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¿Me estoy estupidizando debido a Internet?: “Superficiales” de Nicholas Carr


¿Nos estamos volviendo estúpidos debido al uso de Internet? Esta es la tesis incendiaria de Nicholas Carr en Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains), aunque al desarrollarla a lo largo de este libro lo hace de una forma más matizada y menos provocativa. El libro argumenta, primero, que todo medio cambia la forma en que gestionamos, consumimos y empleamos la información. Segundo, Internet está produciendo el cambio mental más dramático que se haya registrado en los últimos siglos.

Para apoyar esta tesis, Carr construye cuidadosamente tres pilares argumentativos que están íntimamente interconectados:

1.- Nos introduce al concepto de la neuroplasticidad. La investigación científica más avanzada en el campo de la neurología ha demostrado que el cerebro no es un receptáculo pasivo de información. El cerebro cambia físicamentesegún la clase de uso a la que se dedica. Diferentes partes del cerebro son estimuladas y responden a ese estímulo de una forma que implica la reorganización del órgano mismo. Entre otras cosas, Carr presenta al lector a una plétora de experimentos que demuestran que el consumo de la misma información en forma impresa o forma digital produce niveles de retención mensurablemente distintos.

superficiales carr portada

2.- El segundo concepto clave que maneja el libro es de la lectura profunda. Partiendo del famoso pasaje en el que San Agustín comenta que su maestro San Ambrosio tenía la insólita costumbre de leer en voz baja, Carr se hace eco de la idea adelantada por varios historiadores del libro de que el códice lentamente inauguró una forma concentrada de interrelacionarse con un texto que él denomina “lectura profunda”. Citando un poema de Wallace Stevens, el autor argumenta que “el silencio era parte del significado, parte de la mente” (p. 73) y contrasta este tipo de experiencia textual con la lectura dispersa e interrumpida del texto cargado de hiperenlaces.

3.- La otra idea fundamental a la que remite Carr una y otra vez es la del determinismo tecnológico. Desempolva la manida frase de McLuhan de que “el medio es el mensaje” y la emplea como caballito de batalla para apoyar su intuición de que el empleo intensivo de Internet cambia tanto la forma en que consumimos información como la forma misma en que pensamos.

Una vez introducidos estos conceptos, Carr presenta la tesis de que Internet es una tecnología de la distracción. Bajo esta perspectiva, la absorción de la cultura del libro por los e-readers representa un cambio dramático. Si tenemos presente el entrelazamiento que el autor intenta entre los tres conceptos enumerados anteriormente (la neuroplasticidad, la lectura profunda y el determinismo tecnológico), la tesis central del libro es que la transustanciación electrónica del libro no representa una mera transformación de la actividad social conocida como lectura sino de nuestros hábitos mentales mismos y, más aún, de nuestro patrimonio cultural:

Cuando un libro impreso… es transferido a un dispositivo electrónico conectado a Internet, se convierte en algo muy parecido a un sitio web. Sus palabras quedan envueltas en todas las distracciones del ordenador conectado a una red. Sus enlaces y demás aditamentos digitales impulsan al lector en esta y aquella dirección. Pierde lo que el difunto John Updike llamaba sus “bordes” y se disuelve en las vastas y tempestuosas olas de la Red. La linealidad del libro impreso se resquebraja, junto con la serena atención que provoca en el lector. Las funciones avanzadas de dispositivos como el Kindle y el iPad probablemente aumenten la probabilidad de que leamos libros electrónicos, pero la forma en que los leemos será muy distinta a la forma en que leemos ediciones impresas. (p. 104)

La primera generación de e-readers no conllevaba este peligro. Los primeros Kindles permitían consultar algunos blogs y visitar la tienda en línea de Amazon, pero poco más que eso. Con el iPad surge la posibilidad de crear libros electrónicos recargados de hiperenlaces que se pueden consultar durante una sesión de cibersurfeo. Carr sugiere que lejos de desaparecer (como auguran los más histéricos), el libro se convertirá en una pestaña más de nuestros navegadores.

¿Hasta qué punto me alarma el futuro disléxico bosquejado por Carr? No me considero un tecnófobo. Me parece obvio que cualquier innovación tecnológica genera ansiedades a menudo infundadas. Un ejemplo reciente es la sospecha omnipresente de que los móviles podían causar cáncer cerebral. Aunque no soy adicto al móvil, realmente nunca vi ninguna evidencia fiable de que estos teléfonos fueran tan nocivos.

Por otro lado, sí soy escéptico respecto a la capacidad del cerebro humano para ejecutar eficazmente más de una tarea compleja a la vez. Cada vez que veo un programa de televisión o escucho un podcast mientras surfeo por Internet, soy consciente de que mi retención del programa o el podcast es muy pobre. Mi cerebro ha estado más enfocado en el cibersurfeo que en el contenido que estoy absorbiendo “pasivamente”.

Ahora bien, siempre cabe la posibilidad de que personas diez años más jóvenes (los llamados “nativos digitales”) tengan cerebros mejor adaptados al multitasking que el mío. Gracias a que sus materias grises se moldearon dentro del entorno de múltiples estímulos simultáneos, quizás pueden desempeñar con distinción más de una tarea intelectual mediante el empleo simultáneo de varios dispositivos digitales.

Es posible, pero lo dudo. En todo caso, la investigación científica debería tener la última palabra. Y los resultados iniciales no parecen ser muy favorables para los nativos digitales.

Dejando a un lado las investigaciones por venir, ¿hasta qué punto percibo en mí mismo, aquí y ahora, los síntomas que describe Carr: dispersión, incapacidad para concentrarme en un solo texto, pérdida de intensidad lectora? ¿Percibo en mí ese zumbido constante del lector-colibrí que salta de un texto a otro sin detenerse para ejercer su poder de “lectura profunda”?

Me parece que, efectivamente, la lectura por Internet gana en diversidad lo que pierde en intensidad. A veces me abisma las veces que comienzo a leer un artículo largo y cuánto tardo en terminarlo. Constantemente estoy cliqueando en el correo electrónico, actualizando mi cronología de Twitter y revisando mi perfil en Facebook. Cinco minutos después regreso a la pestaña con el artículo que me interesa y me doy cuenta de que en media hora no he avanzado más de cinco o seis párrafos debido al incesante ir y venir de mi conciencia-cursor.

No obstante, aunque estoy convencido de que mi cerebro probablemente se está adaptando a la Red de las formas en que describe Carr, no considero que nuestros medios de comunicación funcionen de una forma tan determinista como la pinta el autor. Dicho de otro modo, no creo que uno tenga necesariamente un “cerebro cibernético” o un “cerebro lector” y que se trate de una disyunción exclusiva. Tengo la impresión de que la idea de la neuroplasticidad milita contra cualquier clase de determinismo. Es por este lado que advierto una flaqueza en la argumentación de Carr. Ha exagerado demasiado el efecto que tiene cualquier medio nuevo sobre el cerebro y en ningún momento entretiene la posibilidad de que un mismo cerebro pueda adaptarse a diferentes medios simultáneamente. O sea, que podamos tener una mente acoplada tanto a Internet como a un manuscrito del siglo primero antes de Cristo.

En resumen, considero que vale la pena tener en cuenta los posibles cambios que, según Superficiales, se producen en nuestros cerebros durante nuestra inmersión diaria en Internet. Hay que cuidar la dieta informativa que consumen nuestras mente en la misma medida que cuidamos los alimentos que ingerimos. La clave, no obstante, consiste en asegurarse de que la dieta sea tan diversa como sea posible. Lo cual implica asegurarse de que dediquemos un par de horas diarias a uno de los medios tecnológicos más eficientes y revolucionarios que jamás se hayan inventado: el humilde códice.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com