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«Moneyball», la película, y una reflexión sobre la estadística


Finalmente logré ver la versión filmada de Moneyball, el libro de Michael Lewis que reseñé hace unos meses. Obviamente, por tratarse del béisbol, no despertará demasiado interés en España. Además, es una película curiosa porque el deporte tampoco es el tema central. El verdadero protagonista es la estadística (sí, ya sé, ¿que podría ser más sexy?). Un economista graduado en Yale le vende al Billy Beane interpretado por Brad Pitt las teorías revolucionarias del Bill James. Una entrevista en el Financial Times con Beane y Lewis y una pieza del economista Tyler Cowen hace unas semanas hicieron explícito el vínculo entre diversas formas de análisis algorítmico aplicado a terrenos nuevos que ha provocado revoluciones en diferentes sectores de la economía.

El ejemplo que se les vendrá a la mente a todos es Google y sus algoritmos de búsqueda. Pero las aplicaciones de la estadística están por doquier. Uno de ellos es la traducción automática estadística, o SMT. La potencia de computación es aplicada a masas inmensas de oraciones en diferentes idiomas para extraer traducciones novedosas basadas en adivinanzas probabilísticas.

Pero esos ejemplos apenas rozan la superficie de las formas en que la estadística está transformando nuestro mundo a paso acelerado. Otra aplicación es la compra y venta de valores por parte de ordenadores. Otra es la forma en que los ordenadores de Facebook deciden la frecuencia con la que uno ve las actualizaciones de tal o cual amigo.

Algunos algoritmos son muy útiles, otros me parecen irritantes hasta más no poder. En lugar de permitirme modificar mis preferencias de búsqueda en Google News, los chicos de Mountain View deciden de forma paternalista cuáles son las configuraciones que me convienen más. Y otras fómulas son pura y simplemente desastrosas. Mientras escribo esto, se ha producido otro flash crash (crack instantáneo) producido por algoritmos que compran y venden acciones en milisegundos. Las acciones de Apple se desplomaron más de un 10% en Bolsa y se acaba de suspender la compra y venta de una empresa llamada BATS, un bróker especializado en el high-frequency trading (operaciones bursátiles a alta velocidad basadas en algoritmos computarizados). La OPI de esta empresa comenzó a 16 dólares canadienses y en menos de un día habían bajado a cuatro céntimos.

Volviendo a Moneyball, las películas sobre el deporte siguen una estructura bastante uniforme: el protagonista pierde, pierde y pierde; hace un cambio en su vida (romántico, financiero, táctico); luego comienza a ganar, gana un poco más y luego, en el juego del campeonato, se tropieza y está a punto de perder, pero en el último minuto logra sacar un jonrón/anotar el gol decisivo/encestar con un lanzamiento de tres puntos. Moneyball hace un saludo a esta bandera, pero regresa con la misma velocidad a centrarse en la verdadera historia, la apuesta de Billy Beane, director gerente de los Athletics de Oakland, por una teoría sobre la ineficiencia de los mercados.

El tema recurrente son los choques de Beane con la sabiduría convencional del resto de la organización de Oakland, es decir, el entrenador y los cazatalentos que le dicen una y otra vez que las fórmulas de los ordenadores ignoran ciertas cosas que solo los conocedores saben. Beane y su economista graduado en Yale consideran que estas preconcepciones son el equivalente a las ideas medievales sobre la generación espontánea y apuestan sus carreras a las nuevas ideas. Al final, por supuesto, el chico de la película gana, aunque solo parcialmente: los Athletics pasan de ser el peor equipo de su división a llegar a la postemporada, pero caen vencidos en los play-offs antes de alcanzar la soñada Serie Mundial. A Beane le ofrecen encargarse de los Medias Rojas de Boston, pero rechaza la jugosa oferta del rey de los hedge funds, John W. Henry (otro que hizo una fortuna aplicando algoritmos a los mercados ineficientes), para quedarse en Oakland.

La película me planteó una pregunta: ¿hay una analogía entre las tribulaciones de Beane (su enfrentamiento con los “expertos” trogloditas) y la traducción automática? A primera vista, la respuesta es no. Los programas de software del economista de Yale son claramente mejores que los cazatalentos a la hora de identificar cuáles son los mejores jugadores (o al menos los mejores jugadores cuyo precio ha sido mal fijado por un mercado ineficiente). En contraste, el producto del algoritmo de la TA es claramente inferior al producto de los peores traductores humanos. De modo que la analogía no funciona en ese nivel.

Donde sí podría funcionar la analogía «Beane-Galileo vs. cazatalentos-tomistas medievales» es al nivel de la visión general del mercado de la traducción. Si, efectivamente, la sociedad mundial se acostumbra a consumir traducciones de muy baja calidad, entonces los adalides de la TA habrían identificado una ineficiencia. Al generar cada vez más beneficios y expandir su participación de mercado, su visión terminaría por imponerse. Pero esto no depende de ningún modo de los cálculos de un ordenador. Representa una apuesta muy ambiciosa (y arriesgada) sobre la evolución de la economía mundial y, aun más, de la cultura mundial, un ámbito incluso más difícil de pronosticar. Quizás ese sea el futuro y yo sea el equivalente intelectual del cardenal fanatizado que acosaba a Galileo. No lo descarto. ¿Quién sabe? Dejo la puerta abierta a cualquier cosa porque el presente que vivimos hoy día era imposible de pronosticar hace veinticinco años.

Dejo la puerta abierta a la posibilidad, pero también expreso libremente mi escepticismo sobre la probabilidad de este escenario. Hay una diferencia clave: yo en ningún caso hago predicciones sobre el futuro. Solo sé que será diferente e inesperado. Hay que mantenerse atentos a las formas en que cambia el mundo. Pero también hay que precaverse contra las apuestas estúpidas.

Cuenta Nassim Nicholas Taleb de Casanova que este siempre se estaba congratulando sobre su maravillosa suerte: al final de su vida, en sus memorias, el amante del siglo se asombraba de la cantidad de aprietos imposibles en que se había metido y del hecho de que siempre se había salido con la suya. Pero Casanova es un ejemplo clásico del sesgo de la supervivencia: el problema es que ninguno de los centenares de Casanovas de pacotilla que fueron asesinados por cornudos iracundos alcanzó a escribir sus memorias. El gurú de los negocios que se inclina ante su bola de cristal y ve un futuro plagado por productos de segunda calidad y traducciones de tercera me recuerda más a uno de estos Casanovas fallidos. Y es que, estadísticamente, tiene más probabilidades de darse de bruces con una realidad distinta a la que espera que lo contrario.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Steve Jobs, los ingenieros y la tecnología traductoril


Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?

–Platón, La República

El libro de Walter Isaacson sobre Steve Jobs es una biografía autorizada que sin embargo transmite suficientes aspectos negativos sobre el fundador de Apple como para equilibrar la erupción hagiográfica que estalló después de su muerte hace unos pocos meses. Jobs nunca leyó el libro y el trato con Isaacson consistía en que ni Jobs ni Apple tendrían injerencia alguna sobre el contenido.

Portada traducción de biografía de Jobs

Portada de la traducción al español de la biografía de Jobs

El resultado es bastante interesante, un retrato exhaustivo de una de las personalidades clave de los últimos 100 años. Muchas anécdotas son negativas: no era un buen padre, lanzaba berrinches épicos cuando las cosas no salían como él quería, se atribuía el crédito por las ideas de otros, lloraba como un malcriado cuando no lograba imponerse y era abusivo con sus empleados.

Comprendo que Jobs suscite pasiones, tanto a favor como en contra. Dos pensadores que admiro mucho, Evgeny Morozov y Jaron Lanier, recientemente formularon serios reparos a lo que podemos denominar el «modelo Apple». El primero, en una reseña de la biografía de Isaacson, cuestiona la tendencia hacia el mundo dominado por las apps dentro de dispositivos vallados, un fenómeno que tendería a deprimir la libertad anárquica de la Red. Lanier, por su parte, se pregunta si los dispositivos de alta factura de Apple son la contrapartida elitista a los servicios de baja calidad (pero gratuitos) que proporciona Google a una escala más vasta para las masas crowdsourceadas y semiempleadas (véase The Local-Global Flip).

Ambos temas rebasan de lejos lo que se puede abordar en una entrada de blog. Baste con decir que la carrera de Jobs tocó demasiadas facetas de la vida moderna como para no suscitar reacciones fuertes. Sin embargo, quisiera centrarme aquí en un aspecto clave del libro de Isaacson: la forma en que vivimos actualmente y nuestras actitudes frente a la tecnología y la ciencia informática.

El leitmotiv dominante que recorre la biografía es que Jobs y Apple lograron forjar una síntesis única entre el arte y la tecnología. Cito dos fragmentos entre cien pasajes que ilustran este mismo punto (las citas están tomadas de la traducción al español de David González-Iglesias González publicada por Debate):

En la mayoría de las otras empresas, la ingeniería tiende a ser la que determina el diseño. Los ingenieros plantean sus requisitos y especificaciones, y entonces los diseñadores crean cubiertas y tapas que puedan acomodarlos. Para Jobs, el proceso tendía a funcionar en sentido inverso. Durante los primero días de Apple, Jobs había aprobado el diseño de la carcasa del primer Macintosh, y los ingenieros tuvieron que conseguir que sus placas y componentes cupieran en ella (…) «Antes de que Steve regresara, los ingenieros decían: “Aquí están las tripas” (el procesador y el disco duro), y entonces se las mandaban a los diseñadores para que las metieran en una caja —comentó el director de marketing de Apple, Phil Schiller—. Cuando haces las cosas así, obtienes productos horribles.» (pp. 433-434)

En la última presentación del iPad en la que participó Jobs, esta obsesión volvió a aparecer:

Con su última diapositiva, Jobs resaltó uno de los temas habituales de su vida, que quedaba ejemplificado en el iPad: una señal de tráfico que mostraba el cruce entre la calle de la Tecnología y la calle de las Humanidades. «El motivo por el que Apple puede crear productos como el iPad es que siempre hemos tratado de situarnos en la intersección entre la tecnología y las humanidades», concluyó. (p. 618)

Podría extenderme con quince o veinte otras citas que van por el mismo camino. El punto queda resumido por Lanier con mucha elegancia en una especie de obituario crítico de Jobs:

Quizás resulte sorpresivo que tan pocos directivos tecnológicos hayan logrado vapulear a los ingenieros lo suficiente como para hacer valer los principios de elegancia y simplicidad tal y como los entienden los no ingenieros. El éxito comercial de Apple ha creado una mejor atmósfera para esta clase de cosas en todas las compañías. Pero cabe la pregunta de cómo hizo Jobs para lograrlo.

Mi impresión, basada en diversas interacciones presenciadas a lo largo de muchos años, es que Jobs intercambió una forma de frikismo obsesivo y guiado por principios por otra. Durante los primeros años de los ordenadores personales, un diseñador o especialista en marketing que hacía una solicitud a los ingenieros desperdiciaba su tiempo. Los ingenieros tenían criterios y datos inexpugnables y eso tenía precedencia sobre las opiniones e intuiciones comunes y corrientes. Jobs no hizo ninguna solicitud. Por el contrario, impuso unos criterios aun más rígidos y exigentes.

Jobs ganó la carrera armamentista en la obsesión por el control. Sigue siendo la única figura que yo he visto que no era ingeniero y que ganó esta carrera contra los ingenieros de forma absoluta.

La tesis de esta entrada es que el divorcio entre tecnología y humanidades (y la tiranía de los ingenieros) se observa de forma particularmente trágica en el campo de la tecnología supuestamente diseñada para ayudar al traductor. Los valores de elegancia y enfoque en el usuario no se observan en ninguno de los productos que yo he tenido la ocasión (o más bien desgracia) de probar. Los ingenieros informáticos, que nunca son traductores, simplemente vienen con la solución previamente empaquetada y la depositan a los pies de los usuarios. Y cuando el usuario se queja de la baja calidad o de la falta de atención a las preocupaciones profesionales del traductor individual, los fabricantes de software se encogen de hombros con irritación y dicen: «A ver, dejad de lloriquear. Hora de apañarse».

Observemos la interfaz del programa líder en el mercado:

Trados pantalla traducción inglés traductor financiero

No es que sea un crimen contra la humanidad, pero es un atentado contra el buen gusto. Parece una pesadilla que tuvo Bill Gates durante una indigestión después de ver una exhibición bilingüe de Mondrian. Queda claro que no se ha hecho el más mínimo intento por crear una interfaz elegante que haga que sea placentero trabajar. Como dicen los argentinos frente al fútbol eficiente pero pedestre: no hay fantasía. Hasta hace poco yo utilizaba un portátil con una pantalla de 17 pulgadas y confieso que, pese a la multitud de miniajustes, nunca me sentí totalmente a gusto con esta interfaz. Ahora tengo un ordenador de 18,3 pulgadas y espero que esto alivie un poco la situación,

traducción tecnología traductor financiero

El Leviatán informático: ¿soberano benigno o déspota ilustrado?

pero sigue de todos modos en pie la observación de que el líder en el software de localización vive en un mundo prejobsiano. O más bien hobbesiano, donde el ingeniero domina el paisaje como un Leviatán inmutable y los requerimientos del campesinado traductoril quedan relegados a un segundo o tercer plano.

El Movimiento de Baja Calidad representa un estadio superior de este desprecio por el consumidor. Los intentos bizantinos de un Kirti Vashee o un Renato Beninatto por redefinir un concepto tan sencillo como «la calidad» simplemente equivalen a la misma encogida de hombros un tanto irritada del ingeniero. El bendito diálogo que promueven actualmente las empresas dedicadas a la traducción automática suele transitar un poco por la siguiente vía (puramente imaginaria):

Sube el telón:

1.- Un ideólogo de la Baja Calidad dice con una infinita ternura que «somos conscientes de que el producto de la TA sigue siendo de calidad menos que óptima, pero el problema es que la calidad ha dejado de ser un requisito indispensable en el mercado actual…».

2.- Inevitablemente, siempre hay un traductor que se pone de pie y exclama: «Hombre, no es que el producto sea de “calidad menos que óptima”, ¡es que es una mierda! Y dedicarme a poseditar esta bazofia a un céntimo por palabra simplemente significa que trabajaré tres o cuatro horas más al día por un tercio menos del dinero.»

3.- El ideólogo de la Baja Calidad hace una discreta señal y el personal de seguridad del hotel donde se celebra el congreso de localización se encarga de expulsar al molesto refusenik.

Baja el telón.

Este intercambio se da decenas de veces al día en todo el mundo, en persona y por Internet. Sospecho que la mayoría de los espectadores de estos intercambios suele identificarse un poco con ambos de los interlocutores en liza. Pero la carta bajo la manga que tiene el ideólogo de la Baja Calidad es que todos pensamos inconscientemente que, «sí, claro, la TA es una cagada ahora, pero en 2013 o 2017 o 2021 estará a años luz de donde está ahora».

A lo cual se debe hacer una observación: no está del todo claro que el problema de la traducción automática se resolverá únicamente mediante la Ley de Moore (es decir, mediante fuerza computacional bruta derivada de mayor capacidad de procesamiento).

Y ahora la segunda observación que le haría al quietista confiado en el progreso tecnológico: el ejemplo de Apple sugiere que los avances tecnológicos no suceden de forma aislada de otras fuerzas igual de importantes. Algunos factores son obvios, como los niveles de inversión que dedicamos a la innovación. Pero otros son más intangibles, como las exigencias de un solo individuo poderoso como Jobs o una comunidad que mira el estado actual de una tecnología y dice de forma unánime: «Lo siento, Pérez, pero esto es un bodrio. Vuelva a empezar de nuevo y regrese cuando tenga algo mejor que este zurullo decorado con lentejuelas».

Porque la voluntad humana (la objeción fastidiosa del humanista que critica la calidad del producto) no se puede descartar como motor del progreso tecnológico. Permítanme un ejemplo un poco dilatado. Hace diez años, era evidente que la explosión continuada en la capacidad de almacenamiento de datos estaba llevándonos a pasar de los CD a los mp3. Es decir, mucho antes de que Apple lanzara el iPod. Pero al lanzar su reproductor de bolsillo, Jobs cambió el rumbo de la tecnología y de la cultura musical al brindarnos una versión megapotenciada del Walkman y el Discman de décadas anteriores. Yo tengo un iPod clásico con una capacidad de 160 gigabytes. Alberga 17.000 canciones (la totalidad de mi biblioteca musical, unos 125 gigabytes) y ha transformado mi vida. Estoy convencido de que ninguna otra empresa habría cambiado mi vida del mismo modo.

Sin Jobs, estoy seguro de que tendría que andar a cuestas con un dispositivo con la mitad del almacenamiento y el doble del tamaño. Para darnos una idea, comparen este mamotreto, el Wolverine ESP de 120 gigas, con la elegancia minimalista de un iPod Classic. Ahora fíjense en el peso: mientras que el Wolverine pesa la vulgaridad de 2 libras (0,9 kilogramos), mi iPod me regala 40 gigabytes más a un peso de cinco onzas (0,14 kilos). Las respectivas fechas de lanzamiento de los dos productos no son tan diferentes. Si una raza alienígena aterrizase en la Tierra y comparase los dos dispositivos, llegaría a la conclusión de que el Wolverine es un antecesor lejano del iPod (quizás de la antigua Grecia) o que fue diseñado por una cultura primitiva que carecía del fuego y aritmética, mientras que el otro es el producto de un país poblado por Leonardos y Einsteins.

Sin Jobs, viviríamos felices cargando con nuestros dispositivos de diálisis de 900 gramos, como mulas de carga al servicio de Microsoft, porque no sabríamos que hay otras formas de hacer las cosas, otras formas de avanzar tecnológicamente, otros modos de soñar el futuro.

Si se me permite la analogía, creo que vivimos en un mundo paralelo de tecnología traductoril donde nuestro Steve Jobs se quedó viviendo en la India durante su juventud, perdido en una nube de filosofía zen y LSD. En lugar de regresar a la universidad a diseñar una versión más elegante de Trados o un programa de traducción automática fácilmente adaptable a la medida del individuo, el Steve Jobs lingüístico decidió dejarles la vía libre a las empresas inferiores que ahora nos acosan con sus productos mediocres.

Por supuesto, ninguno de nosotros es Steve Jobs, ni en términos de poder ni de simple capacidad de liderazgo. Pero somos una comunidad de usuarios que está más o menos harta de programas pesadísimos y costosos que se vienen abajo cuando los golpea una brizna de paja. De modo que mi invitación es a ser tan arrogantes e implacables como Jobs al exigir mayor calidad y menores precios a nuestros proveedores de productos informáticos y TA.

La lección de Apple es doble: 1) los ingenieros siempre pueden brindar soluciones más elegantes y eficientes si se les aplica la presión suficiente (al principio refunfuñan y dicen que es imposible hacerlo de otro modo, pero la magia de Apple es lograr que innoven bajo presión); y 2) los productos tecnológicos que sirven a las humanidades deben estar informados por la perspectiva del artista, humanista y (¿por qué no?) el traductor que emplea estas herramientas.

Pero el complejo de inferioridad del traductor frente al ingeniero silencia de antemano cualquier queja contra los productos de baja calidad. ¿Cuántos avatares fueron necesarios antes de que Trados te permitiera retroceder de una unidad a la anterior? La verdad es que si Jobs nos viera, nos gritaría con desprecio: «¡Sois unos capullos!» Este paralizante complejo de inferioridad es la contrapartida tecnológica del «culto de la pobreza» denunciado por Chris Durban, que mantiene a tantos traductores excavando carbón a oscuras con una pica y un pala en las minas mileurísticas de nuestros tiempos, cuarenta años después de que el hombre llegó a la Luna.

Humildad tecnológica y escasa ambición financiera son las sombras proyectadas sobre el muro de esta versión traductoril de la Alegoría de la Caverna.

Para concluir, observemos de nuevo al Mago de Cupertino durante el desarrollo del iMac:

Jobs tuvo que contener las objeciones planteadas por los ingenieros de montaje apoyados por Rubinstein, que tendían a plantear los inconvenientes económicos cuando se enfrentaban a los deseos estéticos y los variados caprichos de diseño de [Jony] Ive [jefe de diseño de Apple]. «Cuando se lo llevamos a los ingenieros —comentó Jobs— ellos plantearon treinta y ocho razones por las que no podían fabricarlo, y yo les dije: “No, no, tenemos que hacerlo”. Ellos replicaron: “Pero ¿por qué?”. Y contesté: “Porque yo soy el consejero delegado y creo que puede hacerse”, así que acabaron por hacerlo a regañadientes». (p.441)

Nadie que escribe o lee esto es el consejero delegado de una megacorporación. Pero somos los consejeros delegados de nuestras carreras, y de nosotros depende que la tiranía de los ingenieros no ahogue la exigencia de un mundo mejor, con más belleza y menos fealdad, con más tiempo libre y menos fatiga. Somos los humanistas encargados de exigir que la tecnología se someta a nuestros fines y no al revés. La sabiduría no consiste en adaptarse a las aberraciones del algoritmo, sino en saber hasta dónde este es útil. Y, sobre todo, en saber a partir de qué punto la aplicación del algoritmo comienza a distorsionar la realidad con su simplicidad inhumana.

Un traductor escapado de la caverna está ubicado en esa intersección entre la calle de la Tecnología y la calle de las Humanidades. Y apenas estamos en la infancia de la Revolución Informática. ¿Qué rumbo elegirá este traductor? ¿Cómo será el futuro que ayudará a crear?

Steve Jobs tecnología de traducción

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

La gira financiera de Michael Lewis pasa por Alemania y culmina en California


Vanity Fair ha publicado el último capítulo de la gira mundial por desastres financieros que llevó al escritor Michael Lewis a visitar Islandia, Irlanda, Grecia y Alemania. El grand tour termina en California, donde Lewis adelanta la tesis de que la crisis financiera en Estados Unidos se desarrollará principalmente a nivel de los gobiernos municipales, a diferencia de Europa, donde la crisis y la austeridad serán temas de discusión a nivel nacional y supranacional.

El mes pasado le tocó el turno a Alemania. ¿Por qué Alemania, se preguntará alguien, en vista de que su economía ha conservado su robustez en medio de la crisis mundial? El capítulo alemán desarrolla la tesis de que el sistema financiero alemán subvencionó la locura financiera de terceros a la vez que se mantenía a una distancia prudente de los excesos más demenciales. Un ejemplo directo: un banco alemán llamado IKB fue uno de los principales compradores de títulos basados en hipotecas basura emitidas en Estados Unidos. Para ampliar la tesis sobre Alemania como participante indirecto en la euforia financiera de la década pasada, el autor se explaya sobre temas dudosos de psicología nacional y estereotipos más o menos facilones. De hecho, toda la serie de artículos se basa sobre estereotipos bastante gruesos. Si Lewis hubiese escrito sobre España, no cabe duda de que el flamenco, los toros y Hemingway habrían hecho más de una aparición. En el caso de Alemania, los nazis y el humor escatológico figuran de forma prominente. La recepción crítica en la blogósfera fue bastante negativa, pero incluso los detractores más enconados destacaron el siguiente párrafo como una observación particularmente aguda:

Lo que los alemanes hicieron con el dinero entre 2003 y 2008 nunca habría sido posible en Alemania, debido a que no había nadie capaz de actuar como contraparte en las numerosas transacciones que celebraron pero que carecían completamente de sentido. Sostuvieron pérdidas masivas en todo lo que tocaron. De hecho, una forma de entender la crisis de la deuda europea —que se escucha con bastante frecuencia en Grecia— es que todo se reduce a una complicada maniobra por parte del Gobierno alemán, actuando en nombre de sus bancos, para recuperar el dinero de los mismos sin llamar la atención. El Gobierno alemán le da dinero al fondo de rescate de la Unión Europea para que este le dé dinero al Gobierno irlandés, el cual a su vez se lo da a los bancos irlandeses para que estos salden sus deudas con los bancos alemanes. “Están jugando billar”, afirma [el economista alemán Henrik Enderlein]. “La solución más sencilla sería entregar dinero alemán a los bancos alemanes y permitir que quiebren los bancos irlandeses”. Por qué no terminan por hacer esto es una pregunta que merecería la pena hacerse.

(***)

[Los alemanes] prestaron dinero a acreedores hipotecarios subprime, a promotores inmobiliarios irlandeses, a potentados financieros islandeses para hacer cosas que ningún alemán haría jamás. Aún no se sabe a cuánto ascienden las pérdidas alemanas, pero hasta hace poco eran 21 mil millones de dólares de mano de los bancos islandeses, 100 mil millones a causa de bancos irlandeses, 60 mil millones en diversos bonos estadounidenses respaldados por hipotecas basura y una suma que aún falta por definir en bonos griegos. El único desastre financiero de la última década que los banqueros alemanes esquivaron fue invertir dinero con Bernie Madoff.

Aunque estos dos últimos capítulos no me parecen ni tan divertidos ni tan iluminadores como las visitas a Irlanda y Grecia, siempre hay una oración que merece la pena guardar en el disco duro y varias que te hacen reír en voz alta. La imagen dominante de la serie de artículos (que este mes apareció en forma de libro con el título de Búmeran: andanzas en el nuevo Tercer Mundo) es que la crisis financiera tuvo un origen similar (el dinero barato) en todo el mundo, pero se desarrolló de forma diferente en cada país.  Cada país fue dejado a solas en una habitación a oscuras con una pila de dinero barato y cada cual hizo algo distinto pero igualmente desastroso. La siguiente cita es del artículo sobre Grecia:

El crédito no era simplemente dinero: era una tentación. Ofreció a sociedades enteras la oportunidad de sacar a la luz del día aspectos ignotos de sus personalidades que normalmente no podrían darse el lujo de complacer. A cada país se le dijo: “Las luces están apagadas, puedes hacer lo que quieras y nadie jamás lo sabrá”. Lo que optaron por hacer con el dinero en la oscuridad presentó variaciones de un país a otro. El deseo de los estadounidenses fue comprar hogares mucho más grandes de los que podían costear y permitir que los fuertes explotasen a los débiles. El deseo de los islandeses fue dejar de pescar, convertirse en banqueros de inversión y permitir que sus machos alfa diesen rienda suelta a una megalomanía que hasta entonces había estado suprimida. El deseo de los alemanes fue volverse más alemanes; el de los irlandeses fue dejar de ser irlandeses.

El párrafo que extiende el leitmotiv y lo aplica a los líos presupuestarios de California reza del siguiente modo:

El problema es que la gente toma dinero simplemente porque puede, sin tomar en cuenta las consecuencias sociales más amplias. No es una coincidencia que las deudas de los municipios y estados se salieron fuera de control al mismo tiempo que las deudas de los ciudadanos particulares de Estados Unidos. A solas en una habitación oscura con una pila de dinero, los americanos sabían exactamente lo que deseaban hacer, desde la cima de la sociedad hasta el estrato más bajo. Habían sido condicionados para coger tanto dinero como pudiesen sin pensar en las consecuencias a largo plazo. Posteriormente, las personas en Wall Street criticarían en privado la falta de honradez de las personas que dejaban de pagar sus hipotecas subprime, mientras que el pueblo norteamericano expresaría su indignación hacia los integrantes de Wall Street que se pagaron a sí mismos una fortuna para diseñar estos préstamos.

Podrá uno discrepar del análisis de Lewis, pero sería muy difícil dar una descripción más concisa del actual impasse político estadounidense, tanto a nivel federal como local.

Donde los ángeles no osan pisar…


Igual que muchos traductores especializados, los periodistas por lo general no tienen estudios formales en las áreas que cubren. Y a veces recibimos recordatorios abruptos de ello. Los doctores en economía perseguirán carreras como economistas académicos o funcionarios del Estado. Muy pocos se dedicarán al periodismo o a la traducción. Lo que significa que estas áreas relacionadas son ejercidas por aficionados apasionados pero quizás con algunas lagunas en su conocimiento. Estas carencias por lo general están ocultas, pero a veces esos cuerpos lacustres se abren ante nuestra vista para revelar una extensiones bastantes masivas.

Una ocasión semejante se presentó durante el Aspen Ideas Festival. Chrystia Freeland es una periodista de Reuters muy respetada. Se ha especializado en el estudio de la emergente clase de los superrricos y aparece entrevistada por televisión con gran frecuencia. Durante este evento, Freeland entrevistó a Justin Wolfers, un joven economista australiano que está muy de moda porque estudia el problema de la felicidad, tema muy en boga gracias a políticos como David Cameron. En el vídeo, Wolfers aparece con una melena rubia y unas gafas oscuras que lo hacen parecen un surfista californiano perdido en un mar de economistas y superestrellas de las finanzas.

En la entrevista, Wolfers menciona el estancamiento del ingreso de la familia estadounidense mediana. El intercambio es el siguiente:

Wolfers: Si quieres ser pesimista —y yo no soy tan pesimista— el ingreso de la familia mediana disminuyó durante la era Bush. Esto significa que si eres la familia mediana, ya has atravesado una década perdida.

Freeland: De modo que si eres la familia estadounidense media, no solo te has estancado sino que tus ingresos han disminuido.

Wolfers: La mediana, no la media…

Freeland (impaciente): La mediana es una especie de media, Justin.

Wolfers: No, una media es una especie de media. La mediana es la que está en el medio… Es la típica. ¿Te suena mejor así?

Freeland: La familia estadounidense típica…

Wolfers: A mí me pagan para que preste mucha atención a estas sutiles distinciones.

Wolfers es muy diplomático, aunque sus ojos traicionan un poco de la sorpresa al tener que explicar que una media es una media y la mediana es otra cosa. Porque la distinción no es nada sutil. Los conceptos en sí son muy sencillos. Según Wikipedia, la mediana “es el valor de la variable que deja el mismo número de datos antes y después que él, una vez ordenados estos”. Y la media es el producto de la suma de todos los valores en un conjunto dividido por el número de estos valores. La media y la mediana no siempre coinciden.

Quizás no sea justo criticar a Freeland. Al fin y al cabo, ella no es una especialista (aunque los conceptos en cuestión son un poco pedestres). Lo que sí criticaría es que ella insiste en su error al verse corregida: “Una mediana es una especie de media, Justin”. Sirva de recordatorio para que seamos humildes cuando estemos incursionando en el área de experiencia de nuestros colegas o clientes. “Fools rush in where angels fear to tread” (Donde los ángeles no osan pisar, los tontos entran a trompicones).

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

¿Rutina o el fin del mundo?: “El ala oeste” explica los intríngulis del techo de deuda


A mediodía de Washington del domingo, todo parecía indicar que republicanos y demócratas estaban acercándose a un acuerdo sobre el techo de deuda que implica 3 billones de dólares en recortes presupuestarios y cero aumentos de impuestos (es decir, la extensión de los recortes tributarios de Bush de 2001 y 2003). Aún falta por resolver muchos detalles y saltar múltiples obstáculos reglamentarios emanados de las complejas normas que rigen el funcionamiento del poder legislativo. Incluso se habla de prorrogar el plazo. El proceso ha estado cerca de resolverse en dos ocasiones este mes simplemente para estallar de nuevo en una tormenta de recriminaciones, de modo que sigue latente el riesgo de que el consenso se disuelva a última hora.

La palabra clave en todo este lío es entitlements, jerga burocrática para los programas de bienestar social que ofrece el Estado. Se trata básicamente de Medicaid, Medicare y el sistema de pensiones para jubilados. La palabra se puede traducir como “programas sociales”. Más allá del choque ideológico sobre la magnitud del sector público, estos programas abarcan una proporción gigantesca del gasto estatal en Estados Unidos. Efectivamente, el presupuesto discrecional es una parte mínima de las finanzas del Estado. Los programas sociales, en cambio, están manejados por pilotos automáticos: aumentan su coste según aumente la necesidad (paro, cantidad de personas jubiladas, etc.). Y sobre el horizonte se cierne el golpe más grande que jamás haya recibido un sistema de bienestar social: la masiva jubilación de la generación mis padres, el baby boom de la posguerra. Lo cual significa que, mande quien mande, la reducción del déficit pasa por recortar estos beneficios. Y esto es algo que nadie —ni siquiera el ala más ultra del Tea Party— se atreve a discutir en voz alta. De hecho, el tema es conocido como el “tercer riel” de la política americana: si lo tocas, mueres instantáneamente.

Ese es el desafío de la siguiente década para Estados Unidos y muchos países desarrollados. Mientras tanto, el cansino drama del techo de deuda permite muchas declaraciones altisonantes de principios y poses dramáticas que son transmitidas por los medios a los distritos locales de los diputados y senadores. Esta semana ha estado circulando un clip de The West Wing, uno de mis programas favoritos de todos los tiempos, donde Aaron Sorkin y su equipo de guionistas explican el trasfondo táctico de este recurrente ritual legislativo. Debajo del clip coloco mi traducción al español.

Annabeth: ¿Emitiremos un comunicado sobre la elevación del techo de deuda? El problema es que no comprendo nada…

C.J.: No quiero comunicados. ¿Cuándo será el voto?

Charlie: El Tesoro calcula que con el interés sobre la deuda, alcanzaremos el límite a medianoche de mañana. Así que quieren que el presidente presione para el voto ahora.

Toby: Lo cual, por supuesto, es una idea ridícula.

Annabeth: ¿”Por supuesto”?

C.J.: El liderazgo [en el Congreso] quiere programar el voto a la última hora posible.

Annabeth: Parece una locura.

C.J.: Siempre organizan el voto a última hora, justo cuando el gobierno está a punto de entrar en suspensión de pagos.

Toby: De ese modo, es demasiado peligroso para que un senador intente detenerlo.

Charlie: O trate de añadirle una enmienda.

C.J.: Solo da suficiente tiempo para un par de discursos en el Senado o la Cámara sobre lo terrible que es que hayamos gastado hasta el límite de la tarjeta de crédito nacional. Y un rápido voto sobre la tarjeta de crédito.

Charlie: Es un proyecto de ley de una sola oración. Solo hay que cambiar el seis a un siete.

Annabeth: ¿Billones?

Toby: Sí.

Annabeth: ¿Por qué quiere el Tesoro que el presidente lea un memorándum de veinte páginas sobre un proyecto de ley de una oración?

Toby: Quieren que esté al tanto del peor escenario.

Annabeth: ¿En caso de que no sea aprobado?

Toby: Sí, la destrucción total de la economía estadounidense. Seguido por el hundimiento de Japón en el mar. Seguido por una depresión mundial de unas proporciones que ningún mortal puede siquiera imaginar. Seguido por la semana dos.

Annabeth: Entonces, ¿esto del límite de deuda es rutinario o es el fin del mundo?

Toby: Ambas cosas.

C.J.: Muy bien, eso es todo. Gracias.

El clip contiene 289 palabras de diálogo comprimidas dentro de un íngrimo minuto de vídeo. Y condensa el clásico estilo de Sorkin: escenas donde se discuten temas muy complejos usando oraciones breves y concisas; un ritmo de filmación hiperactivo; diálogos relampagueantes en los que intervienen múltiples personajes. Conté diecinueve tomas. La velocidad es asfixiante. Ni me imagino lo que habría implicado traducir semejantes monstruos al español. (El ala oeste inmortalizó la técnica conocida como el walk and talk, en la que dos o más personajes discuten intrincados temas de política o economía mientras recorren los pasillos de la Casa Blanca.)

Estamos presenciando parte de la dinámica analizada por los ficticios colaboradores del presidente Bartlet. Los votos se están programando para la medianoche del lunes al martes —hora en la que la carroza estadounidense se convierte en calabaza podrida— para colocar la máxima presión sobre los legisladores. El problema esta vez es un poco diferente: hay un cohorte de cincuenta representantes recién elegidos del Tea Party que parecen estar bastante cómodos con la quiebra del Estado que tanto detestan. Y esa es la razón por la que esta vez el drama barato de la elevación del techo de la deuda es un poco más apocalíptico.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Mentiras, malditas mentiras y estadísticas


Las cifras de paro son aparentemente inescrutables. Esta tarde se divulgó en Estados Unidos la tasa de desempleo para el mes que acaba de terminar y resulta que aunque la economía añadió 244.000 puestos, la tasa de paro aumentó del 8,8% al 9,0%. Ajá, pensé yo, debe ser porque más personas ingresaron a la fuerza laboral (las cifras de desempleo no representan el porcentaje de la población adulta que no tiene empleo sino el porcentaje de la población adulta que activamente busca empleo). En esos casos, un aumento en la tasa de desempleo puede ser ligeramente positivo porque indica que más personas están buscando empleo activamente debido a una mejora de las perspectivas.

Sin embargo, nada de esto sucedió. La tasa de paro americana aumentó debido a una discrepancia entre dos sondeos distintos utilizados en la elaboración de la cifra general. Uno es el household survey, que mide cuántas personas reportan estar desempleadas. (Ojo, household survey no es una encuesta de viviendas sino una encuesta de hogares o familias.) Otro es el establishment survey, que mide cuántos empleos las empresas reportan haber creado. ¿Por qué no coinciden las dos medidas? Misterios de la ciencia patética. Para mí, es un recordatorio de que no se deben tomar las cifras estadísticas como reflejos nítidos de la realidad.

Afortunadamente para los legos como yo, los periodistas de Planet Money consultaron a un economista sobre la discrepancia y obtuvieron la siguiente respuesta: “a lo largo del tiempo, los dos indicadores retratan las mismas tendencias subyacentes, pero la encuesta de hogares es mucho más volátil a lo largo de periodos cortos”. Aunque los dos sondeos suelen coincidir bastante, a veces surgen diferencias, lo cual creó el resultado bipolar de hoy, que permitió a la Casa Blanca apuntar a la sólida creación de un cuarto de millón de plazas y a los republicanos invocar el aumento en la tasa general.

Lo cual me trajo a mente un dato curioso sobre los datos de desempleo. El País reportó este fin de semana sobre el desempleo juvenil: “La EPA cifra el desempleo entre los menores de 25 años en el 45%, más de 860.000 jóvenes. A finales de 2007, cuando comenzó la crisis, el paro juvenil era inferior al 18%”. Sin embargo, un podcast reciente del “economista encubierto” Tim Harford pone de relieve el hecho de que la tasa de paro juvenil incluye a los estudiantes. Es decir, los jóvenes entre 18 y 25 que acuden a la universidad se consideran desempleados. Hay buenas razones a favor y en contra para ello y, por supuesto, incluso restando a los estudiantes de la cifra de paro, el problema de la juventud sigue siendo terrible. Solo que las estadísticas a veces dicen más de lo que realmente deberían.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com