tener consecuencias imprevistas y esto es precisamente lo que mantiene en vilo a los encargados de formular políticas económicas.  Esa fue la amarga lección de Lehman Brothers en 2008. Se suponía que el mercado había tenido varios meses para prepararse para la posibilidad de esta quiebra. Pero la súbita desaparición de Lehman hizo que los poseedores de pólizas antiquiebra suscritas por AIG corrieran a esta aseguradora a exigir indemnizaciones, arrastrándola a su vez a la quiebra. También resultó que los fondos de mercado monetario —que muchos se habían acostumbrado a considerar como casi tan seguros como depósitos bancarios— habían invertido cantidades absurdas en bonos de Lehman. Al anunciar estos fondos que incurrirían en pérdidas, el sistema de banca minorista —que es el que nosotros empleamos en nuestra vida cotidiana— comenzó a tambalearse. Lo crucial es que la semana antes de Lehman, nadie había pensado en estas consecuencias. En nuestro mundo ultracomputarizado y sofisticado, incluso los reguladores, financistas y políticos más poderosos carecen de una imagen clara sobre todas las complicadas interrelaciones entre las instituciones y mercados. O mejor dicho, carecen de esa hoja de ruta hasta el día que todos los dominós comienzan a temblar y el sistema queda al desnudo como un gigantesco castillo de naipes.

Ahora bien, si perdemos el sueño por estos riesgos ignotos (los célebres “desconocidos desconocidos” de Donald Rumsfeld), ¿hay alguna forma de comprar cobertura contra el Apocalipsis? Primero: es poco probable que jamás exista un producto de este tipo al alcance de un inversor particular, por muy acaudalado que se sea. Segundo: cualquier producto que asegure contra el “riesgo de cola” es difícil de diseñar. Cualquier contrato semejante tendría que cuantificar el riesgo y ¿cómo hace uno para cuantificar el riesgo de una crisis financiera extrema?

Como escribe el bloguero Felix Salmon:

Si uno está comprando un seguro, necesita contar con la certeza de que su aseguradora estará en capacidad para pagar la indemnización en la eventualidad de una catástrofe. Pero en los mercados, su aseguradora es precisamente la clase de institución que probablemente entrará en quiebra debido a un evento extremo imprevisto.

Dicho de otro modo, ¿de qué sirve tener una póliza de seguro contra el Armagedón si tu empresa de seguros también sucumbirá?

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

“Too Big to Fail” de HBO: demasiado superficial para filmar


Jamie Dimon: Somebody dropped the ball…

Lloyd Blankfein: Somebody dropped the ball, kicked the coach in the nuts

and took a crap in the quaterback’s mouth.

Too Big to Fail (2011)

Me encuentro en Venezuela, inmerso en diversos menesteres tributarios e identificativos. Aparte de lidiar con la burocracia, un resfriado me ha permitido ver mucha televisión. Logré captar la versión subtitulada de la peli “Too Big to Fail” de HBO.

Primero, la película como película no es muy buena. Y esto no sorprende. Es difícil sacar una narrativa coherente de unos hechos tan caóticos y técnicos como la crisis financiera de 2008. Al fin y al cabo, es una larga serie de reuniones entre hombres blancos en traje y corbata. Si se quiere dar una narrativa desde el punto de vista de la haute finance a la crisis, el libro Too Big to Fail de Andrew Ross Sorkin es el punto ideal para comenzar, porque es una obra increíblemente superficial. Reduce toda la crisis a una serie de reuniones y llamadas telefónicas entre banqueros. Es una telenovela para Wall Street pero sin bailarinas exóticas. Sorkin es un periodista del New York Times que tiene relaciones muy estrechas con los grandes jefes de la banca. Una de las sorpresas del libro es lo francos que fueron algunos de los magnates de Wall Street al hablar con él. Aunque Sorkin no cita las fuentes, en muchos casos resulta obvio de dónde vienen algunas versiones de determinadas escenas. Recientemente, Sorkin armó un miniescándalo al sugerir en una columna que el “Big Short”, la Gran Posición Corta de Goldman (que incluyó apuestas contra sus propios clientes y llevó a que el banco fuese públicamente investigado por el Congreso), al fin y al cabo no era tan grande. Un incómodo detalle es que Goldman es un patrocinador corporativo de la columna, lo que pone un poco en entredicho su ética periodística.

Pero el libro es superficial no porque le haga carantoñas a este o aquel banquero, sino porque reduce un problema complejo a una serie de choques entre personalidades. Hank y Dick no se llevan bien. Ben y Tim son amigotes. La crisis, al fin y al cabo, se debió a un fallo sistémico que abrió grietas traumáticas en múltiples niveles de la sociedad estadounidense: en lo financiero, económico, político, social y hasta cultural. Y en sus 800 páginas, Sorkin no asoma ni el más mínimo indicio de cómo sucedió un desastre de proporciones tan faraónicas. Contrástese con el sobrio libro que escribió su colega del New York Times Joe Nocera con Bethany McLean (All the Devils Are Here), donde se cuenta la lastimosa y triste historia que va desde los intentos por ampliar el acceso a las hipotecas a los más pobres mediante la invención del subprime, pasando por la titulización hasta llegar a las monstruosidades como el CDO sintético cúbico.

En descargo de la película, hace un mayor esfuerzo que el libro homónimo en explicar la crisis al lego. Hay una escena muy artificial en la que la agregada de prensa (la actriz pelirroja que interpretaba a Miranda en Sex and the City) le dice al equipo de Paulson que tiene que explicar la crisis en términos sencillos a los periodistas. Así que Paulson, Neel Kashkari y Jim Wilkinson se turnan para iluminar la complicada trama que va desde las hipotecas del Lumpenproletariat hasta el declive de Occidente. Y hasta allí llega el servicio público que HBO hace al esclarecimiento de lo que Jon Stewart denominó Clusterf*ck to the Poorhouse.

Una vez escogido el libraco de Sorkin, el director estructura la trama alrededor de Paulson, el antiguo consejero delegado de otra empresa en la que trabajé, Goldman Sachs. Como secretario del Tesoro de Bush, fue el timonel que guió la nave del Estado por la crisis financiera hasta su eventual semirresolución en una reunión en octubre de 2008 en la que el Gobierno y la Reserva Federal obligaron a los nueve bancos más importantes del país a aceptar inyecciones de capital a cambio de acciones preferentes. La única escena que a mi modo de ver capta el dramatismo de los hechos es una en la que Paulson se pasea insomne por su casa a medianoche. Su esposa lo encuentra y discuten la creciente oleada de quiebras bancarias. En la escena, el actor William Hurt transmite hasta cierto punto la inmensidad de la responsabilidad que recae sobre un hombre en un momento semejante y, sobre todo, la avasallante impotencia de no poder hacer nada para controlar la avalancha de destrucción económica que se cernía sobre el mundo entero.

Hay otra escena en la que Tim Geithner, entonces presidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York y hoy secretario del Tesoro de Obama, está trotando por Wall Street en la mañana del rescate de AIG. Observa a una muchedumbre salir del metro. Piensa: “Ninguna de estas personas sabe lo que se avecina. No tienen ni idea”. Debería ser una escena dramática, pero resulta sosa.

Mucho más impactante es una escena muy similar en The Big Short de Michael Lewis. Sucede también durante la caótica semana en septiembre de 2008 que siguió a la quiebra de Lehman Brothers. Los agentes de un hedge fund que llevaba meses apostando contra el mercado de la vivienda de repente dejan de trabajar porque están sobrecogidos por la inmensidad del caos en los mercados. Salen de su oficina y terminan paseando hasta la Catedral de San Patricio y ven la muchedumbre de personas caminando por la Quinta Avenida:

Se quedaron sentados en las escaleras de la catedral durante una hora más o menos. “Estando sentados allí, nos sentíamos extrañamente tranquilos”, cuenta Danny. “Nos sentíamos aislados de toda la realidad del mercado. Era una experiencia extracorporal. Nos sentamos y observamos a la gente pasar y hablamos sobre lo que sucedería. ¿Cuántas de estas personas iban a perder sus empleos? ¿Quién iba a alquilar esos edificios una vez que todas las empresas de Wall Street colapsaran?”

Porter Collins pensaba que “era como si el tiempo se hubiese detenido. Mirábamos a estas personas y decíamos, ‘Estas personas están arruinadas o están a punto de quedar arruinadas’. Aparte de eso, nadie estaba muy preocupado en FrontPoint. Eso era lo que habían estado esperando: un colapso total”.

(…)

“Nuestra forma de interpretarlo, que no nos agradaba, era que al adoptar posiciones cortas en este mercado, estábamos creando la liquidez que haría que el mercado continuara funcionando”.

“Era como alimentar el monstruo”, afirmó Eisman. “Alimentamos el monstruo hasta que estalló”.

El monstruo estaba estallando. Pero en las calles de Manhattan no había ningún indicio de que estuviera sucediendo mayor cosa. La fuerza que afectaría todas las vidas de estas personas estaba oculta. Ese era el problema con el dinero: lo que la gente hace con él tiene consecuencias, pero están tan alejadas de las acciones originales que la mente nunca conecta unas con otras. Las hipotecas con tipos iniciales bajos que concedes a personas que no las pueden pagar no entran en mora de inmediato sino dentro de dos años. Los diversos bonos que creas con esos préstamos no entrarán en mora cuando estas personas dejen de pagar sus préstamos sino meses después. Después de muchos tediosos desahucios y quiebras y ventas forzosas. Los diversos CDO que creas con esos bonos no declararán el impago en ese mismo instante sino después de que algún fideicomisario decida si hay suficiente efectivo para realizar los pagos. Y en ese momento el propietario del CDO recibe una carta que dice “Estimado señor: lamentamos informarle que su bono ya no existe”. Pero el rezago más grande de todos estaba allí mismo, en las calles. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que las personas caminando delante de la Catedral de San Patricio se dieran cuenta de lo que les estaba sucediendo? (pp. 250-252)

Para mí, hay pocas páginas en la literatura norteamericana que condensen de una forma tan dramática un momento histórico tan decisivo. Realmente no creo que haya un paralelo en la literatura de la Gran Depresión (ojalá alguien esté tratando de convertir The Big Short en una película).

Sospecho que la escena de Geithner mirando a las personas anónimas salir del metro está calcada de esta escena, aunque no tiene ni la décima parte del patetismo de la versión de Lewis. Y esto es sintomático de la debilidad del proyecto. Habría sido mil veces más interesante centrarse en personajes extravagantes como los elegidos por Michael Lewis o buscar alguna otra cohorte de individualidades que hubiese participado en la absurda burbuja de la década pasada. Porque el lienzo de la crisis financiera de 2008 es tan amplio y variado como la sociedad norteamericana misma. Retratarla desde las salas de reuniones de Wall Street es, extrañamente, la forma más aburrida de hacerlo.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Liverpool F.C. y la teoría de los mercados eficientes


Tessie, “Nuf Ced” McGreevey shouted
“We’re not here to mess around!”
Boston, you know we love you madly
Hear the crowd roar to your sound.
–“Tessie,” Dropkick Murphys

Recién comenzado el Año Nuevo se supo la noticia de que el Liverpool había despedido a su técnico, Roy Hodgson, después de que un pésimo comienzo de temporada dejara a los Reds a media tabla, un sitial mediocre para un club cinco veces ganador de la Copa de Europa. Aunque los titulares británicos estuvieron copados por el juego de adivinanzas de “¿saltará o lo empujarán?”, los seis meses de Hodgson (y quizá la temporada entera) serán apenas una nota a pie de página para los cultores del trend following, una técnica de inversión en mercados refinada por el flamante propietario del club, John W. Henry, también propietario de otro equipo con profundas raíces en la diáspora irlandesa: los Medias Rojas de Boston.

Para comprender el hilo que va de la teoría financiera moderna a Anfield Road, hay que retroceder a la aparición a mediados del siglo XX de la teoría del los mercados eficientes. Según esta escuela —que llegó a convertirse en la ortodoxia en las escuelas de gestión de empresas— resulta imposible (o prácticamente imposible) ganarle al mercado como inversor. O, mejor dicho, es posible, pero sólo será producto del azar, un resultado fortuito de haber caído en la mejor parte de la curva de probabilidades. La teoría fue popularizada por Burton Malkiel en A Random Walk Down Wall Street, (en español: http://www.casadellibro.com/libro-un-paseo-aleatorio-por-wall-street-la-estrategia-para-invertir-c-on-exito/1219064/2900001276304) donde el autor relata un experimento en el que unos chimpancés lanzaron dardos a una página del Wall Street Journal para seleccionar títulos que serían incluidos en una cartera. Resultó que las selecciones de los chimpancés batieron el rendimiento de las carteras elaboradas por los mejores gestores de inversión de la industria.

La teoría postula que un mercado es como un superordenador que refleja de forma inmediata las decisiones de inversión de miles o millones de actores racionales. Un solo individuo, por más inteligente que sea, no puede vencer esta máquina supercalculadora. De hecho, al invertir (es decir, al hacer su propia apuesta), este individuo simplemente está aumentando la eficiencia del mercado al aportar su propia opinión (un dato más) al mercado.

La audacia de la teoría, nacida en las torres de marfil despertó, por supuesto, el rechazo airado de la industria de gestión de inversiones. Sin embargo, explica ciertas realidades incómodas, como el hecho de que muy pocos fondos con buenos resultados logran vencer consistentemente sus índices de referencia. Un índice o promedio como el Dow Jones Industrial o el S&P 500, por definición, es en cierto modo arbitrario y similar a los dardos de los chimpancés. Se selecciona usando las 30 o las 100 o las 3.000 acciones de mayor capitalización o dentro de un rango dado. En su elaboración no interviene el criterio humano, simplemente el objetivo de reflejar el rendimiento de un sector del mercado, cierta industria específica o las empresas de una región. Los  equipos de analistas y gestores  despliegan sus recursos analíticos para elaborar selecciones conscientes de estos universos con el fin de superar estos índices. Aportan un conocimiento profundo y detallado de economía, la estadística y la geopolítica —aunado a familiaridad con los aspectos técnicos de cada industria individual— para brindarle una rentabilidad superior a sus clientes. Pero la realidad es que muy pocos de estos equipos logran batir los resultados del índice, que, recordemos, es un producto sordo, mudo y sin inteligencia. E incluso los equipos y gestores que lo logran sólo lo hacen por unos cuantos puntos porcentuales cada año. No obstante, venza o no al índice, la industria de gestión de inversiones cobra una pingüe tajada en comisiones por el servicio de gestionar nuestro dinero.

La intuición de la eficiencia de los mercados dio origen a la creación de fondos de inversión que simplemente imitan el rendimiento de un índice. El pionero en este campo fue John Bogle y los fondos Vanguard en la década de los 70. Al no intervenir el criterio de especialistas de la inversión, las comisiones son mínimas. Múltiples estudios demuestran que las inversiones gestionadas por piloto automático son mejores para el inversor individual una vez que se descuentan las comisiones y tarifas de gestión.

Las deficiencias de los mercados eficientes

Pese a sus revelaciones, la teoría también adolece de severas deficiencias. En su formulación extrema, indica que es imposible vencer al mercado incluso usando información privilegiada, lo que choca con una cosa incómoda llamada la realidad. Otro corolario (muy curioso) es que el mercado siempre tiene la razón, lo cual significa que no pueden existir las burbujas especulativas. Según esta forma de pensar, los precios de las acciones estadounidenses en 1929 eran racionales porque a la larga recuperaron el terreno cedido (aunque tardaron un cuarto de siglo en hacerlo). Ambas proposiciones son, para decir lo menos, difíciles de tragar.

Por ello, la teoría no es totalmente dominante. Dos estilos de inversión muy influyentes la rechazan. La primera es la inversión de valor, cuyo principal cultor es Warren Buffett. Otra es el llamado trend following, o seguimiento de tendencias. Aunque menos célebre que el Sabio de Omaha, uno de los inversores más exitosos de este método es John W. Henry, actual dueño de los Red Sox de Boston y Liverpool F.C.

De “Moneyball” a las Puertas de Shankly

Y es aquí donde la teoría financiera converge con el deporte profesional. El trend following tiene múltiples vertientes, pero el elemento que unifica a todas estas estrategias es la creencia en que, pese a su eficiencia, cualquier mercado adolece de un grado de ineficiencia que puede ser explotado sistemáticamente. Un ejemplo: si la teoría de los mercados eficientes fuera cierta, los movimientos de las cotizaciones serían completamente aleatorios. Es decir, en cada instante dado, las probabilidades de que un precio suba o baje deben ser las mismas. Sin embargo, se puede comprobar que las cotizaciones demuestran tendencias en sus fluctuaciones (y que son estadísticamente significativas), lo que contradice la eficiencia perfecta.

Ahora bien, del mismo modo que los “seguidores de tendencias” baten el mercado al explotar imperfecciones en su funcionamiento, hay quienes explotan omisiones o sesgos cognitivos (mejor llamados prejuicios) en otros terrenos. Si miramos la industria del béisbol norteamericano o el fútbol europeo, podríamos describir ambos ámbitos como mercados que se acercan a la perfección. Una prueba de ello es una regla férrea: hay una fuerte correlación entre la cantidad de dinero que un equipo paga a sus jugadores y los resultados que obtiene. Cuando el Real Madrid enfrentó al Almería este fin de semana, siempre era posible una sorpresa (en este caso, el empate). O la derrota del Hércules al Barcelona en el Camp Nou a principios de temporada. Pese a que estas hazañas son lo que dan vigor al deporte, si el Real Madrid enfrentase al Almería veinte veces en un año, ganaría 18, empataría una vez y perdería una vez. Esto es un ejemplo de eficiencia. Los salarios inflados de Cristiano Ronaldo, Özil y compañía pueden parecer extravagantes, pero condensan la sabiduría de miles de cazatalentos, periodistas, técnicos y ejecutivos que han identificado a estos once como superiores. Y el grado de acierto de esta sabiduría colectiva queda plasmado en los resultados superiores de los equipos más ricos en cualquier país. En el béisbol se da lo mismo. La hegemonía de los Yankees de Nueva York es un sencillo dato derivado de su multimillonaria plantilla.

Pero “una pequeña aldea resiste victoriosa al invasor”. Michael Lewis dedicó el libro Moneyball a los Atléticos de Oakland, un equipo que, pese a contar con una cuenta bancaria modesta, logra resultados estadísticamente superiores a lo que reza la implacable ley sueldo-resultado. (Por alguna razón insondable para quien no es  ejecutivo de Hollywood, el libro de Lewis, que carece de trama, pronto será convertido en una película —con Brad Pitt encarnando a Billy Bean, el general manager de los A’s. El libro aún no aparece en español, aunque la traducción quizás está en bambalinas aguardando el estreno.)

Un ejemplo del llamado “Sabermetrics” aplicado al béisbol es la apreciación por parte del equipo directivo de los A’s del on base percentage, o porcentaje de embasados, una medida novedosa. Un bateador pasa a primera base cuando el lanzador le lanza cuatro lanzamientos fuera del área de strikes. Tradicionalmente se creía (y muchos aún creen) que esto no es un mérito del bateador sino un error achacable al lanzador. Por ello, estas embasadas no cuentan para el promedio de bateo del jugador, la medida tradicional de su efectividad ofensiva. Contrario a esta sabiduría convencional, Bean y  su equipo consideran que las bases por bolas son una indicación de la capacidad de un bateador para desgastar la resistencia de un lanzador hasta el punto de exasperarlo y obtener o bien el lanzamiento deseado o la base por reglamento. Uno de sus grandes hallazgos fue Kevin Youkilis, a quien denominaban el “dios griego de las bases por bolas”. A pesar de no encajar en el canon convencional de un jugador estrella, se ha convertido en un jugador dominante en su posición.

No es coincidencia que el dios griego pasase a formar parte de las filas de los Red Sox de Boston, un equipo que tras un siglo de decepciones épicas, recuperó el campeonato mundial en 2004, venciendo así la “maldición del Bambino”, la sequía de títulos iniciado tras la venta de Babe Ruth a los archienemigos Yankees en 1919. Y es que en Boston se aplicó el modelo de los A’s y Bean, aunque con una chequera más generosa aportada por el citado John W. Henry, rey de los trend followers y explotador incansable de la ineficiencia de los mercados.

Un paseo no aleatorio por Anfield Road

Un libro que recoge muchas de las observaciones de Moneyball aplicadas al fútbol es Soccernomics, de Simon Kuper y Stefan Szymanski. (Traducido al español como El fútbol es así, título que prácticamente garantiza que nadie lo leerá; compárese con el título original en Gran Bretaña: Why England Lose, que casi garantizó que todo el mundo lo leería.) Una ineficiencia que mencionan los autores es que los delanteros centro están sobrevalorados por el mercado. Ejemplo que viene como anillo al dedo: el fichaje de Ibrahimovic por el Barcelona por 66 millones de euros en 2009 y su posterior cesión al Milan por 24 millones (un breve año después). Empeño repetido con David Villa. Lo cual no significa que no sean jugadores excelentes. Simplemente que fichajes inflados de este tipo quizás no sean eficientes. Del lado más eficiente, el Barcelona ha apostado por jugadores bajitos, contraviniendo la percepción convencional de que en el fútbol moderno pesará más la fuerza que la destreza con el balón. Explotar esta ineficiencia le ha permitido a la Masía producir a Messi, Xavi, Iniesta y Bojan.

Del mismo modo que el heterodoxo Billy Bean es el héroe de Moneyball, una figura queda entronizada por Kuper y Szymanski como el explotador por excelencia de las ineficiencias del fútbol: el economista-técnico Arsène Wenger. Como escriben:

El técnico del Arsenal es una de las pocas personas capaces de ver el juego desde afuera. Esto se debe en parte a que tiene un título en ciencias económicas de la Universidad de Estrasburgo en Francia. Gracias a su formación como economista, tiende a fiarse más de los datos que de la sabiduría convencional del juego. Wenger se da cuenta de que en el mercado de transferencias, los clubes tienden a sobrevalorar el rendimiento pasado de un jugador. Eso los impulsa a pagar fortunas por jugadores que acaban de pasar la cumbre de su carrera. Probablemente debido a que Wenger fue uno de los primeros técnicos en emplear estadísticas para evaluar el rendimiento de futbolistas, se dio cuenta de que los jugadores más viejos empiezan a declinar antes de lo que solía pensarse. (Soccernomics, p. 57)

Uno de los aspectos más sobresalientes del “método Wenger” es el empleo de jugadores más jóvenes. Un fruto de esta metodología fue la compra de Cesc Fàbregas por 500 mil libras y su estreno en el primer equipo a los 16 o 17 años. Siempre se trata de hacer menos con más al pasar por la criba centenares de miles de datos insignificantes.

Claro, el Sabermetrics no es una panacea: los A’s no han ganado un campeonato de Grandes Ligas desde 1989 y el Arsenal sufre una sequía desde la apabullante temporada 2003-2004. Nadie grita en el estadio “¡Mi equipo es el más eficiente!” Como acota un periodista inglés (http://soccernet.espn.go.com/columns/story?id=840417&sec=england&root=england&cc=5739): “[e]l método de Wenger ha traído la llegada de muchos jugadores excelentes, pero no del calibre suficiente para ganar trofeos”.

“You’ll Never Walk Inefficiently”

Y al final, Moneyball aterrizó en Liverpool. Una figura clave en la transformación de los Reds de Liverpool es amigo personal de Billy Bean y antiguo cazatalentos de Wenger. Se trata de Damien Comolli, el también economista instalado como director de estrategia futbolística en Anfield y responsable de trazar un nuevo rumbo para el histórico club. La deuda es explícita. Ha llegado a afirmar que “todo lo que he venido haciendo procede de lo que los A’s han hecho en cuanto a recopilación y empleo de datos” (The Sport Blog del Guardian).

¿Será el Liverpool al Arsenal lo que los Red Sox fueron para los A’s, es decir, los adoptadores de un modelo exitoso con una chequera más jugosa? El tiempo lo dirá. Mientras tanto, el Sturm und Drang periodístico gira alrededor del regreso de “King” Kenny Dalglish y el día a día de los traspiés en Anfield. Uno de los corolarios del estilo Bean es que le quita mucho protagonismo al técnico, lo cual choca con los requisitos del culebrón diario. La comidilla del día es el regreso al banquillo del ex jugador y técnico legendario, eternamente unido al recuerdo de la tragedia de Hillsborough. Pero quizás lo más interesante esté sucediendo en los ordenadores de los number crunchers en las oficinas administrativas. Lástima que esa sea una historia silenciosa cuyo desenlace requerirá varias temporadas. Y, desgraciadamente, no genera titulares.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com