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«Gran Bretaña» es y no es el «Reino Unido», o las trampas de la normatividad


Cuando le preguntas a un inglés cuál es la diferencia entre Gran Bretaña y el Reino Unido, responde como un soldadito bien entrenado que Gran Bretaña es la isla donde se encuentran Inglaterra, Escocia y Gales, mientras que el Reino Unido, en contraste, es la entidad política que reúne a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Esta distinción queda reflejada en una advertencia emitida por la Fundéu hace algunas semanas:

Términos que no deben emplearse indistintamente.

Recuérdese que Gran Bretaña está formada por Inglaterra, Escocia y el País de Gales; y el Reino Unido por Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Por tanto, Gran Bretaña no es sinónimo de Reino Unido, puesto que se deja fuera a Irlanda del Norte y que tampoco lo es Inglaterra, que solo es una parte del país, como lo son Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

Ahora bien, esto es técnicamente correcto, por cuanto corresponde con el concepto estricto que se emplea para hablar de este país. El problema es que la regla según la cual «Gran Bretaña» no coincide con el «Reino Unido» no se respeta en muchos usos de estos términos por parte de los mismos británicos. Si se escucha a un inglés hablar de «Britain» e incluso «Great Britain» y se le pregunta si está excluyendo explícitamente de su afirmación a Irlanda del Norte, en el 99% de los casos te dirá que no, que estaba usando estos términos en sentido laxo. Gran sorpresa: el uso lingüístico se desvía con frecuencia de la norma y el concepto. Por eso, traducir sus afirmaciones al español como «Gran Bretaña» en lugar del «Reino Unido» sería incorrecto. En este caso, «Great Britain» es el «Reino Unido», en contradicción directa de la advertencia de Fundéu. Dicho de otro modo, el traductor o revisor que imagina que el término «Britain» en muchos de sus textos se debe traducir como Gran Bretaña se está equivocando rotundamente. En muchos casos, debe traducir este término usando «Reino Unido», porque el hablante no está excluyendo a Irlanda del Norte de su afirmación. Lo que quisiera ilustrar es que afincarse excesivamente sobre las definiciones lexicográficas sin tener en cuenta el contexto del uso te llevaría a cometer errores de traducción. Y lo que distinguirá a un buen traductor de un gran traductor es tener esa sabiduría que no está en los libros. Es importante saber apartarse de nuestros doctos diccionarios y normas cuando así lo dicten el sentido común y el respeto por las idiosincrasias del uso.

Me parece un ejemplo perfecto de los errores en los que podemos incurrir al creer que hay una correspondencia unívoca entre nuestros conceptos, nuestras palabras y nuestra realidad. Y creo que esta es una de las principales flaquezas de la normatividad a ultranza de ciertas instituciones lingüísticas: creer que la definición del diccionario tiene alguna clase de precedencia sobre el uso, o que incluso refleja tanto el uso como el concepto exhaustivamente. Un diccionario no es una autoridad, ni una descripción del uso, ni una descripción completa de nuestros conceptos. Es un poco de todas estas cosas a la vez y ninguna. Y por eso debemos aprender a utilizarlo como una herramienta y no como una recopilación de leyes. Desconfía de todo aquel que bese el libro después de cerrarlo.  

Aprender reglas es fácil. Los chimpancés son tan buenos como los seres humanos para eso. Es muchísimo más difícil prestar atención a las sutilezas del uso y las trampas conceptuales del lenguaje. Una de estas dos habilidades es la que distingue a un profesional realmente útil. Adivina tú cuál es cuál.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

La distinción traductor/intérprete ahora es parte de la jurisprudencia en EE.UU.


Confieso que no me gusta demasiado la distinción entre traductor, entendido como persona que se dedica a traducir textos escritos, e intérprete, persona que traduce textos orales. Tanto en español como en inglés, choca contra el uso del 80% de los hablantes, lo cual lo convierte en un cultismo que puede degenerar en lo pedante o una acepción técnica que alguien del público general no tiene por qué conocer. A mi modo de ver y basándome en el uso, no es incorrecto denominar traductor a un intérprete, aunque denominar intérprete a alguien que está traduciendo un documento sí es claramente incorrecto. Claro que en mi andar diario respeto la distinción escrupulosamente, pero tampoco miro mal a quien no la conoce.

Resulta que esta semana la Corte Suprema de Estados Unidos dictó sentencia en un caso que tiende a darle más claridad a esta distinción. Un jugador de béisbol se aloja en un hotel japonés de Saipán y se lesiona. El jugador demanda a la cadena de hoteles en los juzgados de Estados Unidos por daños y perjuicios. Pierde el caso. La cadena de hoteles exige que el jugador-demandante les resarza por los costes de traducción de documentos escritos en virtud de una ley que otorga el derecho al demandado victorioso a reclamar gastos de «interpretación». El beisbolista se negó a pagar los 5.000 dólares al alegar que la ley se refiere exclusivamente a servicios de interpretación y no a la traducción de documentos escritos. La Corte Suprema falló a favor del jugador lesionado. Estoy de acuerdo porque, como observé ene el párrafo anterior, llamar al traductor de un documento escrito un intérprete vacía a la palabra de cualquier significado.

Para llegar a esta conclusión, el tribunal supremo de Estados Unidos, en una decisión mayoritaria redactada por el magistrado Samuel Alito, se basó en un análisis de diccionarios publicados hacia 1978, fecha de promulgación del estatuto que ordenaba el reintegro de estos costes a los demandados por alegatos falsos. Cito la decisión mayoritaria:

It is telling that all the dictionaries cited above defined “interpreter” at the time of the statute’s enactment as including persons who translate orally, but only a handful defined the word broadly enough to encompass translators of written material. See supra, at 5–7. Although the Oxford English Dictionary, one of the most authoritative on the English language, recognized that “interpreter” can mean one who translates writings, it expressly designated that meaning as obsolete. See  supra, at 6. Were the meaning of “interpreter” that respondent advocates truly common or ordinary, we would expect to see more support for that meaning. We certainly would not expect to see it designated as obsolete in the Oxford English Dictionary. Any definition of a word that is absent from many dictionaries and is deemed obsolete in others is hardly a common or ordinary meaning.

La decisión minoritaria, redactada por la magistrada Ruth Bader Ginsburg, afirma lo siguiente:

In short, employing the word “interpreters” to include translators of written as well as oral speech, if not “the most common usage,” ante, at 8, is at least an “acceptable” usage, ibid. Moreover, the word “interpret” is generally understood to mean “to explain or tell the meaning of: translate into intelligible or familiar language or terms,” while “translate” commonly means “to turn into one’s own or another language.” Webster’s 1182, 2429. See also Random House Dictionary of the English Language 744, 1505 (1973) (defining the transitive verb “interpret” as, inter alia, “to translate,” and “translate” as “to turn (some­thing written or spoken) from one language into another”).

En general, me parece que al citar esta lectura de un solo diccionario, Ginsburg entra en territorio dudoso (más aún al conceder que el uso defendido no es el más común pero sí es aceptable). Más convincente me parecen las citas que proporciona de varias decisiones muy recientes donde se habla del intérprete como alguien que traduce o puede traducir textos escritos.

Obviamente, los hechos y nuestras interpretaciones, tanto en lo legal como lo lingüístico, no son blancos ni negros. Es bueno tenerlo en cuenta a la hora de desenfundar nuestras espadas por este o aquel uso de una palabra.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Cómo saber si tu reemplazo será un ordenador


My father was fired. He was technologically unemployed… They replaced him with a tiny gadget, this big, that does everything my father does, only much better. The depressing thing is my mother ran out and bought one.

—Woody Allen, Stand-Up Comic: 1964-1968

Hace unos meses abrí una cuenta en un banco de esos que es demasiado grande para quebrar, Dios y Mario Draghi mediante. Aparte de una clave que te entrega la persona que te atiende en la oficina, te envían otra clave por SMS. Pero en mi caso, el envío del SMS no funcionó. Se hicieron varios intentos, pero ninguno de los mensajes llegó a mi móvil. No hay problema. Simplemente llamé a un teléfono donde una operadora gentilmente atendió mi llamada. Quedamos en que enviaría la clave mágica por correo. Esperé una semana. Nada. Dos semanas. Nada.

No hay problema. Vuelvo a llamar. Mismo procedimiento. Mismo resultado. «Espere unos días, que le volveremos a enviar la contraseña por correo». Otra semana. Nada. Otra semana. Nada. Durante el tiempo intermedio, no tengo acceso a mi cuenta ni a mi dinero, porque está diseñada solo para ser gestionada por Internet para ahorrar costes de administración para el banco.

Llega Semana Santa. Mi contadora me solicita las facturas del primer trimestre. Se las envío. Me pregunta por la Seguridad Social. Le respondo que no le puedo enviar el comprobante porque no tengo acceso a mi cuenta y, por tanto, no puedo imprimir la constancia del débito. Insiste. Le explico el problema con más detalle. Yo le planteo la posibilidad de abrir otra cuenta en otro banco y cambiar la domiciliación. Silencio sepulcral. Percibo que al otro lado del teléfono los nudillos de mi contadora se han vuelto blancos debido a la fuerza con que agarra el auricular mientras contempla los trámites necesarios para cambiar dicha domiciliación. Tartamudea. Su voz se quiebra. Me asusta el nivel de susto que he provocado. Cambio de tema para evitarle una apoplejía.

En fin, me veo obligado a regresar a la oficina del banco, cosa que había estado posponiendo mentalmente porque, después de lidiar con media docena de bancos en tres continentes distintos, sabía que iba a terminar de mal humor.

¿Qué opciones me da la persona de la oficina? Hmm, veamos. Otro SMS.

Dicen que la definición de la enfermedad mental es hacer la misma cosa una y otra vez y esperar un resultado diferente. Según esa definición, mi banco es un inmenso manicomio que se distingue por reportar beneficios de forma trimestral y donde los enfermos mentales son los que atienden al público.

Como era de esperar, el SMS no llega. Llamamos al servicio de atención al cliente. La mujer me da dos opciones (ya familiares): 1) un SMS o 2) envío por correo. Dentro de mi alma hay un niño de siete años que está atrapado y gime de dolor. Le digo que no quiero que me envíen la clave por correo porque ya han fallado dos intentos. (A todas estas, ninguno de los dos, ni la mujer del servicio telefónico ni el hombre de la agencia, expresa sorpresa alguna por el hecho de que siete intentos seguidos de enviar la maldita clave han fracasado.)

El procedimiento mental es totalmente binario. «¿Le envío un SMS?» «No, no llega». «¿Se lo enviamos por correo?» «No, tampoco llega». «¿Y si le enviamos un SMS?» («¡Mami!»)

Así es como funcionan los ordenadores. Si la respuesta es «sí», entonces A. Si es «no», entonces B. (Al contrario de muchos fanáticos anestesiados de la informática, yo aprendí programación rudimentaria cuando era niño. Sí, BASIC. No, no es gracioso.) En el mundo de los ordenadores, no hay tercera opción. Si el proceso no se puede reducir a un sí o un no, entonces caemos dentro de un bucle de retroalimentación, cosa que no le sucede a un cerebro humano, que tiene la facultad para salirse del bucle.

Volviendo al futuro, el hombre de la oficina, observando mi creciente frustración, finalmente voltea la pantalla en mi dirección para mostrarme la interfaz. Me indica que solo hay dos opciones: el SMS o el envío por correo. Lo cual yo nunca puse en duda. Pero la razón por la que acudí a él es porque quiero una solución, no para apreciar su destreza en Angry Birds o catar sus predilecciones pornográficas.

Obtener una solución.

Seguir el procedimiento del banco.

Son dos cosas radicalmente distintas. Hallar una solución significa salirse de las opciones binarias que te impone el programa para, por ejemplo: 1) acudir a un supervisor o 2) contactar con una persona que sepa cómo resolver eso o 3) halar la palanca mágica que lleva el rótulo de «aplacar a este tipo tan fastidioso». Ese «algo» adicional es el valor que cualquiera de estos dos empleados habría podido añadir.

Obviamente, mi problema es una excepción, pero precisamente para eso es que los bancos todavía utilizan seres humanos en las oficinas. Teclear en una interfaz binaria lo puede hacer un chimpancé. O lo puedo hacer yo mismo.

Ahora a lo que iba. Ninguno de estos dos puestos de trabajo —ni el de la señora del call center ni el del hombre de la agencia— existirá dentro de diez años. Cuando el banco haya racionalizado aun más los procesos de atención al cliente, el trabajo telefónico emigrará a algún país sudamericano con una divisa deprimida donde la clase media sueña con ser mileurista. El tipo de la agencia, por su parte, será sustituido por una pantalla que proyectará un holograma tridimensional pregrabado. En la pantalla veremos a una guapa empleada bancaria (de curvas incitantes pero discretas) que nos sonreirá con calidez y nos pedirá que la llamemos «María». «María» nos presentará menús de opciones y nosotros escogeremos las opciones correspondientes.

Mientras tanto, afuera de la agencia bancaria estarán el señor que nos solía atender y la señora del servicio telefónico, protestando contra las inhumanas reducciones de plantilla del banco.

¿Por qué? Porque ni la voz del servicio de atención al cliente ni el funcionario de la oficina están añadiendo ninguna clase de valor. Se están limitando a ser meras extensiones del software, que es el que realmente hace el trabajo.

¿Quién tiene la razón? ¿El desempleado que agita el puño contra el neoliberalismo salvaje o el ingeniero de sistemas del banco que busca eficiencias cada vez mayores? Ese es un problema difícil. Siento ambivalencia ante la pregunta. No sé cuál es la respuesta. Idealmente, creo que el pragmatismo es la respuesta: debemos optar por mayor eficiencia si brinda mayor felicidad para el colectivo; menor eficiencia si crea menos felicidad. Pero el problema es que no hay ninguna calculadora de felicidad (aparte del mercado, que es inhumano) que nos brinde esa respuesta.

Pero para mí la moraleja de esta deprimente historia es que debo buscar continuamente formas para añadir valor.

Si lo que yo hago es tomar una palabra de un diccionario y cambiarla por otra en otro diccionario, no estoy haciendo nada que no pueda hacer un ordenador.

Si no leo libros y me limito a leer tuits sobre Cristiano Ronaldo pintándose las uñas en unas vacaciones en Ibiza, allano el camino para ser reemplazado por un algoritmo

Si lo que hago es simplemente limpiar la sintaxis un poco champurreada de un motor de traducción automática, estoy haciendo algo que perderá más valor monetario con cada incremento exponencial en la potencia de procesamiento.

Si escribo entradas de blog sacadas de una plantilla de diez puntos para ayudar a una empresa a optimizar su posición en un motor de búsqueda, estoy desempeñando una labor repetitiva que un ingeniero de computación ruso está tratando de replicar mecánicamente.

Si disfruto recordándole a mi cliente que su ortografía es mediocre, pero no trato de ayudarle a comunicar su mensaje de forma más clara y eficiente, simplemente estoy intensificando el corrientazo de placer que experimentará cuando prescinda de mí.

Un poco como el corrientazo que experimentaré cuando vea a los dos ex empleados de mi banco protestando en la calle de Atocha.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Las aventuras de «Varilla caliente»: ficción erótica traducida por ordenador


 
                                                  «Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa 
                                            de disección, de una máquina de coser y un paraguas»
 

Ray Kurzweil dice que cada vez está más cerca el momento en que tendremos máquinas inteligentes. Cabe la pregunta de si también tendrán una imaginación sexual. Y desde allí solo hay un paso a rumiar sobre cuáles serán sus preferencias. No tengo una respuesta sencilla a esta pregunta, pero gracias a un experimento poco divulgado en el área de la traducción automática, ya contamos con un atisbo de la Edad de las Máquinas Inteligentes y (Tal Vez) Copulantes.

El relato es uno de los Kindle Singles disponibles en Amazon. Según los gurús de la industria de la localización, las crecientes montañas de contenido de baja calidad exigen legiones de poseditores y millones de motores de traducción de baja calidad. Pues bien, ya hay pioneros que se han adelantado al valiente mundo nuevo de las traducciones literarias hechas por ordenadores para otros ordenadores seres humanos que no exigen demasiadas florituras estilísticas en su ficción.

El título es Varilla caliente. El original se intitula Hot Rod, lo que brinda un ejemplo interesante de la forma en que un ordenador maneja la polisemia. El objeto del deseo de la protagonista se llama Rodney, o Rod, así que hay tres significados posibles: el automovilístico; la referencia al atractivo sexual del protagonista; y la insinuación fálica. El ordenador, ni corto ni perezoso, apuesta sin ninguna clase de pudor por el crudo significado sexual. Lo que pinta bien para el sexo masculino: el futuro sexual humano-maquinístico no tiende demasiado a la indirecta seductiva, sino que va directo al grano, como todo un macho impaciente.

Leah es una mujer divorciada que se muda de regreso a su pueblo natal a vivir en la casa de sus padres difuntos. Pese a que su matrimonio no duró, la joven alberga buenos recuerdos del sexo con su ex:

Relaciones sexuales con su esposo, Esteban, había sido salvajemente apasionado. Lo habían hecho en todas las habitaciones de la casa y en todo momento del día.

De hecho, Esteban era tan buen amante que su ex esposa, cuya memoria quizás queda nublada por el placer, tiene problemas a la hora de recordar su nombre. En la siguiente oración, este Valentino sufre una abrupta metamorfosis, como si fuera una partícula cuya posición y movimiento fuera imposible de determinar simultáneamente con exactitud:

Steven había sido tan apasionado en su hacer el amor como él estaba haciendo negocios.

Perdida en sus reminiscencias apasionadas, la sintaxis de Leah comienza a resquebrajarse:

Él era un animal, y era que prima, sexo sexual, los animales que Leah se perdió.

¿Alguna perversión escandalosa? ¿Un guiño intertextual a Molly Bloom? Eh, sí… quizás… ¿quién sabe?

Avanza la trama. Resulta que el carpintero que Leah contrata para hacer reformas en la casa de sus padres es un antiguo compañero del instituto, la “varilla caliente” que brinda su nombre a esta excursión literaria. Rodney es un hombre sencillo, de clase obrera, pero con cualidades que pronto lo empujarán al primer plano de las predilecciones sentimentales de Leah (el libro tiene 17 páginas y solo dos personajes, de modo que el suspenso no es precisamente el punto fuerte):

Rodney no era sexy o guapo en una especie de manera glamorosa. recurso de Rodney vino de su personalidad más que nada.

A medida que tiene más contacto social con su ex compañero de clases, Leah comienza a notar más y más encantos físicos:

Era un buen tipo, muy humilde, y tuvo el más lindo culo que Leah se había visto en su vida, o uno de los más lindos, y ella no le hubiera importado apretando de vez en cuando.

Sigamos. El relato es corto: Leah invita a Rodney a un baile o Rodney invita a Leah (no es fácil comprender) al «club de país». Creo que Rodney baila bien, aunque la sintaxis y la ortografía del ordenador dificultan un poco la interpretación del texto:

Pero Rodney, oh mi Dios, ¿era un bailarín. Si era tan bueno en la cama cuando estaba en la pista de baile, Leah se han encontrado al hombre perfecto.

A partir de este momento, la lectura se vuelve cada vez más difícil, bien sea por el carácter experimental del autor o por la falta de pericia sexual del traductor. También es posible que el vino ingerido por los protagonistas esté interfiriendo con la inteligibilidad de la conversación y que estemos ante un ejemplo de flujo de conciencia:

“¿Más vino?”, Preguntó. –Claro-dijo, después de ella a la cocina. Se sirvió el vino. “Hacer un brindis”, dijo. Rodney estaba pensando en ello. “He aquí a un chico y una chica que se codeaban todos los días durante seis años, y no se matan unos a otros.” “Muy buena,” dijo Leah.

Y en este punto Rodney se despeña por una serie de reminiscencias completamente incomprensibles sobre una especie de régimen de trabajo forzoso (y ligeramente perturbador) en el instituto donde estudiaron juntos:

“Piense en ello, Leah. Éramos niños, probablemente los doce años, y nuestros cuerpos se vieron obligados, literalmente, unos contra otros, porque había muchos de nosotros y nuestros armarios estaban uno junto al otro, hasta el día que nos graduamos. Esos son años difíciles. Nunca lucharon por la sala de codo.

¿Qué horrores sucederían en esta misteriosa sala de codo? Pasemos por alto los extraños rituales de apareamiento en el Medio Oeste norteamericano. Porque ahora viene lo bueno. Comienza la acción. Varilla y Leah/Lea/Lía se traban en ardiente combate. Pero, de forma casi sistemática, el glosario empleado por el programa de traducción frustra cualquier titilación potencial. Es como si el relato hubiese sido censurado por un inquisidor puritano pero con sentido del humor un poco juguetón:

Ella se moría por tener uno de esos duros de diapositivas de trabajo gruesos dedos dentro de ella.

O mi favorita:

Ella se agachó y se indica la construcción a través de sus pantalones.

Una de las exigencias de la ficción erótica escrita para mujeres es que el sexo no puede ser simplemente sexo. Pese a su brutal literalismo, nuestro ordenador respeta estas convenciones. El placer es tan intenso que logra distraer a Leah de sus cavilaciones científicas:

Cuerpo de Leah estaba más que listo para el sexo, pero Leah estaba sorprendido por sus sentimientos que fueron mucho más allá de la física hoy.

Extraña chica, esta Leah. Una vez que Rodney logra que la mujer deje de pensar en Heisenberg y Marie Curie (¿una táctica para demorar el orgasmo, quizás, como Woody Allen pensando en el béisbol?), el clímax se acerca. En su apogeo, el sexo entre Rodney y Leah suena como una versión al español —no totalmente desprovista de mérito literario— de un poema erótico de e.e. cummings:

Se inclinó hacia delante y empezó a coger él, realmente lo mierda, duro y rápido, gimiendo libremente y en voz alta como su intensificación del placer.

En fin, me alegra reportar que los dos protagonistas culminaron exitosamente su encuentro y que el mismo fue mutuamente satisfactorio, tanto en lo físico y lo científico como en lo emocional.

¿Se trata de una ligada de una sola noche o el comienzo de una hermosa amistad (o algo más)? Como preguntaban las Shirelles en su exquisita versión de las letras de Carole King: «Will you still love me tomorrow?»

En el mundo algorítmico de la traducción automática, las verdades no son concluyentes sino estadísticas. Las relaciones no son estables sino probabilísticas. Somos solo átomos flotando en el vacío cuántico que forman aleaciones fugaces con otros átomos. Sin embargo, el futuro pinta bien para Leah y su Varilla Caliente:

Ella cubierto de Rodney brazos por encima de su cuerpo, y se quedó dormido en los brazos de Rodney Lawton.

Que, parafraseando, significa: «Y fueron felices y comiendo faisanes». O, como sugiere Google Translate: «They were happily ever after».

Acerca de Miguel Llorens

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¿El globés de Mourinho conquista Inglaterra?


La empresa de gestión de activos Henderson Global Investments ha lanzado una campaña publicitaria en el Reino Unido basada en la imagen de Jose Mourinho, técnico actual del Real Madrid y ex entrenador del Chelsea. La campaña descansa en el hecho de que la misma palabra, manager, se emplea para describir tanto a las empresas gestoras como a los entrenadores de fútbol. Los anuncios funcionan gracias a esta polisemia. El chiste es que se pueden referir tanto a la elevadísima autoestima del técnico portugués como a la empresa de administración de fondos de inversión.

Lo curioso es que todas las citas en inglés de la campaña contienen errores gramaticales. Los encargados de la publicidad de Henderson no corrigieron los errores de Mourinho.

Un anuncio dice: «Which manager

Mourinho inglés globés gestión de activos

is ‘special one’? Is this trick question, my friend?» («¿Cuál técnico es el especial? ¿Bromeas, amigo? »). Las reglas del inglés correcto exigen algo más por el estilo de «Which manager is the ‘special one’? Is this a trick question, my friend?»

Otro dice: «I ask my team for 110%. If they give me more is OK too» («Le pido a mi equipo que se esfuerce al 110%. Si se esfuerza más, no me quejo»). Esta última oración exige ser reescrita como «I ask my team for 110%. If they give me more, that is OK too».Mourinho inglés Henderson gestión de activos publicidad

¿Significa esto que el globés, la versión del inglés hablada por quienes no tienen ese idioma como lengua materna, se está imponiendo al inglés escrito incluso en el Reino Unido? De ningún modo. La campaña se centra en la imagen de Mourinho y la imagen que tienen los ingleses del estratega portugués es la de un extranjero con un ego hipertrofiado que habla el idioma con el descuido propio de alguien más allá del bien y del mal. Mourinho es la clase de persona a la que le puedes corregir el globés y pasará totalmente de largo porque él hace más o menos lo que le viene en gana.

Por eso es que la campaña contiene citas macarrónicas: el inglés deficiente es parte de la imagen del técnico. La agramaticalidad del globés mourinhista es un mensaje metalingüístico. Una perla que recuerdo de mis lecturas Roland Barthes es que la literatura a menudo emplea ciertas convenciones no realistas para connotar cierta información de forma inmediata. Por ejemplo, Hercule Poirot a menudo termina sus oraciones con un «n’est-ce pas». Lo que señalaba Barthes es que nadie habla así; ningún francés esparce frases francesas al azar en sus oraciones cuando habla inglés. La frase intercalada de forma arbitraria es un significante que le recuerda al lector de Agatha Christie que el detective es belga, extranjero y hasta un poco ridículo.

Es más: las supuestas citas de Mou ni siquiera son textuales. Por ejemplo, la cita famosa que dio pie a que conozcan a Mourinho irónicamente como The Special One no coincide con la del póster. En su rueda de prensa inicial al frente del Chelsea, el portugués en realidad afirmó lo siguiente: «Please don’t call me arrogant, but I’m European champion and I think I’m a special one». ¿Arrogante? Sí. ¿Agramatical? No.

Para usar la terminología semiótica, los errores gramaticales en la campaña de Henderson transmiten diversas connotaciones: ‘extranjero’, ‘arrogante’ y ‘presumido’, pero también ‘victorioso’, ‘eficiente’ y ‘exitoso’. (También puede denotar ‘exotismo’ o, en el caso de un ídolo del cine como Antonio Banderas o Sophia Loren, ‘sensualidad mediterránea’).

Por supuesto, esto no significa que uno simplemente pueda transmitir una imagen de sensualidad o éxito al violar impunemente las leyes de la gramática inglesa. El globés es una herramienta necesaria pero peligrosa. Y en caso de duda, contrate a un traductor o revisor profesional para que redacte sus textos del español al inglés.

Acerca de Miguel Llorens

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Breve apostilla sobre funcionalidad y estética en la traducción asistida por ordenadores


Los dos comentarios a la entrada sobre Apple y el software de traducción tocaron el mismo punto: no es solo que estos programas como Trados o Wordfast son feos, sino que además son malos. Un lector llamado Gustavo planteó una crítica que se escucha con frecuencia: Trados no retiene información contextual. Lo que quizás no logré transmitir en mi pieza es que estética y funcionalidad no son dos valores separados y distintos, sino complementarios. Son dos caras de la misma moneda. Esa es la gran enseñanza del diseño industrial del siglo veinte que los diseñadores de Apple se esmeran por implementar. Forma y fondo: la primera lección en cualquier facultad de literatura o escuela de arte moderno. Forma y fondo, fondo y forma: dos cosas indesligables. El mismo punto lo hizo el fanboy número de uno de Apple, Stephen Fry, en una entrevista para la BBC y en un ensayo sobre Jobs: los diseñadores de Apple simplemente estaban aplicando lo que Oscar Wilde descubrió hace un siglo. La frase de Fry que prácticamente saltó de la página para mí fue la siguiente: «La cualidad suya [de Jobs] que más reverenciaba era que se rehusaba a mostrar desprecio por sus clientes al tirarles encima algo que era “suficientemente bueno”.»

¿Por qué? Porque «good enough translation» es uno de los eslóganes invocados por los teóricos de la Baja Calidad.

Para concluir, no quiero que Trados mejore su interfaz para sentirme más inspirado ni porque yo me siento especial y lindo. Quiero que un diseñador comience a pensar en formas más atractivas de organizar el trabajo de un traductor porque al mismo tiempo contribuiría a crear un producto mejor adaptado a su función.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Steve Jobs, los ingenieros y la tecnología traductoril


Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

–Platón, La República

El libro de Walter Isaacson sobre Steve Jobs es una biografía autorizada que sin embargo transmite suficientes aspectos negativos sobre el fundador de Apple como para equilibrar la erupción hagiográfica que estalló después de su muerte hace unos pocos meses. Jobs nunca leyó el libro y el trato con Isaacson consistía en que ni Jobs ni Apple tendrían injerencia alguna sobre el contenido.

Portada traducción de biografía de Jobs

Portada de la traducción al español de la biografía de Jobs

El resultado es bastante interesante, un retrato exhaustivo de una de las personalidades clave de los últimos 100 años. Muchas anécdotas son negativas: no era un buen padre, lanzaba berrinches épicos cuando las cosas no salían como él quería, se atribuía el crédito por las ideas de otros, lloraba como un malcriado cuando no lograba imponerse y era abusivo con sus empleados.

Comprendo que Jobs suscite pasiones, tanto a favor como en contra. Dos pensadores que admiro mucho, Evgeny Morozov y Jaron Lanier, recientemente formularon serios reparos a lo que podemos denominar el «modelo Apple». El primero, en una reseña de la biografía de Isaacson, cuestiona la tendencia hacia el mundo dominado por las apps dentro de dispositivos vallados, un fenómeno que tendería a deprimir la libertad anárquica de la Red. Lanier, por su parte, se pregunta si los dispositivos de alta factura de Apple son la contrapartida elitista a los servicios de baja calidad (pero gratuitos) que proporciona Google a una escala más vasta para las masas crowdsourceadas y semiempleadas (véase The Local-Global Flip).

Ambos temas rebasan de lejos lo que se puede abordar en una entrada de blog. Baste con decir que la carrera de Jobs tocó demasiadas facetas de la vida moderna como para no suscitar reacciones fuertes. Sin embargo, quisiera centrarme aquí en un aspecto clave del libro de Isaacson: la forma en que vivimos actualmente y nuestras actitudes frente a la tecnología y la ciencia informática.

El leitmotiv dominante que recorre la biografía es que Jobs y Apple lograron forjar una síntesis única entre el arte y la tecnología. Cito dos fragmentos entre cien pasajes que ilustran este mismo punto (las citas están tomadas de la traducción al español de David González-Iglesias González publicada por Debate):

En la mayoría de las otras empresas, la ingeniería tiende a ser la que determina el diseño. Los ingenieros plantean sus requisitos y especificaciones, y entonces los diseñadores crean cubiertas y tapas que puedan acomodarlos. Para Jobs, el proceso tendía a funcionar en sentido inverso. Durante los primero días de Apple, Jobs había aprobado el diseño de la carcasa del primer Macintosh, y los ingenieros tuvieron que conseguir que sus placas y componentes cupieran en ella (…) «Antes de que Steve regresara, los ingenieros decían: “Aquí están las tripas” (el procesador y el disco duro), y entonces se las mandaban a los diseñadores para que las metieran en una caja —comentó el director de marketing de Apple, Phil Schiller—. Cuando haces las cosas así, obtienes productos horribles.» (pp. 433-434)

En la última presentación del iPad en la que participó Jobs, esta obsesión volvió a aparecer:

Con su última diapositiva, Jobs resaltó uno de los temas habituales de su vida, que quedaba ejemplificado en el iPad: una señal de tráfico que mostraba el cruce entre la calle de la Tecnología y la calle de las Humanidades. «El motivo por el que Apple puede crear productos como el iPad es que siempre hemos tratado de situarnos en la intersección entre la tecnología y las humanidades», concluyó. (p. 618)

Podría extenderme con quince o veinte otras citas que van por el mismo camino. El punto queda resumido por Lanier con mucha elegancia en una especie de obituario crítico de Jobs:

Quizás resulte sorpresivo que tan pocos directivos tecnológicos hayan logrado vapulear a los ingenieros lo suficiente como para hacer valer los principios de elegancia y simplicidad tal y como los entienden los no ingenieros. El éxito comercial de Apple ha creado una mejor atmósfera para esta clase de cosas en todas las compañías. Pero cabe la pregunta de cómo hizo Jobs para lograrlo.

Mi impresión, basada en diversas interacciones presenciadas a lo largo de muchos años, es que Jobs intercambió una forma de frikismo obsesivo y guiado por principios por otra. Durante los primeros años de los ordenadores personales, un diseñador o especialista en marketing que hacía una solicitud a los ingenieros desperdiciaba su tiempo. Los ingenieros tenían criterios y datos inexpugnables y eso tenía precedencia sobre las opiniones e intuiciones comunes y corrientes. Jobs no hizo ninguna solicitud. Por el contrario, impuso unos criterios aun más rígidos y exigentes.

Jobs ganó la carrera armamentista en la obsesión por el control. Sigue siendo la única figura que yo he visto que no era ingeniero y que ganó esta carrera contra los ingenieros de forma absoluta.

La tesis de esta entrada es que el divorcio entre tecnología y humanidades (y la tiranía de los ingenieros) se observa de forma particularmente trágica en el campo de la tecnología supuestamente diseñada para ayudar al traductor. Los valores de elegancia y enfoque en el usuario no se observan en ninguno de los productos que yo he tenido la ocasión (o más bien desgracia) de probar. Los ingenieros informáticos, que nunca son traductores, simplemente vienen con la solución previamente empaquetada y la depositan a los pies de los usuarios. Y cuando el usuario se queja de la baja calidad o de la falta de atención a las preocupaciones profesionales del traductor individual, los fabricantes de software se encogen de hombros con irritación y dicen: «A ver, dejad de lloriquear. Hora de apañarse».

Observemos la interfaz del programa líder en el mercado:

Trados pantalla traducción inglés traductor financiero

No es que sea un crimen contra la humanidad, pero es un atentado contra el buen gusto. Parece una pesadilla que tuvo Bill Gates durante una indigestión después de ver una exhibición bilingüe de Mondrian. Queda claro que no se ha hecho el más mínimo intento por crear una interfaz elegante que haga que sea placentero trabajar. Como dicen los argentinos frente al fútbol eficiente pero pedestre: no hay fantasía. Hasta hace poco yo utilizaba un portátil con una pantalla de 17 pulgadas y confieso que, pese a la multitud de miniajustes, nunca me sentí totalmente a gusto con esta interfaz. Ahora tengo un ordenador de 18,3 pulgadas y espero que esto alivie un poco la situación,

traducción tecnología traductor financiero

El Leviatán informático: ¿soberano benigno o déspota ilustrado?

pero sigue de todos modos en pie la observación de que el líder en el software de localización vive en un mundo prejobsiano. O más bien hobbesiano, donde el ingeniero domina el paisaje como un Leviatán inmutable y los requerimientos del campesinado traductoril quedan relegados a un segundo o tercer plano.

El Movimiento de Baja Calidad representa un estadio superior de este desprecio por el consumidor. Los intentos bizantinos de un Kirti Vashee o un Renato Beninatto por redefinir un concepto tan sencillo como «la calidad» simplemente equivalen a la misma encogida de hombros un tanto irritada del ingeniero. El bendito diálogo que promueven actualmente las empresas dedicadas a la traducción automática suele transitar un poco por la siguiente vía (puramente imaginaria):

Sube el telón:

1.- Un ideólogo de la Baja Calidad dice con una infinita ternura que «somos conscientes de que el producto de la TA sigue siendo de calidad menos que óptima, pero el problema es que la calidad ha dejado de ser un requisito indispensable en el mercado actual…».

2.- Inevitablemente, siempre hay un traductor que se pone de pie y exclama: «Hombre, no es que el producto sea de “calidad menos que óptima”, ¡es que es una mierda! Y dedicarme a poseditar esta bazofia a un céntimo por palabra simplemente significa que trabajaré tres o cuatro horas más al día por un tercio menos del dinero.»

3.- El ideólogo de la Baja Calidad hace una discreta señal y el personal de seguridad del hotel donde se celebra el congreso de localización se encarga de expulsar al molesto refusenik.

Baja el telón.

Este intercambio se da decenas de veces al día en todo el mundo, en persona y por Internet. Sospecho que la mayoría de los espectadores de estos intercambios suele identificarse un poco con ambos de los interlocutores en liza. Pero la carta bajo la manga que tiene el ideólogo de la Baja Calidad es que todos pensamos inconscientemente que, «sí, claro, la TA es una cagada ahora, pero en 2013 o 2017 o 2021 estará a años luz de donde está ahora».

A lo cual se debe hacer una observación: no está del todo claro que el problema de la traducción automática se resolverá únicamente mediante la Ley de Moore (es decir, mediante fuerza computacional bruta derivada de mayor capacidad de procesamiento).

Y ahora la segunda observación que le haría al quietista confiado en el progreso tecnológico: el ejemplo de Apple sugiere que los avances tecnológicos no suceden de forma aislada de otras fuerzas igual de importantes. Algunos factores son obvios, como los niveles de inversión que dedicamos a la innovación. Pero otros son más intangibles, como las exigencias de un solo individuo poderoso como Jobs o una comunidad que mira el estado actual de una tecnología y dice de forma unánime: «Lo siento, Pérez, pero esto es un bodrio. Vuelva a empezar de nuevo y regrese cuando tenga algo mejor que este zurullo decorado con lentejuelas».

Porque la voluntad humana (la objeción fastidiosa del humanista que critica la calidad del producto) no se puede descartar como motor del progreso tecnológico. Permítanme un ejemplo un poco dilatado. Hace diez años, era evidente que la explosión continuada en la capacidad de almacenamiento de datos estaba llevándonos a pasar de los CD a los mp3. Es decir, mucho antes de que Apple lanzara el iPod. Pero al lanzar su reproductor de bolsillo, Jobs cambió el rumbo de la tecnología y de la cultura musical al brindarnos una versión megapotenciada del Walkman y el Discman de décadas anteriores. Yo tengo un iPod clásico con una capacidad de 160 gigabytes. Alberga 17.000 canciones (la totalidad de mi biblioteca musical, unos 125 gigabytes) y ha transformado mi vida. Estoy convencido de que ninguna otra empresa habría cambiado mi vida del mismo modo.

Sin Jobs, estoy seguro de que tendría que andar a cuestas con un dispositivo con la mitad del almacenamiento y el doble del tamaño. Para darnos una idea, comparen este mamotreto, el Wolverine ESP de 120 gigas, con la elegancia minimalista de un iPod Classic. Ahora fíjense en el peso: mientras que el Wolverine pesa la vulgaridad de 2 libras (0,9 kilogramos), mi iPod me regala 40 gigabytes más a un peso de cinco onzas (0,14 kilos). Las respectivas fechas de lanzamiento de los dos productos no son tan diferentes. Si una raza alienígena aterrizase en la Tierra y comparase los dos dispositivos, llegaría a la conclusión de que el Wolverine es un antecesor lejano del iPod (quizás de la antigua Grecia) o que fue diseñado por una cultura primitiva que carecía del fuego y aritmética, mientras que el otro es el producto de un país poblado por Leonardos y Einsteins.

Sin Jobs, viviríamos felices cargando con nuestros dispositivos de diálisis de 900 gramos, como mulas de carga al servicio de Microsoft, porque no sabríamos que hay otras formas de hacer las cosas, otras formas de avanzar tecnológicamente, otros modos de soñar el futuro.

Si se me permite la analogía, creo que vivimos en un mundo paralelo de tecnología traductoril donde nuestro Steve Jobs se quedó viviendo en la India durante su juventud, perdido en una nube de filosofía zen y LSD. En lugar de regresar a la universidad a diseñar una versión más elegante de Trados o un programa de traducción automática fácilmente adaptable a la medida del individuo, el Steve Jobs lingüístico decidió dejarles la vía libre a las empresas inferiores que ahora nos acosan con sus productos mediocres.

Por supuesto, ninguno de nosotros es Steve Jobs, ni en términos de poder ni de simple capacidad de liderazgo. Pero somos una comunidad de usuarios que está más o menos harta de programas pesadísimos y costosos que se vienen abajo cuando los golpea una brizna de paja. De modo que mi invitación es a ser tan arrogantes e implacables como Jobs al exigir mayor calidad y menores precios a nuestros proveedores de productos informáticos y TA.

La lección de Apple es doble: 1) los ingenieros siempre pueden brindar soluciones más elegantes y eficientes si se les aplica la presión suficiente (al principio refunfuñan y dicen que es imposible hacerlo de otro modo, pero la magia de Apple es lograr que innoven bajo presión); y 2) los productos tecnológicos que sirven a las humanidades deben estar informados por la perspectiva del artista, humanista y (¿por qué no?) el traductor que emplea estas herramientas.

Pero el complejo de inferioridad del traductor frente al ingeniero silencia de antemano cualquier queja contra los productos de baja calidad. ¿Cuántos avatares fueron necesarios antes de que Trados te permitiera retroceder de una unidad a la anterior? La verdad es que si Jobs nos viera, nos gritaría con desprecio: «¡Sois unos capullos!» Este paralizante complejo de inferioridad es la contrapartida tecnológica del «culto de la pobreza» denunciado por Chris Durban, que mantiene a tantos traductores excavando carbón a oscuras con una pica y un pala en las minas mileurísticas de nuestros tiempos, cuarenta años después de que el hombre llegó a la Luna.

Humildad tecnológica y escasa ambición financiera son las sombras proyectadas sobre el muro de esta versión traductoril de la Alegoría de la Caverna.

Para concluir, observemos de nuevo al Mago de Cupertino durante el desarrollo del iMac:

Jobs tuvo que contener las objeciones planteadas por los ingenieros de montaje apoyados por Rubinstein, que tendían a plantear los inconvenientes económicos cuando se enfrentaban a los deseos estéticos y los variados caprichos de diseño de [Jony] Ive [jefe de diseño de Apple]. «Cuando se lo llevamos a los ingenieros —comentó Jobs— ellos plantearon treinta y ocho razones por las que no podían fabricarlo, y yo les dije: “No, no, tenemos que hacerlo”. Ellos replicaron: “Pero ¿por qué?”. Y contesté: “Porque yo soy el consejero delegado y creo que puede hacerse”, así que acabaron por hacerlo a regañadientes». (p.441)

Nadie que escribe o lee esto es el consejero delegado de una megacorporación. Pero somos los consejeros delegados de nuestras carreras, y de nosotros depende que la tiranía de los ingenieros no ahogue la exigencia de un mundo mejor, con más belleza y menos fealdad, con más tiempo libre y menos fatiga. Somos los humanistas encargados de exigir que la tecnología se someta a nuestros fines y no al revés. La sabiduría no consiste en adaptarse a las aberraciones del algoritmo, sino en saber hasta dónde este es útil. Y, sobre todo, en saber a partir de qué punto la aplicación del algoritmo comienza a distorsionar la realidad con su simplicidad inhumana.

Un traductor escapado de la caverna está ubicado en esa intersección entre la calle de la Tecnología y la calle de las Humanidades. Y apenas estamos en la infancia de la Revolución Informática. ¿Qué rumbo elegirá este traductor? ¿Cómo será el futuro que ayudará a crear?

Steve Jobs tecnología de traducción

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.