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Fundéu ataca de nuevo: traducción, voz pasiva y consejas de viejas


Quod natura non dat, Salmantica non praestat.

You can take the boy out of Texas, but you can’t take Texas out of the boy.

Uno de los gajes de este oficio es que uno está expuesto de forma periódica a las recomendaciones paternalistas de Fundéu sobre cómo esquivar el pecaminoso anglicismo. Para esta clase de instituciones, la traducción es un problema y un peligro, no una actividad cultural enriquecedora. Cual celosos guardacostas lingüísticos, los empleados de Fundéu están constantemente a la caza del extranjerismo coleado en alguna patera procedente del Canal de la Mancha.

El problema con las instituciones no sujetas a control democrático es que se les suele ir la mano. Se otorgan a sí mismas más que suficiente soga para ahorcarse. Un ejemplo de la normatividad desbordada lo tenemos en una pieza publicada hace algunos meses: La traducción, consejos básicos, firmada por dos profesores de periodismo de la Universidad Europea de Madrid. Antes que nada, llama la atención que dos catedráticos que no son traductores sean los convocados a instruir al público sobre lo que se debe y no se debe hacer al ejercer la actividad de la traducción. Y a partir de allí, todo es cuesta abajo.

El texto arranca con un consejo inicial de una condescendencia tan sublime que flirtea con lo insultante. La recomendación inicial es nada más y nada menos que hay que «ser fieles al original».

A partir de allí, la caída es prácticamente vertical.

Siguen recomendaciones completamente insondables por su absoluta falta de conocimiento de la lingüística:

…es habitual que quienes traducen del inglés incluyan muchas más oraciones en voz pasiva de las que habitualmente emplea el español. Algunas son sencillamente incorrectas (las que se forman con verbos intransitivos en español); otras, poco naturales en nuestra lengua, que tiende a la voz activa tanto como el inglés a la pasiva.

Francamente, estamos en el reino de lo que podríamos llamar «realismo mágico gramatical». Esto es una ruidosa colisión entre la normatividad en castellano con la guerra que sus primos hermanos ingleses han luchado desde hace siglos contra la voz pasiva. Lo que los une: la lucha totalmente histérica en ambos idiomas contra la voz pasiva (fruto de un prejuicio tonto sin ningún fundamento científico). Realmente asombra el desparpajo con el que los autores lanzan al aire estos datos absolutamente espurios.

Lo más chocante es que la afirmación en cuestión es completamente empírica y verificable. Cabe la pregunta: ¿en qué estudios lingüísticos se basa esta proposición de que «el inglés tiende más a la voz pasiva que el español»? Pues yo te lo puedo decir: absolutamente en ningún estudio empírico, aparte de la fértil imaginación de los autores y el pesado fardo de la tradición de sinsentidos normativos que ellos se encargan de transmitir de forma completamente acrítica.

Estos hispanohablantes ignoran que los mismos fundamentalistas del idioma inglés llevan siglos luchando contra la voz pasiva basados en argumentos tan imaginarios como baladíes («la voz pasiva es débil, es indicativa de pensamientos pasivos», etc.).

Si nos obsesiona tanto la voz pasiva (y poseemos un mínimo de curiosidad intelectual), no creo que sería tan difícil asignar a un ordenador, un programa básico de análisis de corpus lingüísticos y un becario nimileurista la tarea de generar algunos datos sobre la frecuencia de la voz maldita en los respectivos idiomas. Hasta entonces, el reino de las recomendaciones de uso seguirá inmerso en un Hades precopernicano donde también conviven los horóscopos, el cartílago de tiburón, el vudú y la homeopatía.

Pero, sorpresa, he aquí que hace ya más de veinte años una lingüista llamada Carmen Gómez Molina analizó diversos corpus para medir la frecuencia del uso de la pasiva y llegó a la siguiente conclusión (tajante):

El número de construcciones pasivas en inglés no es superior al calculado en los corpus españoles, y en el alemán parece haber menos. (…) Hasta que se demuestre lo contrario, no parece que el español emplee menos fórmulas pasivas que las lenguas con las que se le compara de costumbre. Incluso a veces sucede lo contrario, sin diferencia de género y en cada género en particular. Las intuiciones y la repetición de lugares comunes deberían evitarse. (Josse De Kock, Carmen Gómez Molina, Las formas pronominales del verbo y la pasiva, pp. 99-100)

«Las intuiciones y la repetición de lugares comunes deberían evitarse.» En mis sueños más autoritarios, los fanáticos de la normatividad tendrían que tatuarse esta oración en la frente.

Resulta que a veces aunque la naturaleza no lo haya dado, Salamanca sí lo presta, pero hay que estar lo suficientemente avispado para aceptar dicho préstamo. Ahora bien, mi pregunta es la siguiente: si el Estado español invirtió dinero hace dos décadas para que dos catedráticos salmantinos llegasen a esta conclusión científica, ¿cómo es posible que un cuarto de siglo después la noticia no haya llegado a la Escuela de Periodismo de la Universidad Europea de Madrid? ¿Será un problema de comunicación? ¿Quizás el mal estado de las carreteras que comunican a Madrid con Salamanca? ¿Falta de disponibilidad de Internet en una de las dos ubicaciones? No lo sé.

Cuando yo estudiaba en pregrado, uno de las formas más facilonas de sentirse superior era reírse de la ignorancia de los estudiantes de comunicación social. No sé si esos estereotipos seguirán vigentes, pero, de ser así, quizás un paso hacia adelante para superarlos sería incluir algún cursillo sobre lingüística dentro de la carrera. Y quizás no estaría de más hacer la misma recomendación a las escuelas de traducción e interpretación, ya que sus graduados no se quedan muy a la zaga a la hora de transmitir estas consejas de viejas durante su diario quehacer.

En resumen, resignémonos a que los académicos de la lengua (que no científicos de la lengua) siempre verán la traducción como una actividad sospechosa que se debe vigilar con el mismo cuidado con que la policía inglesa vigila las puertas de la embajada de Ecuador en Londres. Pero ruego encarecidamente a los señores de Fundéu que antes de lanzar al ciberespacio un texto que 1) obtendrá una difusión extensa debido al prestigio de Fundéu y la ansiedad un poco histérica que siente la gente al usar su propio idioma, y 2) permanecerá rebotando por Internet durante muchos años debido a la persistencia de los mensajes electrónicos, consulten a un lingüista de trayectoria reconocida o a una traductora de buena reputación. Solicito humildemente que, a la hora de advertir a los traductores que anden con cuidadito, al menos tengan la cortesía de emplear a personas realmente cualificadas para al menos no seguir esparciendo leyendas y mitos estúpidos sobre el lenguaje.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

«Gran Bretaña» es y no es el «Reino Unido», o las trampas de la normatividad


Cuando le preguntas a un inglés cuál es la diferencia entre Gran Bretaña y el Reino Unido, responde como un soldadito bien entrenado que Gran Bretaña es la isla donde se encuentran Inglaterra, Escocia y Gales, mientras que el Reino Unido, en contraste, es la entidad política que reúne a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Esta distinción queda reflejada en una advertencia emitida por la Fundéu hace algunas semanas:

Términos que no deben emplearse indistintamente.

Recuérdese que Gran Bretaña está formada por Inglaterra, Escocia y el País de Gales; y el Reino Unido por Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Por tanto, Gran Bretaña no es sinónimo de Reino Unido, puesto que se deja fuera a Irlanda del Norte y que tampoco lo es Inglaterra, que solo es una parte del país, como lo son Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

Ahora bien, esto es técnicamente correcto, por cuanto corresponde con el concepto estricto que se emplea para hablar de este país. El problema es que la regla según la cual «Gran Bretaña» no coincide con el «Reino Unido» no se respeta en muchos usos de estos términos por parte de los mismos británicos. Si se escucha a un inglés hablar de «Britain» e incluso «Great Britain» y se le pregunta si está excluyendo explícitamente de su afirmación a Irlanda del Norte, en el 99% de los casos te dirá que no, que estaba usando estos términos en sentido laxo. Gran sorpresa: el uso lingüístico se desvía con frecuencia de la norma y el concepto. Por eso, traducir sus afirmaciones al español como «Gran Bretaña» en lugar del «Reino Unido» sería incorrecto. En este caso, «Great Britain» es el «Reino Unido», en contradicción directa de la advertencia de Fundéu. Dicho de otro modo, el traductor o revisor que imagina que el término «Britain» en muchos de sus textos se debe traducir como Gran Bretaña se está equivocando rotundamente. En muchos casos, debe traducir este término usando «Reino Unido», porque el hablante no está excluyendo a Irlanda del Norte de su afirmación. Lo que quisiera ilustrar es que afincarse excesivamente sobre las definiciones lexicográficas sin tener en cuenta el contexto del uso te llevaría a cometer errores de traducción. Y lo que distinguirá a un buen traductor de un gran traductor es tener esa sabiduría que no está en los libros. Es importante saber apartarse de nuestros doctos diccionarios y normas cuando así lo dicten el sentido común y el respeto por las idiosincrasias del uso.

Me parece un ejemplo perfecto de los errores en los que podemos incurrir al creer que hay una correspondencia unívoca entre nuestros conceptos, nuestras palabras y nuestra realidad. Y creo que esta es una de las principales flaquezas de la normatividad a ultranza de ciertas instituciones lingüísticas: creer que la definición del diccionario tiene alguna clase de precedencia sobre el uso, o que incluso refleja tanto el uso como el concepto exhaustivamente. Un diccionario no es una autoridad, ni una descripción del uso, ni una descripción completa de nuestros conceptos. Es un poco de todas estas cosas a la vez y ninguna. Y por eso debemos aprender a utilizarlo como una herramienta y no como una recopilación de leyes. Desconfía de todo aquel que bese el libro después de cerrarlo.  

Aprender reglas es fácil. Los chimpancés son tan buenos como los seres humanos para eso. Es muchísimo más difícil prestar atención a las sutilezas del uso y las trampas conceptuales del lenguaje. Una de estas dos habilidades es la que distingue a un profesional realmente útil. Adivina tú cuál es cuál.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

La distinción traductor/intérprete ahora es parte de la jurisprudencia en EE.UU.


Confieso que no me gusta demasiado la distinción entre traductor, entendido como persona que se dedica a traducir textos escritos, e intérprete, persona que traduce textos orales. Tanto en español como en inglés, choca contra el uso del 80% de los hablantes, lo cual lo convierte en un cultismo que puede degenerar en lo pedante o una acepción técnica que alguien del público general no tiene por qué conocer. A mi modo de ver y basándome en el uso, no es incorrecto denominar traductor a un intérprete, aunque denominar intérprete a alguien que está traduciendo un documento sí es claramente incorrecto. Claro que en mi andar diario respeto la distinción escrupulosamente, pero tampoco miro mal a quien no la conoce.

Resulta que esta semana la Corte Suprema de Estados Unidos dictó sentencia en un caso que tiende a darle más claridad a esta distinción. Un jugador de béisbol se aloja en un hotel japonés de Saipán y se lesiona. El jugador demanda a la cadena de hoteles en los juzgados de Estados Unidos por daños y perjuicios. Pierde el caso. La cadena de hoteles exige que el jugador-demandante les resarza por los costes de traducción de documentos escritos en virtud de una ley que otorga el derecho al demandado victorioso a reclamar gastos de «interpretación». El beisbolista se negó a pagar los 5.000 dólares al alegar que la ley se refiere exclusivamente a servicios de interpretación y no a la traducción de documentos escritos. La Corte Suprema falló a favor del jugador lesionado. Estoy de acuerdo porque, como observé ene el párrafo anterior, llamar al traductor de un documento escrito un intérprete vacía a la palabra de cualquier significado.

Para llegar a esta conclusión, el tribunal supremo de Estados Unidos, en una decisión mayoritaria redactada por el magistrado Samuel Alito, se basó en un análisis de diccionarios publicados hacia 1978, fecha de promulgación del estatuto que ordenaba el reintegro de estos costes a los demandados por alegatos falsos. Cito la decisión mayoritaria:

It is telling that all the dictionaries cited above defined “interpreter” at the time of the statute’s enactment as including persons who translate orally, but only a handful defined the word broadly enough to encompass translators of written material. See supra, at 5–7. Although the Oxford English Dictionary, one of the most authoritative on the English language, recognized that “interpreter” can mean one who translates writings, it expressly designated that meaning as obsolete. See  supra, at 6. Were the meaning of “interpreter” that respondent advocates truly common or ordinary, we would expect to see more support for that meaning. We certainly would not expect to see it designated as obsolete in the Oxford English Dictionary. Any definition of a word that is absent from many dictionaries and is deemed obsolete in others is hardly a common or ordinary meaning.

La decisión minoritaria, redactada por la magistrada Ruth Bader Ginsburg, afirma lo siguiente:

In short, employing the word “interpreters” to include translators of written as well as oral speech, if not “the most common usage,” ante, at 8, is at least an “acceptable” usage, ibid. Moreover, the word “interpret” is generally understood to mean “to explain or tell the meaning of: translate into intelligible or familiar language or terms,” while “translate” commonly means “to turn into one’s own or another language.” Webster’s 1182, 2429. See also Random House Dictionary of the English Language 744, 1505 (1973) (defining the transitive verb “interpret” as, inter alia, “to translate,” and “translate” as “to turn (some­thing written or spoken) from one language into another”).

En general, me parece que al citar esta lectura de un solo diccionario, Ginsburg entra en territorio dudoso (más aún al conceder que el uso defendido no es el más común pero sí es aceptable). Más convincente me parecen las citas que proporciona de varias decisiones muy recientes donde se habla del intérprete como alguien que traduce o puede traducir textos escritos.

Obviamente, los hechos y nuestras interpretaciones, tanto en lo legal como lo lingüístico, no son blancos ni negros. Es bueno tenerlo en cuenta a la hora de desenfundar nuestras espadas por este o aquel uso de una palabra.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Fundéu y la traducción de «fiscal compact»


Jeff: Webster’s dictionary defines… Annie: Stop! “Webster’s dictionary defines”?! That’s the Jim Belushi of speech openings! It accomplishes nothing, everybody keeps using it, and nobody knows why. —Community, “Urban Matrimony and the Sandwich Arts”


Dicen que para quien tiene un martillo, todos los problemas parecen clavos. Yo añadiría que quien tiene un martillo y carece de oficio útil empieza a ver clavos donde ni siquiera hay problemas. Y se lanza a martillar salvajemente sobre todo cuanto Dios creó, como un niño inquieto que no se ha tomado su medicamento antihiperactivo.

Uno de los problemas con la lucha contra los falsos amigos es que lleva gradualmente a la sospecha paranoide de que todos los amigos son falsos.

Hace un par de meses, circuló el siguiente ukaz de la Fundéu, típico de esta época de crisis de deuda soberana (lo copio en su totalidad):

La expresión pacto fiscal, traducción habitual en los medios de fiscal compact, puede resultar ambigua en español, por lo que se recomienda traducirla por pacto presupuestario.

El adjetivo fiscal tiene en inglés un doble sentido, que puede dar lugar a cierta confusión cuando se traduce al español. Por un lado alude a lo ‘relativo a aspectos tributarios o impositivos’, pero por otro, a ‘la relación entre ingresos y gastos públicos’, es decir, a la política presupuestaria de un país, que en inglés se denomina fiscal policy.

En el caso del fiscal compact, pacto que se abordó en la cumbre del pasado 30 de enero como parte del nuevo Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, no solo los medios, sino también diversas instituciones lo tradujeron como pacto fiscal, cuando, dado que se refiere al control presupuestario de las Haciendas públicas, hubiera resultado más apropiado traducirlo por pacto presupuestario.

Se recomienda por tanto, tal como propone el servicio de terminología del Consejo de la UE, traducir el adjetivo inglés fiscal por presupuestario, de la Hacienda pública o de las finanzas públicas y restringir el uso de los adjetivos españoles fiscal, impositivo, tributario y contributivo para traducir el término inglés tax.

Demasiada tela para tan poco tiempo. ¿Por dónde empezamos? Comencemos por esta afirmación, que es la premisa básica:

El adjetivo fiscal tiene en inglés un doble sentido, que puede dar lugar a cierta confusión cuando se traduce al español. Por un lado alude a lo ‘relativo a aspectos tributarios o impositivos’, pero por otro, a ‘la relación entre ingresos y gastos públicos’, es decir, a la política presupuestaria de un país, que en inglés se denomina fiscal policy.

Primero, hay que decir que, en lo que a dobles sentidos se refiere, estamos en terreno movedizo. Cualquier persona mínimamente cuidadosa se daría cuenta de que estos dos sentidos están íntimamente relacionados. Los aspectos tributarios o impositivos son una parte esencial de la relación entre ingresos y gastos públicos, de modo que nos vendría bien movernos con cierto cuidadito. El problema es que el traductor no especializado en finanzas, a quien nada de esto le interesa, le resulta más fácil registrar el dato “fiscal en inglés no es igual a fiscal en español” y seguir de largo.

Pasemos ahora al análisis. Lo primero que quisiera señalar es que es falso que el adjetivo fiscal en inglés tenga un doble sentido. Consultemos los diccionarios monolingües en inglés para comprobarlo.

Esta definición está tomada del Webster:

Definition of FISCAL

1

: of or relating to taxation, public revenues, or public debt

¿Alguien observa aquí algún doble sentido? Yo lo que veo es una constelación de significados con un parentesco estrecho.

Veamos dictionary.com:

fiscal [fis-kuhl]    adjective

1. of or pertaining to the public treasury or revenues: fiscal policies.

2. of or pertaining to financial matters in general.

¿Dónde está ese traicionero doble sentido? Hasta ahora, en las cabezas de Fundéu. Visitemos los diccionarios Cambridge para no despreciar el inglés británico:

fiscal

adjective /ˈfɪs.kəl/ specialized

Definition

connected with (public) money

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero creo que queda demostrado que no hay tal doble sentido en inglés. Lo que sí hay es un sentido restringido de la palabra y otro uso más general. En el sentido restringido, la palabra se refiere exclusivamente al tema tributario, a las tasas impositivas y los diferentes tributos que movilizan los gobiernos para recaudar fondos. En el uso más amplio, se refiere tanto a los impuestos que recaudan como los gastos en que incurren los gobiernos. Ahora bien, esto no es evidencia de un doble sentido. El hablante de inglés percibe la diferencia, que es bastante sutil, gracias al contexto sin mayores problemas. Tanto es así que ningún diccionario inglés ha considerado que esta elasticidad sea lo suficientemente acentuada como para merecer una mención o, alternativamente, la división en dos acepciones distintas (alguien mínimamente familiarizado con el tema financiero añadiría que se trata de una distinción escolástica).

Ahora bien, pasemos del otro lado de la puerta, al castellano. ¿Hay una distinción nítida en el uso del adjetivo «fiscal» en español que exija restringirlo solo a los aspectos relativos a los impuestos?

Veamos el DRAE. No tiene una entrada para el adjetivo, pero el sustantivo «fisco» indica lo siguiente:

fisco.

(Del lat. fiscus).

1. m. Erario, tesoro público.

2. m. Conjunto de los organismos públicos que se ocupan de la recaudación de impuestos.

Diferentes fuentes en línea que se consultan con rapidez tampoco revelan una distinción tajante entre lo fiscal como presupuestario y lo fiscal como recaudatorio:

fiscal adj.

1   Relativo al fisco: licencia fiscal; reforma fiscal.

Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.

fiscal

adj. Relativo al fisco o al oficio de fiscal.

Diccionario Enciclopédico Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L.

fiscal

adj fiscal ['fiskal] relativo a la hacienda pública

ayuda fiscal

Alguien quizás está levantando la mano para objetar que las definiciones españolas hablan del fisco, que solo recauda impuestos, pero el fisco pertenece a las atribuciones de hacienda, que Wikipedia describe del siguiente modo:

La administración fiscal o fisco al conjunto de órganos de la administración de un Estado encargados de hacer llegar los recursos económicos a las arcas del mismo, así como a los instrumentos con los que dicho Estado gestiona y recauda los tributos, englobando tanto los ingresos como los gastos, lo cual supone tanto la planificación de los tributos y demás ingresos del estado (precios públicos, loterías, sanciones, etc.), como la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado para su aprobación por el órgano correspondiente (Congreso, Parlamento u otro). La hacienda pública depende normalmente del Ministerio de Economía y hacienda (aunque esto dependerá de la organización del Gobierno por la que se opte).

Dicho de otro modo, lo fiscal se refiere tanto al egreso (presupuesto) como al ingreso de fondos (impuestos) de las arcas del Estado.

¿Entonces a qué viene la eterna vigilancia que ahora obliga a miles de traductores a andar con un poco más de desconfianza en su uso de términos tan cotidianos como el adjetivo «fiscal»?

La normatividad es una herramienta de cohesión cultural diseñada para evitar que haya un grado de heterogeneidad tan grande que entorpezca la comunicación dentro de una misma lengua. Pero el logro de ese objetivo se ve obstaculizado por la acumulación de recomendaciones inútiles o simplemente erróneas.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Las aventuras de «Varilla caliente»: ficción erótica traducida por ordenador


 
                                                  «Bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa 
                                            de disección, de una máquina de coser y un paraguas»
 

Ray Kurzweil dice que cada vez está más cerca el momento en que tendremos máquinas inteligentes. Cabe la pregunta de si también tendrán una imaginación sexual. Y desde allí solo hay un paso a rumiar sobre cuáles serán sus preferencias. No tengo una respuesta sencilla a esta pregunta, pero gracias a un experimento poco divulgado en el área de la traducción automática, ya contamos con un atisbo de la Edad de las Máquinas Inteligentes y (Tal Vez) Copulantes.

El relato es uno de los Kindle Singles disponibles en Amazon. Según los gurús de la industria de la localización, las crecientes montañas de contenido de baja calidad exigen legiones de poseditores y millones de motores de traducción de baja calidad. Pues bien, ya hay pioneros que se han adelantado al valiente mundo nuevo de las traducciones literarias hechas por ordenadores para otros ordenadores seres humanos que no exigen demasiadas florituras estilísticas en su ficción.

El título es Varilla caliente. El original se intitula Hot Rod, lo que brinda un ejemplo interesante de la forma en que un ordenador maneja la polisemia. El objeto del deseo de la protagonista se llama Rodney, o Rod, así que hay tres significados posibles: el automovilístico; la referencia al atractivo sexual del protagonista; y la insinuación fálica. El ordenador, ni corto ni perezoso, apuesta sin ninguna clase de pudor por el crudo significado sexual. Lo que pinta bien para el sexo masculino: el futuro sexual humano-maquinístico no tiende demasiado a la indirecta seductiva, sino que va directo al grano, como todo un macho impaciente.

Leah es una mujer divorciada que se muda de regreso a su pueblo natal a vivir en la casa de sus padres difuntos. Pese a que su matrimonio no duró, la joven alberga buenos recuerdos del sexo con su ex:

Relaciones sexuales con su esposo, Esteban, había sido salvajemente apasionado. Lo habían hecho en todas las habitaciones de la casa y en todo momento del día.

De hecho, Esteban era tan buen amante que su ex esposa, cuya memoria quizás queda nublada por el placer, tiene problemas a la hora de recordar su nombre. En la siguiente oración, este Valentino sufre una abrupta metamorfosis, como si fuera una partícula cuya posición y movimiento fuera imposible de determinar simultáneamente con exactitud:

Steven había sido tan apasionado en su hacer el amor como él estaba haciendo negocios.

Perdida en sus reminiscencias apasionadas, la sintaxis de Leah comienza a resquebrajarse:

Él era un animal, y era que prima, sexo sexual, los animales que Leah se perdió.

¿Alguna perversión escandalosa? ¿Un guiño intertextual a Molly Bloom? Eh, sí… quizás… ¿quién sabe?

Avanza la trama. Resulta que el carpintero que Leah contrata para hacer reformas en la casa de sus padres es un antiguo compañero del instituto, la “varilla caliente” que brinda su nombre a esta excursión literaria. Rodney es un hombre sencillo, de clase obrera, pero con cualidades que pronto lo empujarán al primer plano de las predilecciones sentimentales de Leah (el libro tiene 17 páginas y solo dos personajes, de modo que el suspenso no es precisamente el punto fuerte):

Rodney no era sexy o guapo en una especie de manera glamorosa. recurso de Rodney vino de su personalidad más que nada.

A medida que tiene más contacto social con su ex compañero de clases, Leah comienza a notar más y más encantos físicos:

Era un buen tipo, muy humilde, y tuvo el más lindo culo que Leah se había visto en su vida, o uno de los más lindos, y ella no le hubiera importado apretando de vez en cuando.

Sigamos. El relato es corto: Leah invita a Rodney a un baile o Rodney invita a Leah (no es fácil comprender) al «club de país». Creo que Rodney baila bien, aunque la sintaxis y la ortografía del ordenador dificultan un poco la interpretación del texto:

Pero Rodney, oh mi Dios, ¿era un bailarín. Si era tan bueno en la cama cuando estaba en la pista de baile, Leah se han encontrado al hombre perfecto.

A partir de este momento, la lectura se vuelve cada vez más difícil, bien sea por el carácter experimental del autor o por la falta de pericia sexual del traductor. También es posible que el vino ingerido por los protagonistas esté interfiriendo con la inteligibilidad de la conversación y que estemos ante un ejemplo de flujo de conciencia:

“¿Más vino?”, Preguntó. –Claro-dijo, después de ella a la cocina. Se sirvió el vino. “Hacer un brindis”, dijo. Rodney estaba pensando en ello. “He aquí a un chico y una chica que se codeaban todos los días durante seis años, y no se matan unos a otros.” “Muy buena,” dijo Leah.

Y en este punto Rodney se despeña por una serie de reminiscencias completamente incomprensibles sobre una especie de régimen de trabajo forzoso (y ligeramente perturbador) en el instituto donde estudiaron juntos:

“Piense en ello, Leah. Éramos niños, probablemente los doce años, y nuestros cuerpos se vieron obligados, literalmente, unos contra otros, porque había muchos de nosotros y nuestros armarios estaban uno junto al otro, hasta el día que nos graduamos. Esos son años difíciles. Nunca lucharon por la sala de codo.

¿Qué horrores sucederían en esta misteriosa sala de codo? Pasemos por alto los extraños rituales de apareamiento en el Medio Oeste norteamericano. Porque ahora viene lo bueno. Comienza la acción. Varilla y Leah/Lea/Lía se traban en ardiente combate. Pero, de forma casi sistemática, el glosario empleado por el programa de traducción frustra cualquier titilación potencial. Es como si el relato hubiese sido censurado por un inquisidor puritano pero con sentido del humor un poco juguetón:

Ella se moría por tener uno de esos duros de diapositivas de trabajo gruesos dedos dentro de ella.

O mi favorita:

Ella se agachó y se indica la construcción a través de sus pantalones.

Una de las exigencias de la ficción erótica escrita para mujeres es que el sexo no puede ser simplemente sexo. Pese a su brutal literalismo, nuestro ordenador respeta estas convenciones. El placer es tan intenso que logra distraer a Leah de sus cavilaciones científicas:

Cuerpo de Leah estaba más que listo para el sexo, pero Leah estaba sorprendido por sus sentimientos que fueron mucho más allá de la física hoy.

Extraña chica, esta Leah. Una vez que Rodney logra que la mujer deje de pensar en Heisenberg y Marie Curie (¿una táctica para demorar el orgasmo, quizás, como Woody Allen pensando en el béisbol?), el clímax se acerca. En su apogeo, el sexo entre Rodney y Leah suena como una versión al español —no totalmente desprovista de mérito literario— de un poema erótico de e.e. cummings:

Se inclinó hacia delante y empezó a coger él, realmente lo mierda, duro y rápido, gimiendo libremente y en voz alta como su intensificación del placer.

En fin, me alegra reportar que los dos protagonistas culminaron exitosamente su encuentro y que el mismo fue mutuamente satisfactorio, tanto en lo físico y lo científico como en lo emocional.

¿Se trata de una ligada de una sola noche o el comienzo de una hermosa amistad (o algo más)? Como preguntaban las Shirelles en su exquisita versión de las letras de Carole King: «Will you still love me tomorrow?»

En el mundo algorítmico de la traducción automática, las verdades no son concluyentes sino estadísticas. Las relaciones no son estables sino probabilísticas. Somos solo átomos flotando en el vacío cuántico que forman aleaciones fugaces con otros átomos. Sin embargo, el futuro pinta bien para Leah y su Varilla Caliente:

Ella cubierto de Rodney brazos por encima de su cuerpo, y se quedó dormido en los brazos de Rodney Lawton.

Que, parafraseando, significa: «Y fueron felices y comiendo faisanes». O, como sugiere Google Translate: «They were happily ever after».

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.


Ceci n’est pas une traduction


El anglicismo innecesario y el exceso de anglicismos son vicios que añaden vulgaridad al texto, no cabe duda. A mí particularmente me choca el uso de la palabra «commodities» en lugar de «materias primas». La palabra en inglés no añade nada conceptualmente al español. Sin embargo, el traductor financiero que no esparce el término commodities al menos un par de veces en un informe sobre la evolución del algodón o el petróleo está colocando un letrero inmenso sobre su texto que dice «ESTO ES UNA TRADUCCIÓN».

Hay un poema de Borges que reza «La meta era el olvido. Yo llegué primero». De un modo paralelo al poeta menor de Borges, la meta del traductor es la invisibilidad. Ceder a algunos de los vicios de la comunidad para la que se traduce tal vez te ayude a alcanzar esa meta primero. Es una forma sutil de colgar un letrero disimulado y engañoso que dice «ceci n’est pas une traduction».

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

¿El globés de Mourinho conquista Inglaterra?


La empresa de gestión de activos Henderson Global Investments ha lanzado una campaña publicitaria en el Reino Unido basada en la imagen de Jose Mourinho, técnico actual del Real Madrid y ex entrenador del Chelsea. La campaña descansa en el hecho de que la misma palabra, manager, se emplea para describir tanto a las empresas gestoras como a los entrenadores de fútbol. Los anuncios funcionan gracias a esta polisemia. El chiste es que se pueden referir tanto a la elevadísima autoestima del técnico portugués como a la empresa de administración de fondos de inversión.

Lo curioso es que todas las citas en inglés de la campaña contienen errores gramaticales. Los encargados de la publicidad de Henderson no corrigieron los errores de Mourinho.

Un anuncio dice: «Which manager

Mourinho inglés globés gestión de activos

is ‘special one’? Is this trick question, my friend?» («¿Cuál técnico es el especial? ¿Bromeas, amigo? »). Las reglas del inglés correcto exigen algo más por el estilo de «Which manager is the ‘special one’? Is this a trick question, my friend?»

Otro dice: «I ask my team for 110%. If they give me more is OK too» («Le pido a mi equipo que se esfuerce al 110%. Si se esfuerza más, no me quejo»). Esta última oración exige ser reescrita como «I ask my team for 110%. If they give me more, that is OK too».Mourinho inglés Henderson gestión de activos publicidad

¿Significa esto que el globés, la versión del inglés hablada por quienes no tienen ese idioma como lengua materna, se está imponiendo al inglés escrito incluso en el Reino Unido? De ningún modo. La campaña se centra en la imagen de Mourinho y la imagen que tienen los ingleses del estratega portugués es la de un extranjero con un ego hipertrofiado que habla el idioma con el descuido propio de alguien más allá del bien y del mal. Mourinho es la clase de persona a la que le puedes corregir el globés y pasará totalmente de largo porque él hace más o menos lo que le viene en gana.

Por eso es que la campaña contiene citas macarrónicas: el inglés deficiente es parte de la imagen del técnico. La agramaticalidad del globés mourinhista es un mensaje metalingüístico. Una perla que recuerdo de mis lecturas Roland Barthes es que la literatura a menudo emplea ciertas convenciones no realistas para connotar cierta información de forma inmediata. Por ejemplo, Hercule Poirot a menudo termina sus oraciones con un «n’est-ce pas». Lo que señalaba Barthes es que nadie habla así; ningún francés esparce frases francesas al azar en sus oraciones cuando habla inglés. La frase intercalada de forma arbitraria es un significante que le recuerda al lector de Agatha Christie que el detective es belga, extranjero y hasta un poco ridículo.

Es más: las supuestas citas de Mou ni siquiera son textuales. Por ejemplo, la cita famosa que dio pie a que conozcan a Mourinho irónicamente como The Special One no coincide con la del póster. En su rueda de prensa inicial al frente del Chelsea, el portugués en realidad afirmó lo siguiente: «Please don’t call me arrogant, but I’m European champion and I think I’m a special one». ¿Arrogante? Sí. ¿Agramatical? No.

Para usar la terminología semiótica, los errores gramaticales en la campaña de Henderson transmiten diversas connotaciones: ‘extranjero’, ‘arrogante’ y ‘presumido’, pero también ‘victorioso’, ‘eficiente’ y ‘exitoso’. (También puede denotar ‘exotismo’ o, en el caso de un ídolo del cine como Antonio Banderas o Sophia Loren, ‘sensualidad mediterránea’).

Por supuesto, esto no significa que uno simplemente pueda transmitir una imagen de sensualidad o éxito al violar impunemente las leyes de la gramática inglesa. El globés es una herramienta necesaria pero peligrosa. Y en caso de duda, contrate a un traductor o revisor profesional para que redacte sus textos del español al inglés.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

«Breaking Bad» y «Casa de mi padre»: ¿el español conquista Estados Unidos?


Una de las cosas que más me divierte de la cruzada contra el anglicismo en el mundo hispanohablante es su contrapartida —igual de histérica— en Estados Unidos: la lucha contra la creciente influencia del español debido a las oleadas de inmigración tanto legal como ilegal desde el sur del río Grande. La semana pasada, el candidato presidencial republicano Rick Santorum, al ser interrogado sobre la posible incorporación de Puerto Rico como estado, expresó su apoyo, aunque con la salvedad de que se respete la ley federal y adopte el inglés como lengua oficial. Nadie ha acusado a Santorum de ser un intelectual, mucho menos de ser un experto constitucionalista. Pero una de las cosas más simpáticas de Estados Unidos es que no tiene idioma oficial. A los padres de la patria norteamericana —viviendo en la feliz etapa previa al romanticismo y el nacionalismo— ni siquiera se les pasó por la cabeza la necesidad de indicar en su Constitución que el idioma inglés tendría que ser la lengua oficial del gobierno que estaban fundando. Pese a lo candente que siempre es el tema de la identidad cultural, el movimiento de consagrar oficialmente el anglosajón moderno como idioma legal no ha hecho demasiados avances.

¿Hasta dónde llega el grado de influencia del español en la patria de Noah Webster? Creo que la evidencia es mixta. Tomemos dos ejemplos, uno de la televisión y otro del cine.

El primero es el empleo de larguísimas escenas en español pero sin ninguna clase de subtítulo al principio de varios capítulos de la serie Breaking Bad. He visto dos o tres comentarios sugiriendo que la ausencia de subtítulos se debe al creciente bilingüismo de Estados Unidos. Pero esto es una forma errónea de interpretar estas escenas.

Breaking Bad se ha caracterizado desde el principio por la presentación al principio de cada capítulo de una imagen incomprensible, a menudo surrealista, que carece de cualquier contexto. Esta imagen se olvida inmediatamente y luego surge de nuevo, de forma inesperada, en el momento más álgido del capítulo. La técnica me recuerda bastante los comienzos de Dos metros bajo tierra, que comenzaba siempre con la muerte de la persona que sería velada durante ese capítulo en las pompas fúnebres de los hermanos Fisher. Aunque tangencialmente relacionada con el resto del capítulo, lo importante es que esta escena funcionaba como una forma a la vez brutal de recordarnos nuestra mortalidad (el tema de la serie) y un modo impactante de comenzar cada episodio.

Breaking Bad lleva esta misma técnica un paso más allá y la elabora de forma mucho más audaz. Un capítulo, por ejemplo, comienza con una imagen de un conejo de peluche con un ojo faltante que flota en una piscina. Esta imagen se queda en el aire hasta que, 40 minutos más tarde, el espectador comprende que el peluche es parte de los restos macabros de una colisión entre dos aviones.

Las largas escenas en español son realmente herramientas dramáticas para provocar este mismo efecto del extrañamiento. Se trata de quebrar las convenciones realistas para crear un tipo de experiencia estética más compleja, de segundo nivel, «meta» y posmoderna. Breaking Bad experimenta más con los límites de la ficción que la mayor parte de la televisión que jamás se haya hecho. Por eso creo que esas escenas no tienen nada que ver con la creciente influencia del español. Igual podrían haberse filmado en silencio o en sueco. La apuesta de los realizadores es lograr seguir contando una historia a un público angloparlante incluso aunque se supriman elementos tan esenciales como el diálogo.

Pasemos a otro caso. Esta semana se estrenó una comedia llamada Casa de mi padre, protagonizada por Will Ferrell. Tengo entendido que se trata de una parodia del género de la telenovela y está hablada principalmente en español (esta vez con subtítulos). Hablando en el Daily Show, Ferrell contó que no aprendió español sino que simplemente recitó el guion fonéticamente (cosa evidente para cualquier hispanohablante). Ferrrell también se presentó en el programa de Jimmy Kimmel, donde mantuvo una larga entrevista en español puramente fonético y subtítulos en inglés con el anfitrión. (Juzguen ustedes si la entrevista da una idea sobre la calidad de la película. A mí, personalmente, Will Ferrell nunca me ha hecho reír, a pesar de que soy devoto de Saturday Night Live desde que tenía diez años. Pertenece más a la tradición del clown que al del comediante stand-up.)

Sin embargo, más que evidencia de la potencia del español, creo que indica la fuerza de la cultura latina. Lo primero que uno tiene que preguntarse es cómo un público angloparlante que no ve telenovelas latinoamericanas en ningún idioma va a reírse con una parodia de este género. La respuesta es que muchos norteamericanos han visto telenovelas en español igual que muchos de nosotros, mientras surfeamos los canales de cable. Y aunque yo no he visto muchas, conozco sus convenciones. Pero si la película triunfa (y hay pocos motivos para esperar que sea un éxito, porque las críticas son uniformemente negativas), es porque incluso el angloparlante monolingüe comprende la gestualidad exagerada y las técnicas granguiñolescas de la telenovela sudamericana: entiende que la pareja se está peleando; entiende que el villano es villano porque la música tenebrosa se lo indica; comprende que la madre y la hija están compartiendo un momento de nostalgia porque el violín se lo dice de forma nada sutil.

Más que bilingüe o plurilingüe, mi impresión es que Estados Unidos se está volviendo un país pluricultural, con una mayoría firmemente angloparlante y monolingüe que sin embargo está conectada, o al menos yuxtapuesta, con muchas culturas procedentes del resto del mundo.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

 

Breve apostilla sobre funcionalidad y estética en la traducción asistida por ordenadores


Los dos comentarios a la entrada sobre Apple y el software de traducción tocaron el mismo punto: no es solo que estos programas como Trados o Wordfast son feos, sino que además son malos. Un lector llamado Gustavo planteó una crítica que se escucha con frecuencia: Trados no retiene información contextual. Lo que quizás no logré transmitir en mi pieza es que estética y funcionalidad no son dos valores separados y distintos, sino complementarios. Son dos caras de la misma moneda. Esa es la gran enseñanza del diseño industrial del siglo veinte que los diseñadores de Apple se esmeran por implementar. Forma y fondo: la primera lección en cualquier facultad de literatura o escuela de arte moderno. Forma y fondo, fondo y forma: dos cosas indesligables. El mismo punto lo hizo el fanboy número de uno de Apple, Stephen Fry, en una entrevista para la BBC y en un ensayo sobre Jobs: los diseñadores de Apple simplemente estaban aplicando lo que Oscar Wilde descubrió hace un siglo. La frase de Fry que prácticamente saltó de la página para mí fue la siguiente: «La cualidad suya [de Jobs] que más reverenciaba era que se rehusaba a mostrar desprecio por sus clientes al tirarles encima algo que era “suficientemente bueno”.»

¿Por qué? Porque «good enough translation» es uno de los eslóganes invocados por los teóricos de la Baja Calidad.

Para concluir, no quiero que Trados mejore su interfaz para sentirme más inspirado ni porque yo me siento especial y lindo. Quiero que un diseñador comience a pensar en formas más atractivas de organizar el trabajo de un traductor porque al mismo tiempo contribuiría a crear un producto mejor adaptado a su función.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

¿Dónde están los yates de los clientes?: confesiones de un ex goldmaniano


Esta semana, un ejecutivo de Goldman Sachs hizo lo que secretamente sueñan con hacer millones de empleados resentidos de todo el mundo: renunciar, pero renunciar de una forma tan espectacular que compita con Sansón, con columnas cayendo, lluvias de azufre, ciudades incendiándose, eunucos corriendo despavoridos y aristócratas babilónicos ahogándose en su propia sangre. Haciendo honor al ejemplo de Don Draper, Greg Smith eligió la página editorial del New York Times para notificar su renuncia. La idea básica de su texto es que hace doce años, cuando Smith se incorporó a la firma, Goldman Sachs cumplía con los ideales de servir ante todo a los clientes. Este principio quedó consagrado en los famosos catorce principios de Sidney Weinberg, el legendario padre del Goldman Sachs moderno. Estos principios básicamente se reducen a afirmar que la mejor forma de triunfar es servir ante todo los intereses del cliente. «Codicioso, pero codicioso a largo plazo» es un cliché que se escucha con frecuencia en Wall Street. La tesis es que ese compromiso con estos ideales se ha venido abajo durante el mandato del consejero delegado actual, Lloyd Blankfein.

La renuncia de Smith es impactante. No cabe duda de que el gesto es dramático.

Después de casi 12 años en la firma —primero como becario veraniego mientras estaba en Stanford, posteriormente en Nueva York por 10 años, y ahora en Londres— considero que he trabajado aquí lo suficiente como para entender la trayectoria de su cultura, su gente y su identidad… Goldman Sachs es uno de los bancos de inversión más grandes e importantes del mundo y es demasiado importante para el sistema financiero mundial como para seguir comportándose de este modo.

Pese a los múltiples escándalos financieros de la última década en los que salieron a la luz mensajes electrónicos en los que banqueros se reían cruelmente de sus clientes, Smith menciona con asombro que ha visto mensajes usando una colorida terminología financiera:

Ripping your eyeballs out: literalmente, “arrancarte los globos oculares”. Es una forma de decir que cuando un cliente quiera salirse de una operación que salió mal, le vas a cobrar una comisión tan alta que se sentirá como si lo hubieras torturado.

Muppets: escuché la traducción «marioneta» esta mañana en Business TV. Se trata, por supuesto, de los famosos títeres creados por Jim Henson (en España se conocen como los Teleñecos). Es un término despectivo utilizado para los clientes. Como insulto, yo solo había escuchado muppets en Inglaterra, que es donde trabajaba Smith cuando renunció. Es un término despectivo más del slang británico que no tiene nada inmediatamente relacionado con las finanzas o los clientes. Sospecho también que de ahora en adelante el término se universalizará y, aunque nadie lo escriba en sus correos electrónicos, la palabra muppet se escuchará entre risitas cuando dos banqueros discutan un cliente particularmente bruto.

El problema es que la reputación de Goldman ha caído tan bajo que incluso un tránsfuga recibirá poca simpatía. El mismo día que Smith publicó su renuncia ya había aparecido una parodia en la que Darth Vader presentaba su propia renuncia al Imperio:

Después de casi diez años en el Imperio, primero como becario veraniego, posteriormente en la Estrella de la Muerte y ahora en Londres, creo que he trabajado aquí lo suficiente como para comprender la trayectoria de su cultura, su gente y sus masivas máquinas espaciales de genocidio… El Imperio es uno de los regímenes opresivos más importantes de la galaxia y es demasiado importante para el asesinato galáctico como para seguir comportándose de esta forma.

Pero volviendo a Smith, había algo que me causaba extrañeza. Primero, no es un veterano de treinta años de las finanzas. Comenzó su carrera hace apenas doce años. Es dudoso que la Edad de Inocencia fuera en 2000 y terminara en 2006. Suena un poco ingenuo. Creo que quizás esa era la idea exaltada que a Smith le vendieron cuando era un aspirante a ejecutivo y que fue desengañándose de esa imagen a medida que ascendía en la jerarquía.

También hay un grano de verdad en lo que escribe el novel desempleado. Debido a que los bancos de inversión cada vez más invierten su propio capital en los mercados (lo que se conoce en la terminología financiera como proprietary trading), se suelen suscitar más conflictos de interés que en el pasado. Si operas con tu propio dinero, siempre existirá la tentación de vender las partes menos atractivas de tu cartera a un cliente un poco lento. Asimismo, si tienes que ganar dinero operando con valores y sabes que tu cliente comprará cierto activo, sabes de antemano cómo se comportará un mercado, una información invalorable. Si la aprovechas (cosa que es ilegal), empeoras las condiciones de compra o venta para tu cliente.

En la verdadera Edad de Oro (es decir, en los años sesenta, no en los noventa), un banco como Goldman no invertía su propio dinero. El banquero de inversión era un caballero elegantísimo salido de Mad Men que entraba con un traje de tres piezas impecable y te asesoraba sobre la forma de evitar que la Empresa Norteamericana Muy, Muy Grande engullera tu diminuta Aseguradora Crimson. Esa relación era mucho más sencilla y menos lastrada por conflictos de interés.

Pero incluso en esa época cabía la duda sobre la calidad de ese asesoramiento, igual que siempre ha habido dudas sobre los abogados. Cincuenta años antes de que Michael Lewis escribiera sus memorias sobre Salomon Brothers (Liar’s Poker), un libro satírico muy similar apareció durante la Gran Depresión llamado Where Are the Customers’ Yachts? La anécdota que le da el título versa sobre unos asociados de un banco de inversión que le dan a un empleado recién contratado un paseo por la zona de Wall Street. Al llegar a la orilla del río Hudson, uno de los asociados señala su yate en la lejanía. Los demás asociados a su vez señalan sus respectivos yates. El joven recién contratado hace una pregunta ingenua: ¿Y dónde están los yates de los clientes? Pregunta seguida por un silencio incómodo.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.