Y si se lo llevaran de allí a la fuerza–dije-, obligándole a recorrer la áspera y escarpada subida, y no le dejaran antes de haberle arrastrado hasta la luz del sol, ¿no crees que sufriría y llevaría a mal el ser arrastrado, y que, una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas?
–Platón, La República
El libro de Walter Isaacson sobre Steve Jobs es una biografía autorizada que sin embargo transmite suficientes aspectos negativos sobre el fundador de Apple como para equilibrar la erupción hagiográfica que estalló después de su muerte hace unos pocos meses. Jobs nunca leyó el libro y el trato con Isaacson consistía en que ni Jobs ni Apple tendrían injerencia alguna sobre el contenido.

Portada de la traducción al español de la biografía de Jobs
El resultado es bastante interesante, un retrato exhaustivo de una de las personalidades clave de los últimos 100 años. Muchas anécdotas son negativas: no era un buen padre, lanzaba berrinches épicos cuando las cosas no salían como él quería, se atribuía el crédito por las ideas de otros, lloraba como un malcriado cuando no lograba imponerse y era abusivo con sus empleados.
Comprendo que Jobs suscite pasiones, tanto a favor como en contra. Dos pensadores que admiro mucho, Evgeny Morozov y Jaron Lanier, recientemente formularon serios reparos a lo que podemos denominar el «modelo Apple». El primero, en una reseña de la biografía de Isaacson, cuestiona la tendencia hacia el mundo dominado por las apps dentro de dispositivos vallados, un fenómeno que tendería a deprimir la libertad anárquica de la Red. Lanier, por su parte, se pregunta si los dispositivos de alta factura de Apple son la contrapartida elitista a los servicios de baja calidad (pero gratuitos) que proporciona Google a una escala más vasta para las masas crowdsourceadas y semiempleadas (véase The Local-Global Flip).
Ambos temas rebasan de lejos lo que se puede abordar en una entrada de blog. Baste con decir que la carrera de Jobs tocó demasiadas facetas de la vida moderna como para no suscitar reacciones fuertes. Sin embargo, quisiera centrarme aquí en un aspecto clave del libro de Isaacson: la forma en que vivimos actualmente y nuestras actitudes frente a la tecnología y la ciencia informática.
El leitmotiv dominante que recorre la biografía es que Jobs y Apple lograron forjar una síntesis única entre el arte y la tecnología. Cito dos fragmentos entre cien pasajes que ilustran este mismo punto (las citas están tomadas de la traducción al español de David González-Iglesias González publicada por Debate):
En la mayoría de las otras empresas, la ingeniería tiende a ser la que determina el diseño. Los ingenieros plantean sus requisitos y especificaciones, y entonces los diseñadores crean cubiertas y tapas que puedan acomodarlos. Para Jobs, el proceso tendía a funcionar en sentido inverso. Durante los primero días de Apple, Jobs había aprobado el diseño de la carcasa del primer Macintosh, y los ingenieros tuvieron que conseguir que sus placas y componentes cupieran en ella (…) «Antes de que Steve regresara, los ingenieros decían: “Aquí están las tripas” (el procesador y el disco duro), y entonces se las mandaban a los diseñadores para que las metieran en una caja —comentó el director de marketing de Apple, Phil Schiller—. Cuando haces las cosas así, obtienes productos horribles.» (pp. 433-434)
En la última presentación del iPad en la que participó Jobs, esta obsesión volvió a aparecer:
Con su última diapositiva, Jobs resaltó uno de los temas habituales de su vida, que quedaba ejemplificado en el iPad: una señal de tráfico que mostraba el cruce entre la calle de la Tecnología y la calle de las Humanidades. «El motivo por el que Apple puede crear productos como el iPad es que siempre hemos tratado de situarnos en la intersección entre la tecnología y las humanidades», concluyó. (p. 618)
Podría extenderme con quince o veinte otras citas que van por el mismo camino. El punto queda resumido por Lanier con mucha elegancia en una especie de obituario crítico de Jobs:
Quizás resulte sorpresivo que tan pocos directivos tecnológicos hayan logrado vapulear a los ingenieros lo suficiente como para hacer valer los principios de elegancia y simplicidad tal y como los entienden los no ingenieros. El éxito comercial de Apple ha creado una mejor atmósfera para esta clase de cosas en todas las compañías. Pero cabe la pregunta de cómo hizo Jobs para lograrlo.
Mi impresión, basada en diversas interacciones presenciadas a lo largo de muchos años, es que Jobs intercambió una forma de frikismo obsesivo y guiado por principios por otra. Durante los primeros años de los ordenadores personales, un diseñador o especialista en marketing que hacía una solicitud a los ingenieros desperdiciaba su tiempo. Los ingenieros tenían criterios y datos inexpugnables y eso tenía precedencia sobre las opiniones e intuiciones comunes y corrientes. Jobs no hizo ninguna solicitud. Por el contrario, impuso unos criterios aun más rígidos y exigentes.
Jobs ganó la carrera armamentista en la obsesión por el control. Sigue siendo la única figura que yo he visto que no era ingeniero y que ganó esta carrera contra los ingenieros de forma absoluta.
La tesis de esta entrada es que el divorcio entre tecnología y humanidades (y la tiranía de los ingenieros) se observa de forma particularmente trágica en el campo de la tecnología supuestamente diseñada para ayudar al traductor. Los valores de elegancia y enfoque en el usuario no se observan en ninguno de los productos que yo he tenido la ocasión (o más bien desgracia) de probar. Los ingenieros informáticos, que nunca son traductores, simplemente vienen con la solución previamente empaquetada y la depositan a los pies de los usuarios. Y cuando el usuario se queja de la baja calidad o de la falta de atención a las preocupaciones profesionales del traductor individual, los fabricantes de software se encogen de hombros con irritación y dicen: «A ver, dejad de lloriquear. Hora de apañarse».
Observemos la interfaz del programa líder en el mercado:
No es que sea un crimen contra la humanidad, pero es un atentado contra el buen gusto. Parece una pesadilla que tuvo Bill Gates durante una indigestión después de ver una exhibición bilingüe de Mondrian. Queda claro que no se ha hecho el más mínimo intento por crear una interfaz elegante que haga que sea placentero trabajar. Como dicen los argentinos frente al fútbol eficiente pero pedestre: no hay fantasía. Hasta hace poco yo utilizaba un portátil con una pantalla de 17 pulgadas y confieso que, pese a la multitud de miniajustes, nunca me sentí totalmente a gusto con esta interfaz. Ahora tengo un ordenador de 18,3 pulgadas y espero que esto alivie un poco la situación,
pero sigue de todos modos en pie la observación de que el líder en el software de localización vive en un mundo prejobsiano. O más bien hobbesiano, donde el ingeniero domina el paisaje como un Leviatán inmutable y los requerimientos del campesinado traductoril quedan relegados a un segundo o tercer plano.
El Movimiento de Baja Calidad representa un estadio superior de este desprecio por el consumidor. Los intentos bizantinos de un Kirti Vashee o un Renato Beninatto por redefinir un concepto tan sencillo como «la calidad» simplemente equivalen a la misma encogida de hombros un tanto irritada del ingeniero. El bendito diálogo que promueven actualmente las empresas dedicadas a la traducción automática suele transitar un poco por la siguiente vía (puramente imaginaria):
Sube el telón:
1.- Un ideólogo de la Baja Calidad dice con una infinita ternura que «somos conscientes de que el producto de la TA sigue siendo de calidad menos que óptima, pero el problema es que la calidad ha dejado de ser un requisito indispensable en el mercado actual…».
2.- Inevitablemente, siempre hay un traductor que se pone de pie y exclama: «Hombre, no es que el producto sea de “calidad menos que óptima”, ¡es que es una mierda! Y dedicarme a poseditar esta bazofia a un céntimo por palabra simplemente significa que trabajaré tres o cuatro horas más al día por un tercio menos del dinero.»
3.- El ideólogo de la Baja Calidad hace una discreta señal y el personal de seguridad del hotel donde se celebra el congreso de localización se encarga de expulsar al molesto refusenik.
Baja el telón.
Este intercambio se da decenas de veces al día en todo el mundo, en persona y por Internet. Sospecho que la mayoría de los espectadores de estos intercambios suele identificarse un poco con ambos de los interlocutores en liza. Pero la carta bajo la manga que tiene el ideólogo de la Baja Calidad es que todos pensamos inconscientemente que, «sí, claro, la TA es una cagada ahora, pero en 2013 o 2017 o 2021 estará a años luz de donde está ahora».
A lo cual se debe hacer una observación: no está del todo claro que el problema de la traducción automática se resolverá únicamente mediante la Ley de Moore (es decir, mediante fuerza computacional bruta derivada de mayor capacidad de procesamiento).
Y ahora la segunda observación que le haría al quietista confiado en el progreso tecnológico: el ejemplo de Apple sugiere que los avances tecnológicos no suceden de forma aislada de otras fuerzas igual de importantes. Algunos factores son obvios, como los niveles de inversión que dedicamos a la innovación. Pero otros son más intangibles, como las exigencias de un solo individuo poderoso como Jobs o una comunidad que mira el estado actual de una tecnología y dice de forma unánime: «Lo siento, Pérez, pero esto es un bodrio. Vuelva a empezar de nuevo y regrese cuando tenga algo mejor que este zurullo decorado con lentejuelas».
Porque la voluntad humana (la objeción fastidiosa del humanista que critica la calidad del producto) no se puede descartar como motor del progreso tecnológico. Permítanme un ejemplo un poco dilatado. Hace diez años, era evidente que la explosión continuada en la capacidad de almacenamiento de datos estaba llevándonos a pasar de los CD a los mp3. Es decir, mucho antes de que Apple lanzara el iPod. Pero al lanzar su reproductor de bolsillo, Jobs cambió el rumbo de la tecnología y de la cultura musical al brindarnos una versión megapotenciada del Walkman y el Discman de décadas anteriores. Yo tengo un iPod clásico con una capacidad de 160 gigabytes. Alberga 17.000 canciones (la totalidad de mi biblioteca musical, unos 125 gigabytes) y ha transformado mi vida. Estoy convencido de que ninguna otra empresa habría cambiado mi vida del mismo modo.
Sin Jobs, estoy seguro de que tendría que andar a cuestas con un dispositivo con la mitad del almacenamiento y el doble del tamaño. Para darnos una idea, comparen este mamotreto, el Wolverine ESP de 120 gigas, con la elegancia minimalista de un iPod Classic. Ahora fíjense en el peso: mientras que el Wolverine pesa la vulgaridad de 2 libras (0,9 kilogramos), mi iPod me regala 40 gigabytes más a un peso de cinco onzas (0,14 kilos). Las respectivas fechas de lanzamiento de los dos productos no son tan diferentes. Si una raza alienígena aterrizase en la Tierra y comparase los dos dispositivos, llegaría a la conclusión de que el Wolverine es un antecesor lejano del iPod (quizás de la antigua Grecia) o que fue diseñado por una cultura primitiva que carecía del fuego y aritmética, mientras que el otro es el producto de un país poblado por Leonardos y Einsteins.
Sin Jobs, viviríamos felices cargando con nuestros dispositivos de diálisis de 900 gramos, como mulas de carga al servicio de Microsoft, porque no sabríamos que hay otras formas de hacer las cosas, otras formas de avanzar tecnológicamente, otros modos de soñar el futuro.
Si se me permite la analogía, creo que vivimos en un mundo paralelo de tecnología traductoril donde nuestro Steve Jobs se quedó viviendo en la India durante su juventud, perdido en una nube de filosofía zen y LSD. En lugar de regresar a la universidad a diseñar una versión más elegante de Trados o un programa de traducción automática fácilmente adaptable a la medida del individuo, el Steve Jobs lingüístico decidió dejarles la vía libre a las empresas inferiores que ahora nos acosan con sus productos mediocres.
Por supuesto, ninguno de nosotros es Steve Jobs, ni en términos de poder ni de simple capacidad de liderazgo. Pero somos una comunidad de usuarios que está más o menos harta de programas pesadísimos y costosos que se vienen abajo cuando los golpea una brizna de paja. De modo que mi invitación es a ser tan arrogantes e implacables como Jobs al exigir mayor calidad y menores precios a nuestros proveedores de productos informáticos y TA.
La lección de Apple es doble: 1) los ingenieros siempre pueden brindar soluciones más elegantes y eficientes si se les aplica la presión suficiente (al principio refunfuñan y dicen que es imposible hacerlo de otro modo, pero la magia de Apple es lograr que innoven bajo presión); y 2) los productos tecnológicos que sirven a las humanidades deben estar informados por la perspectiva del artista, humanista y (¿por qué no?) el traductor que emplea estas herramientas.
Pero el complejo de inferioridad del traductor frente al ingeniero silencia de antemano cualquier queja contra los productos de baja calidad. ¿Cuántos avatares fueron necesarios antes de que Trados te permitiera retroceder de una unidad a la anterior? La verdad es que si Jobs nos viera, nos gritaría con desprecio: «¡Sois unos capullos!» Este paralizante complejo de inferioridad es la contrapartida tecnológica del «culto de la pobreza» denunciado por Chris Durban, que mantiene a tantos traductores excavando carbón a oscuras con una pica y un pala en las minas mileurísticas de nuestros tiempos, cuarenta años después de que el hombre llegó a la Luna.
Humildad tecnológica y escasa ambición financiera son las sombras proyectadas sobre el muro de esta versión traductoril de la Alegoría de la Caverna.
Para concluir, observemos de nuevo al Mago de Cupertino durante el desarrollo del iMac:
Jobs tuvo que contener las objeciones planteadas por los ingenieros de montaje apoyados por Rubinstein, que tendían a plantear los inconvenientes económicos cuando se enfrentaban a los deseos estéticos y los variados caprichos de diseño de [Jony] Ive [jefe de diseño de Apple]. «Cuando se lo llevamos a los ingenieros —comentó Jobs— ellos plantearon treinta y ocho razones por las que no podían fabricarlo, y yo les dije: “No, no, tenemos que hacerlo”. Ellos replicaron: “Pero ¿por qué?”. Y contesté: “Porque yo soy el consejero delegado y creo que puede hacerse”, así que acabaron por hacerlo a regañadientes». (p.441)
Nadie que escribe o lee esto es el consejero delegado de una megacorporación. Pero somos los consejeros delegados de nuestras carreras, y de nosotros depende que la tiranía de los ingenieros no ahogue la exigencia de un mundo mejor, con más belleza y menos fealdad, con más tiempo libre y menos fatiga. Somos los humanistas encargados de exigir que la tecnología se someta a nuestros fines y no al revés. La sabiduría no consiste en adaptarse a las aberraciones del algoritmo, sino en saber hasta dónde este es útil. Y, sobre todo, en saber a partir de qué punto la aplicación del algoritmo comienza a distorsionar la realidad con su simplicidad inhumana.
Un traductor escapado de la caverna está ubicado en esa intersección entre la calle de la Tecnología y la calle de las Humanidades. Y apenas estamos en la infancia de la Revolución Informática. ¿Qué rumbo elegirá este traductor? ¿Cómo será el futuro que ayudará a crear?
Acerca de Miguel Llorens
Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.




Casi, casi dejo de leer esta entrada porque, lo reconozco, ya estoy harta de leer sobre Steve Jobs.
Totalmente de acuerdo con que los programas informáticos son feos. La cuestión es que no solo son feos estéticamente, sino que distan mucho de ser buenos (ni hablemos de amigables) en lo que supuestamente se proponen hacer.
¿El futuro? La diferencia entre Jobs que tuvo la voluntad de imponer su poder como consejero delegado (posiblemente a la mayoría de los consejeros delegados en las corporaciones traductoriles les importe un pito lo que hacen y cómo lucen los programas que venden) y el mundo de las traducciones es una cuestión de masa crítica: cuántas personas escuchan música y cuántas traducen. Esto no es comparar manzanas con naranjas, sino los consumidores finales del producto que se vende.
Hola, Marcela:
Gracias por terminar de leer. Un comentario: creo que la enseñanza de los diseñadores del siglo veinte es que estética y funcionalidad no son dos cosas distintas. Las dos cualidades se refuerzan mutuamente entre sí.
Muy interesante el artículo. Cuando vi por primera vez la interfaz de Trados 2009, tuve una sensación de oportunidad desperdiciada (“¿tanto publicidad para esto?”). Creo, además, que en el caso de Trados 2009, el usuario es ignorado por partida doble: no solo presenta un interfaz muy poco amigable, sino que además, desarma el texto y lo despoja de su formato original para presentarlo en migajas, sin contexto alguno. Esto último me parece más grave. Creo que todo el diseño del programa siempre apunta a automatizar la tarea, pagar menos y hacerla en poco tiempo, desde la óptica del gerente de proyecto/agencia.
Sí, ese fue otro defecto grave introducido al pasar de la interfaz de Word al ambiente propio, la falta de información de formato. Es parte de la torpeza general del programa. Durante un tiempo esquivé ese programa al insistir con la interfaz basada en Word de Wordfast Classic, pero al final la abandoné y nunca la he retomado, y ahora que Wordfast es propiedad de una de estas mega agencias, me siento menos inclinado a retomarlo.
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Te habría quedado mejor el teatrillo si en el paso 3 hubieran inyectado al pobre traductor un calmante, al estilo ruso. O mejor no doy ideas a los gurús.
Si bien no niego la contribución de Apple a la electrónica de consumo y al cambio hacia una cultura digital, creo que no hay tal bifurcación entre la calle Humanidades y la calle Ciencias. Vamos, que en general, no estoy de acuerdo con tu artículo en esta ocasión. Pero, para no enrollarme, mejor dejo la respuesta kilométrica para mi blog, que llevaba mes largo sin actualizar. Mañana más.
¡Menudo artículo te has mandado, amigo! Muy bueno. Me tomó un tiempito leerlo todo, pero valió la pena. ¡Un abrazo grande al autor!