Archivo mensual: julio 2011

¿Rutina o el fin del mundo?: “El ala oeste” explica los intríngulis del techo de deuda


A mediodía de Washington del domingo, todo parecía indicar que republicanos y demócratas estaban acercándose a un acuerdo sobre el techo de deuda que implica 3 billones de dólares en recortes presupuestarios y cero aumentos de impuestos (es decir, la extensión de los recortes tributarios de Bush de 2001 y 2003). Aún falta por resolver muchos detalles y saltar múltiples obstáculos reglamentarios emanados de las complejas normas que rigen el funcionamiento del poder legislativo. Incluso se habla de prorrogar el plazo. El proceso ha estado cerca de resolverse en dos ocasiones este mes simplemente para estallar de nuevo en una tormenta de recriminaciones, de modo que sigue latente el riesgo de que el consenso se disuelva a última hora.

La palabra clave en todo este lío es entitlements, jerga burocrática para los programas de bienestar social que ofrece el Estado. Se trata básicamente de Medicaid, Medicare y el sistema de pensiones para jubilados. La palabra se puede traducir como “programas sociales”. Más allá del choque ideológico sobre la magnitud del sector público, estos programas abarcan una proporción gigantesca del gasto estatal en Estados Unidos. Efectivamente, el presupuesto discrecional es una parte mínima de las finanzas del Estado. Los programas sociales, en cambio, están manejados por pilotos automáticos: aumentan su coste según aumente la necesidad (paro, cantidad de personas jubiladas, etc.). Y sobre el horizonte se cierne el golpe más grande que jamás haya recibido un sistema de bienestar social: la masiva jubilación de la generación mis padres, el baby boom de la posguerra. Lo cual significa que, mande quien mande, la reducción del déficit pasa por recortar estos beneficios. Y esto es algo que nadie —ni siquiera el ala más ultra del Tea Party— se atreve a discutir en voz alta. De hecho, el tema es conocido como el “tercer riel” de la política americana: si lo tocas, mueres instantáneamente.

Ese es el desafío de la siguiente década para Estados Unidos y muchos países desarrollados. Mientras tanto, el cansino drama del techo de deuda permite muchas declaraciones altisonantes de principios y poses dramáticas que son transmitidas por los medios a los distritos locales de los diputados y senadores. Esta semana ha estado circulando un clip de The West Wing, uno de mis programas favoritos de todos los tiempos, donde Aaron Sorkin y su equipo de guionistas explican el trasfondo táctico de este recurrente ritual legislativo. Debajo del clip coloco mi traducción al español.

Annabeth: ¿Emitiremos un comunicado sobre la elevación del techo de deuda? El problema es que no comprendo nada…

C.J.: No quiero comunicados. ¿Cuándo será el voto?

Charlie: El Tesoro calcula que con el interés sobre la deuda, alcanzaremos el límite a medianoche de mañana. Así que quieren que el presidente presione para el voto ahora.

Toby: Lo cual, por supuesto, es una idea ridícula.

Annabeth: ¿”Por supuesto”?

C.J.: El liderazgo [en el Congreso] quiere programar el voto a la última hora posible.

Annabeth: Parece una locura.

C.J.: Siempre organizan el voto a última hora, justo cuando el gobierno está a punto de entrar en suspensión de pagos.

Toby: De ese modo, es demasiado peligroso para que un senador intente detenerlo.

Charlie: O trate de añadirle una enmienda.

C.J.: Solo da suficiente tiempo para un par de discursos en el Senado o la Cámara sobre lo terrible que es que hayamos gastado hasta el límite de la tarjeta de crédito nacional. Y un rápido voto sobre la tarjeta de crédito.

Charlie: Es un proyecto de ley de una sola oración. Solo hay que cambiar el seis a un siete.

Annabeth: ¿Billones?

Toby: Sí.

Annabeth: ¿Por qué quiere el Tesoro que el presidente lea un memorándum de veinte páginas sobre un proyecto de ley de una oración?

Toby: Quieren que esté al tanto del peor escenario.

Annabeth: ¿En caso de que no sea aprobado?

Toby: Sí, la destrucción total de la economía estadounidense. Seguido por el hundimiento de Japón en el mar. Seguido por una depresión mundial de unas proporciones que ningún mortal puede siquiera imaginar. Seguido por la semana dos.

Annabeth: Entonces, ¿esto del límite de deuda es rutinario o es el fin del mundo?

Toby: Ambas cosas.

C.J.: Muy bien, eso es todo. Gracias.

El clip contiene 289 palabras de diálogo comprimidas dentro de un íngrimo minuto de vídeo. Y condensa el clásico estilo de Sorkin: escenas donde se discuten temas muy complejos usando oraciones breves y concisas; un ritmo de filmación hiperactivo; diálogos relampagueantes en los que intervienen múltiples personajes. Conté diecinueve tomas. La velocidad es asfixiante. Ni me imagino lo que habría implicado traducir semejantes monstruos al español. (El ala oeste inmortalizó la técnica conocida como el walk and talk, en la que dos o más personajes discuten intrincados temas de política o economía mientras recorren los pasillos de la Casa Blanca.)

Estamos presenciando parte de la dinámica analizada por los ficticios colaboradores del presidente Bartlet. Los votos se están programando para la medianoche del lunes al martes —hora en la que la carroza estadounidense se convierte en calabaza podrida— para colocar la máxima presión sobre los legisladores. El problema esta vez es un poco diferente: hay un cohorte de cincuenta representantes recién elegidos del Tea Party que parecen estar bastante cómodos con la quiebra del Estado que tanto detestan. Y esa es la razón por la que esta vez el drama barato de la elevación del techo de la deuda es un poco más apocalíptico.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Una póliza de seguro contra el fin del mundo


It’s the end of the world as we know it / and I feel fine.

R.E.M., “The End of the World as We Know It”

Estamos al borde del abismo financiero. Igual que en 2008. Y en 2001 después del 11 de septiembre. Y 1998, cuando el default ruso.  Y en 1997, cuando Tailandia anunció una depreciación relámpago de su moneda. Y 1996, cuando el “efecto tequila”. Y en la década de los 80, cada vez que un país latinoamericano estornudaba. Si uno lee los títulos de las memorias de los titanes de las finanzas, creería que esta ha sido la época más inestable desde que Gengis Kan amenazaba con arrasar el mundo civilizado. Robert Rubin, ex consejero delegado de Goldman Sachs y secretario del Tesoro bajo Clinton, denominó su libro In an Uncertain World (“En un mundo incierto”). Su sucesor en Goldman y luego en la secretaría del Tesoro de Bush intituló su libro sobre su época como apagafuegos mundial On the Brink, es decir, “Al borde” (entiéndase: del precipicio). Y no menos alarmista fue el expresidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, cuyas memorias llevan el poco reconfortante título de The Age of Turbulence, o “La edad de la turbulencia”. (No me cuadra mucho la alusión a la novela de Edith Wharton filmada por Scorsese, en la que unos aristócratas neoyorquinos del siglo diecinueve se debaten entre las exigencias de la libido, por un lado, y la posible pérdida de su sitial en la jerarquía social, por otro. A menos que  el punto que une los dos libros sea la fragilidad denunciada por Nassim Nicholas Taleb. Si en el Nueva York de la belle époque un divorcio indiscreto corría el riesgo de destruir el bienestar de decenas  de personas de un solo plumazo, los préstamos mal distribuidos en nuestro siglo corren el riesgo de dar al traste con el estatus social de miles de millones.)

El año pasado, Jamie Dimon, consejero delegado de JP Morgan y actualmente el banquero más poderoso del mundo, bromeó ante un interrogatorio en el Congreso que al preguntarle su hija qué era una crisis financiera, él respondió que se trataba de “algo que sucede cada cinco años”. Me imagino la risa un poco nerviosa y hueca de los legisladores.

Esta semana, apenas completado el enésimo capítulo de la crisis de deuda europea tras la cumbre del jueves, el foco inmediatamente se volvió a posar en Washington, donde los republicanos están tratando de utilizar el plazo de vencimiento del techo de la deuda como palanca para obtener recortes feroces al gasto fiscal. Con poco más de una semana antes de que venza el plazo, las partes siguen irreconciliables, intercambiando insultos indirectos en conferencias de prensa en lugar de propuestas en salas de negociación.

potada The Economist

El reconfortante arte de The Economist

No es poca cosa lo que está en juego. Un impago —por más técnico que sea— por parte de Estados Unidos sería el equivalente a 1.000 accidentes como Fukushima sucediendo el mismo día. Se trata de cosas que ni siquiera merece la pena considerar… hasta el día que hay que considerarlas.

El problema es que  nuestra “edad de la turbulencia” nos ha hecho chocar de bruces cada tres o cuatro años con el fin del mundo. Tanto así que se están abandonando los modelos de mercados eficientes a favor de conceptos como el “tail risk”, que se puede traducir al español como “riesgo de suceso extremo” o “riesgo de evento catastrófico”. En un mundo donde los mercados son eficientes, las crisis extremas son una probabilidad meramente estadística, pero no son frecuentes porque los mercados siempre tienden al equilibrio. Pero no vivimos en un mundo de árboles de chupachup, castillos de caramelo o mercados eficientes, sino uno donde los mercados tienden a extremos peligrosos con más frecuencia de la que quisiéramos.

Ya está empezando a aparecer toda la parafernalia que acompaña a los eventos catastróficos. Los relojes con cuentas regresivas en los canales estadounidenses de finanzas. Entradas de bitácora como esta, donde un reportero de PBS, la televisión pública americana, responde a un lector ansioso que pregunta si hay que abastecerse de efectivo ante el inminente vencimiento del plazo de la deuda pública (la respuesta es negativa, porque los bancos solo estarán en riesgo si el impago técnico se prolonga por semanas o meses).

cuenta regresiva

¡Uyuyuy!

Frente a toda esta tensión gran guiñolesca, compárese la situación en el mercado de deuda del gobierno estadounidense. Reina la placidez más absoluta. Calma chicha. “Se avecina el fin del mundo tal y como lo conocemos / y nosotros nos sentimos perfectamente bien”, parecen corear los inversores en renta fija con R.E.M. Igual que Lenny Bruce en la canción, no tienen miedo. El mercado no solo no ha sentido pánico por el inminente derrumbe sino que estos bonos, que podrían entrar en impago técnico dentro de una semana (!), incluso han subido de precio (!!). Lo que lleva a los economistas neokeynesianos como Paul Krugman a señalar muy satisfechos que no hay necesidad de una contracción fiscal anticíclica para evitar una supuesta crisis en los mercados de renta fija. Según esta perspectiva, la estabilidad de los bonos públicos estadounidenses es prueba de que los mercados están más que felices de prestarle dinero a Washington a pesar de los déficit y la creciente deuda.

Si bien la situación ciertamente no es tan grave como para cavar un refugio antiaéreo y almacenar comida enlatada, un impago técnico sí podría tener consecuencias imprevistas y esto es precisamente lo que mantiene en vilo a los encargados de formular políticas económicas.  Esa fue la amarga lección de Lehman Brothers en 2008. Se suponía que el mercado había tenido varios meses para prepararse para la posibilidad de esta quiebra. Pero la súbita desaparición de Lehman hizo que los poseedores de pólizas antiquiebra suscritas por AIG corrieran a esta aseguradora a exigir indemnizaciones, arrastrándola a su vez a la quiebra. También resultó que los fondos de mercado monetario —que muchos se habían acostumbrado a considerar como casi tan seguros como depósitos bancarios— habían invertido cantidades absurdas en bonos de Lehman. Al anunciar estos fondos que incurrirían en pérdidas, el sistema de banca minorista —que es el que nosotros empleamos en nuestra vida cotidiana— comenzó a tambalearse. Lo crucial es que la semana antes de Lehman, nadie había pensado en estas consecuencias. En nuestro mundo ultracomputarizado y sofisticado, incluso los reguladores, financistas y políticos más poderosos carecen de una imagen clara sobre todas las complicadas interrelaciones entre las instituciones y mercados. O mejor dicho, carecen de esa hoja de ruta hasta el día que todos los dominós comienzan a temblar y el sistema queda al desnudo como un gigantesco castillo de naipes.

Ahora bien, si perdemos el sueño por estos riesgos ignotos (los célebres “desconocidos desconocidos” de Donald Rumsfeld), ¿hay alguna forma de comprar cobertura contra el Apocalipsis? Primero: es poco probable que jamás exista un producto de este tipo al alcance de un inversor particular, por muy acaudalado que se sea. Segundo: cualquier producto que asegure contra el “riesgo de cola” es difícil de diseñar. Cualquier contrato semejante tendría que cuantificar el riesgo y ¿cómo hace uno para cuantificar el riesgo de una crisis financiera extrema?

Como escribe el bloguero Felix Salmon:

Si uno está comprando un seguro, necesita contar con la certeza de que su aseguradora estará en capacidad para pagar la indemnización en la eventualidad de una catástrofe. Pero en los mercados, su aseguradora es precisamente la clase de institución que probablemente entrará en quiebra debido a un evento extremo imprevisto.

Dicho de otro modo, ¿de qué sirve tener una póliza de seguro contra el Armagedón si tu empresa de seguros también sucumbirá?

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

La “Voz” de Groupon: el lenguaje como elemento esencial del modelo de negocio


Para mí es evidente que el cliente que valora el texto de su web, informe semanal, boletín anual o incluso algo tan baladí como una tarjeta navideña le asignará la misma cantidad de importancia a la versión traducida de ese texto. Y, por tanto, asignará un valor superior al traductor adecuado porque sabe que una traducción no es un producto indiferenciado: después del proceso de refinación, la gasolina hecha con petróleo de Nigeria es idéntica a la gasolina procedente de Arabia Saudí. ¿Sucede lo mismo con la traducción? Sí y no. Depende de si el cliente considera que su texto es una inversión o no, si es un elemento fundamental de su imagen corporativa o un simple apéndice.

La reflexión se me ocurrió después de leer un artículo del New York Times sobre Groupon, la empresa de cupones de descuento para negocios locales. La pieza no se enfoca en el carismático consejero delegado, Andrew Mason, sino en los equipos de escritores que desempeñan la labor diaria de redactar el texto que acompaña y vende los cupones individuales. De hecho, la empresa considera que la presentación escrita de los cupones es una parte esencial de su éxito, no un simple barniz que recubre una oferta comercial.

Internet, al igual que la imprenta, ha traído una explosión de palabras, pero también ha conllevado a una devaluación de la escritura. El artículo acota que “las palabras no son valoradas en Internet, tal vez debido a que contiene tantas de ellas. Los periódicos y las revistas han obtenido cantidades inmensas de lectores nuevos en línea, pero aún no logran recuperar los costes de producir el material de sus operaciones en Internet”. Groupon ha triunfado donde los medios antiguos han trastabillado al innovar un modelo donde el texto breve y humorístico es una punta de lanza para captar el interés del lector en un mundo donde, según algunos gurús como Seth Godin, abunda el material de lectura pero escasea la atención: “Groupon tomó prestadas algunas herramientas y términos del periodismo, suavizó la pesada mano de la publicidad tradicional, añadió un poco de tono y actitud bromistas, y enlazó el resultado a la oferta descontada. Por el momento, ha logrado que las palabras rindan beneficios”. En tres años, la empresa ha pasado de ser un start-up del montón para convertirse en un torbellino de expansión con presencia en 40 países, una plantilla de 40.000 empleados y 50 millones de abonados a sus ofertas diarias. El periodista del NYT descubre que la sede de Chicago está poblada por veinteañeros con carreras creativas. Son los graduados de filología y cine que normalmente se ganan la vida en las grandes ciudades con menesteres menos artísticos mientras persiguen sus sueños como cantantes, bailarines, pintores o escritores. Aunque distan de ser el equivalente americano del mileurista, los sueldos tampoco son estratosféricos: 37.000 dólares al año (25.841 €). La empresa ya es tan grande que muy pocos de los empleados actuales tendrán opciones sobre acciones cuando se produzca la inminente salida a Bolsa, lo que crea un abismo bastante grande (y quizás incómodo) entre estos millonarios en potencia y la masa que fue contratada después.

Ojo, esto no significa que la empresa considere que simplemente basta con contratar personas creativas y dejarlas libres en un campo sembrado de cubículos. Como buena empresa norteamericana, cree haber hallado un método industrial para lograr la producción en serie de textos creativos y divertidos. De hecho, una capacitadora habla de la “Voz Groupon” (sí, con mayúsculas; por lo visto, las empresas tecnológicas siempre tienen que terminar sonando como una secta milenarista).

Para ilustrar la forma en que se identifica a candidatos idóneos para canalizar esta “Voz”, tomemos un ejemplo de la prueba de ingreso:

P. ¿Cuál es la forma más interesante para describir un candelabro de 2.000 kg?

a. “Blinged out” (cubierto de diamantes)

b. Más brillante que un árbol de Navidad muy estudioso

c. Una trampa mortal

d. Muy grande y brillante

La mayoría de los candidatos elige la opción A: es urbana, contemporánea y está en labios del hipster metropolitano. Pero lo que busca la empresa es la clase de ingenio que transmite la opción B.

La creatividad al servicio del comercio puede suscitar escepticismo en el lector educado. Pero incluso dentro de esta camisa de fuerza, hay espacio para la simpatía. Este texto está tomado de un cupón para un dentista (la traducción es mía):

El Ratoncito Pérez es un ladronzuelo fetichista especializado en el contrabando ilegal de marfil. Es preciso detenerlo. El Groupon de hoy ayuda a mantener los dientes dentro la boca y fuera de las manos de criaturas furtivas y maniáticas.

Creo que la empresa se destaca por dos aspectos que nadan a contracorriente de tendencias muy fuertes en Internet.

El primer aspecto es que, al contratar a 40.000 personas, se trata de una empresa online cuyo impacto económico positivo corre parejo a su impacto social, cosa poco frecuente entre las empresas de Internet (Facebook, en contraste, tiene 700 millones de usuarios, pero apenas unos 4.000 empleados [sí, cuatro mil]). La falta de impacto económico de la tecnología nueva es uno de los factores citados por Tyler Cowen para “El gran estancamiento”.

Y el segundo aspecto es que al enfocarse en el texto, la empresa rompe con la tendencia también marcada en la Red de tratar un texto como un simple objeto indiferente creado para atraer más clics y vender anuncios. AOL, por ejemplo, contrata a ejércitos de escritores para que escriban miles de sinopsis pequeñas de episodios de televisión que ni siquiera tienen tiempo de ver. La empresa capacita a estos profesionales para que escojan “palabras clave” que atraigan el máximo número de visitantes. No es una sorpresa que el resultado a menudo sea despreciable. Un empleado exasperado escribió a un supervisor preguntando si es que acaso a la empresa le importa la calidad de lo que escriben estos siervos de la gleba cibernética. La respuesta fue un lapidario “no”.

La meta de Groupon es mercantilista, pero al menos no contamina el ciberespacio con papel cazamoscas diseñado para atrapar internautas distraídos al menor coste posible. Por supuesto, una empresa tan joven difícilmente puede servir como baremo para pronosticar el futuro. Sobre este modelo se ciernen toda clase de problemas: la facilidad con la que se puede copiar el modelo; la intensa competencia de Google y Facebook; la posible ruptura de la burbuja tecnológica 2.0; ciertas quejas entre los comerciantes sobre la tajada  que se lleva Groupon, etc.

Pero un peligro que yo veo es la dificultad para reproducir la “Voz” de Groupon a nivel mundial. Si visitamos la web de la empresa en Madrid, se perciben algunos intentos por trasladar ese estilo urbano de principios de siglo al mundo ibérico. Pero varios intentos son un poco pedestres. Véase este de un “groupon” (¿grupón?) para un bar de sushi:

Los nipones son capaces de mezclar ingredientes como las algas, el arroz, el jengibre o las huevas de pescado y conseguir unos colores y unas formas atrayentes por sí solas. Déjate seducir por la comida japonesa con el menú para dos personas de Banzai Sushi Bar. Gastronomía oriental en pleno centro de Madrid.

http://www.groupon.es/deals/madrid/menu-para-dos-personas-de-banzai-sushi-bar/509523

Bueh. Está bien, pero dista mucho de ser memorable. Hay quien diría que es incluso aburrido. Y el uso de “nipones” para evitar la repetición de la palabra “japoneses” suena un poco mecánico.

Otros cupones hacen un intento más atrevido por sacar al lector del automatismo de la cotidianidad de la que hablaban los formalistas rusos. Es lo que hace este cupón para otro restaurante japonés (Sushiwakka), con resultados mixtos:

Sushina mina ¡eh! ¡eh! wakka wakka ¡eh! ¡eh! Es exactamente lo que cantaría Shakira en una situación como ésta, porque Sushiwakka es actualmente el restaurante oriental con más ‘movimiento’ de la capital.

http://www.groupon.es/deals/madrid/sushiwakka-madrid/57388

No sé qué dirán los lectores de esto, pero creo que la “Voz” de Groupon ha perdido algo de agudeza en su versión madrileña. No sé si será un problema cultural o un producto de la rapidísima expansión de la empresa. El artículo del NYT, al fin y al cabo, va directo al semillero de Chicago donde todo comenzó hace apenas tres años con un puñado de empleados. Ahora hay decenas de miles de colegas bombeando miles de cupones diarios en todo el mundo y en decenas de idiomas. El secreto de McDonald’s fue la reproducción del mismo producto, el mismo sabor y el mismo servicio en todos los idiomas y en todo el mundo. Pero ese proceso se gestó durante varias décadas. Groupon busca hacerlo en menos tiempo de lo que tarda un niño en graduarse de primaria.

De modo que no sé hasta qué punto la empresa será un éxito o si, por el contrario, será el equivalente contemporáneo de lo que fue Pets.com en la última burbuja. Pero lo que me llama la atención es que la depreciación constante del lenguaje no es una fuerza indetenible o una regla absoluta en la Red 2.0. Me reconforta un poco encontrar empresas cuya atención a su texto publicitario online es una parte integral de su filosofía.

Para cualquier meme de moda, siempre hay un contraejemplo igual de importante.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Consejos de ortotipografía y una observación sobre el empleo de las comillas


Por Twitter pude ver una presentación muy bien diseñada: “Microconsejos de estilo y ortotipografía para el traductor desprevenido”. Contiene un repaso muy útil de varias dudas y dificultades ortográficas y estilísticas con que el traductor se topa a diario. No tiene desperdicio. Fue elaborada por Ney Fernandes, cuya web es www.filigranatraducciones.com.

Se puede consultar en la siguiente dirección:

http://prezi.com/rraoupl93rvr/microconsejos-de-estilo-y-ortotipografia-para-el-traductor-desprevenido/

Ni tan calvo ni con dos comillas

El único punto en el que discrepo con el autor es en la siguiente regla:

Nos hemos acostumbrado a las comillas inglesas (“”), pero la jerarquía de las comillas en español es la siguiente:

  • comillas latinas: «» (alt+174 y alt+175)
  • comillas inglesas: “”
  • comillas simples: ‘’

Ejemplo de la RAE: Antonio me dijo: «Antonio me dijo: “Vaya ‘cacharro’ que se ha comprado Julián”».

Esta regla me tomó un poco por sorpresa debido a que confieso que las comillas angulares (también conocidas como inglesas, españolas o latinas) nunca las he usado. Incluso me tomé la molestia de tratar de reproducir los comandos enumerados en la diapositiva citada arriba para insertarlas en un documento de Word 2010, pero no resultó. Tuve que modificar los hotkeys para no tener que tomarme la molestia de hacer clic hasta el menú de caracteres especiales y bajar las benditas comillas canónicas a mi texto. Ahora bien, hasta ahora me había defendido bastante bien por la vida con mis comillas inglesas y simples. Echar por la borda este “anglicanismo” para plegarme a la Santa Iglesia Académica me produce un poco de fastidio. Decidí investigar un poco más, debido a que esta jerarquía se me antojaba como un poco anticuada.

Efectivamente, las reglas que invoca el autor de la presentación corresponden a las recetas de la Real Academia Española (consúltelas aquí).

Sin embargo, una ojeada a los diarios más importantes de España revela que hay mucha más heterodoxa promiscuidad en el uso práctico.

El País, El Periódico, Expansión y Cinco Días utilizan comillas inglesas tanto en sus títulos como en las citas dentro del texto:

Título: Miles de personas despiden a Cabral en Buenos Aires al grito de “chau, chau, Facundo”

Texto: Chau era una de las canciones de Cabral, en la que decía “chau, nos volveremos a ver”, “yo soy tu amigo porque soñaste el mismo mundo con el que sueño” y “Dios nos pone cada cosa en su lugar: por eso le da un Reagan a EE UU, pero un Gandhi a la India”.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Miles/personas/despiden/Cabral/Buenos/Aires/grito/chau/chau/Facundo/elpepucul/20110713elpepucul_6/Tes

El Mundo emplea comillas simples para títulos y comillas inglesas para los textos:

Título: Sergio Agüero: ‘No vuelvo al Atlético’

Texto: Sergio Agüero reiteró que no regresará al Atlético de Madrid porque necesita “cambiar de aires” y aseguró que mantiene la misma opinión que ya transmitió al club y a los aficionados justo antes de desplazarse a Argentina para disputar la Copa América.

http://www.elmundo.es/elmundodeporte/2011/07/13/futbol/1310572479.html

ABC es el único diario que se pliega al pie de la letra a la recomendación de la RAE:

Título: El exministro Piqué respalda a Zapatero: «La actitud de Alemania es preocupante»

Texto: Para ello, recalcó, «sería necesaria la cesión de competencias en materia fiscal y laboral» por parte de todos los estados de la zona euro, algo que consideró «difícil».

http://www.abc.es/20110713/economia/abcm-ministro-pique-respalda-zapatero-201107131824.html

La atención a las rectas normas para hablar y escribir es importante, pero la obsesión por introducir uniformidad incluso en los aspectos más nimios de la expresión escrita me parece un poco excesiva. Afortunadamente no todas las instituciones llevan la búsqueda de la uniformidad hasta extremos innecesarios.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

La prima de riesgo desbanca momentáneamente a Justin Bieber


No es un buen síntoma que un término financiero se convierta en trending topic en Twitter (o, como recomienda Fundéu, “tema del momento”). Hay una terrible correspondencia entre la frecuencia con que “CDO” y “subprime” estaban en boca de legos y hasta de comediantes estadounidenses en 2008 y la velocidad con la que su economía se estaba yendo al sumidero. Hoy le toca a la “prima de riesgo” en castellano, cuya traducción al inglés es risk premium, el diferencial o spread entre los bonos alemanes y los del resto de la UE.  Cuanto mayor es el diferencial entre la rentabilidad de estos, mayor es el riesgo percibido por el mercado.

Por supuesto, su popularidad se debe principalmente a los juegos de palabra:

@theibericpost The Iberic Post

Esta buena, sí. Es promiscua, sí. Te sonríe sospechosamente, sí. Pero por ese camino sólo hay hijos retrasados. #primaderiesgo

@tanbanal Ego Dixit

Yo también tengo una #primaderiesgo Se llama Paca y está muy loca

@javmallo Javier Mallo

INQUIETUDES POLIGLÚTEAS: La prima de Riesgo debe de ser una mujer dura de pelar, después de hacerte pasar por caja… ahora se relaja…

@saulphil

como traductor financiero me encanta que #primaderiesgo esté en twitter, pero nadie habla de la #madrequeleparioalriesgo

Y mi propia modesta contribución al género:

@miguelllorens financial-translator

No le temo a la #primaderiesgo, pero sí a la #madredetodoslosimpagos

Me encantaría ver el gráfico en una base de datos que mida la frecuencia con que aparecen palabras en medios impresos, pero lamentablemente el Ngram Viewer de Google solo es aplicable a libros, y eso solo hasta el año 2008.

De modo que tuve que improvisar un Ngram para pobres al consultar la cantidad de ocurrencias de la frase “prima de riesgo” entre comillas en diarios publicados:

En enero de 2001, la consulta arroja un solo mísero resultado.

En enero de 2010, la consulta nos da 95 modestos resultados.

En enero de 2011, después de que las crisis griega, portuguesa e irlandesa hubiesen explotado, ya tenemos un resultado más angustiante: 2.990 resultados para “prima de riesgo”.

Y como colofón, veamos las ocurrencias de este término financiero —que hace una década era exclusiva propiedad de medios especializados— tan solo en los primeros doce días del presente mes de julio: 4.810 resultados. Ufff.

Solo Dios sabe cómo terminará la crisis, pero si la frecuencia disminuye en agosto, quizás podamos respirar más tranquilos.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

¡Ese electrón es demasiado caro!: Dan Ariely analiza los ebooks


Hace unas semanas, el economista conductual Dan Ariely analizó en su bitácora el siguiente caso interesante: la editorial Hachette vende en Amazon.com un thriller (The Fifth Witness de un autor llamado Michael Connelly) a 14,28 dólares en su versión impresa. Sin embargo, la versión electrónica cuesta más (cosa, por demás, bastante frecuente en Amazon). Descargar el libro al dispositivo de lectura Kindle cuesta 14,99 dólares, o 71 centavos más.

Ariely argumenta que este tipo de estructura de precios tiene sentido:

Desde el punto de vista de la utilidad, cobrar más por la versión en Kindle se antoja como bastante razonable teniendo en cuenta que los libros Kindle se entregan instantánea y gratuitamente, que no ocupan espacio adicional ni pesan nada, que se pueden leer en cualquier ordenador, y que vienen con [funciones de] marcapáginas y resaltado muy prácticas que resultan interesantes para los demás lectores.

Pero esta discriminación negativa a nivel de precios en contra del Kindle desató un huracán de críticas de una sola “estrella” (la calificación más baja en el sistema de Amazon) por parte de iracundos usuarios del Kindle. (Estos incidentes son frecuentes en Amazon, aunque generalmente se producen cuando la editorial retrasa el lanzamiento de la versión en Kindle para no perjudicar las ventas en papel, otra estrategia muy frecuente empleada por las casas estadounidenses.) En el caso de Connelly, su reseña media es tres estrellas, resultado bajísimo para Amazon, donde el 95% de los libros —desde Guerra y paz hasta el último bodrio del escritor que trabaja para Sarah Palin— suele recibir una media de cuatro estrellas.

Ingenuamente, yo pensaba que la migración hacia el libro electrónico habría desembocado en precios mucho más baratos. O al menos que uno de sus efectos principales sería un abaratamiento del libro. Pero esto no ha sucedido, o al menos no ha sucedido aún por motivos que son interesantes.

Al embarcarse en la aventura del Kindle, Amazon (arbitrariamente) decidió que el “precio justo” para sus ebooks era 9,99 dólares. Es un precio más barato que los libros tapa dura recién lanzados, pero más caro que la inmensa mayoría de los libros de bolsillo. El precio, permítanme remachar, es totalmente arbitrario. En realidad, se trata de un precio subvencionado. Las editoriales no aceptaron ese precio porque corría el riesgo, a su modo de ver, de depreciar el valor de su mercancía. Por eso, cuando yo pago 9,99 $ (unos 14 7,10 €) por un ebook, Amazon pierde dinero y paga unos dos o tres o cuatro dólares adicionales a la editorial por cada unidad electrónica vendida. ¿Irracional? Sí y no. Amazon está apostando por un negocio futuro y, mientras las editoriales se adaptan al futuro, está dispuesta a asumir algunas pérdidas para captar participación de mercado (y si de algo sabe Amazon es cómo generar pérdidas mientras cultiva un negocio).

Otro secreto más indecente aún es que Amazon pierde dinero en todos los libros que vende, tanto impresos como electrónicos. Por sorpresivo que suene, los libros para Amazon son lo que se conoce en la industria minorista como loss leaders. Significa que son artículos que se venden con pérdidas para atraer clientes a las tiendas. La idea es que, además de comprar unos 20 o 30 o 100 libros al año a precios ínfimos, el cliente también comprará artículos más costosos como ordenadores o muebles, que es donde Amazon se apunta su inflado margen de beneficios.

¿Qué sucedió en el caso de Fifth Witness? Especulo que no se llegó a un acuerdo con la editorial y esta se reservó el derecho de establecer su propia estructura de precios.

¿Por qué es esto interesante? Porque es un caso en que una tecnología superior y más barata no ha conllevado a un descenso en los precios. ¿Por qué? Porque los usuarios del Kindle son individuos con un valor neto más elevado y más capacidad (o disposición) para consumir. Incluso los jóvenes profesionales sin muchos ahorros probablemente se sentirán más inclinados a comprar la versión electrónica por cuestión de conveniencia o de moda.

El episodio encierra cuatro lecciones:

Lección 1: un avance tecnológico que permite una reproducción más barata no ha conllevado a un descenso de precios debido a características particulares del mercado. Se suelen oír comparaciones superficiales entre Gutenberg e Internet, pero ejemplos como este sugieren cautela a la hora de sacar conclusiones fáciles sobre el cambio tecnológico.

Lección 2: hace falta un cambio estructural en el mercado editorial para que los libros bajen hasta niveles realmente bajos (3,00 o 4,00 dólares por ebook). Por solo citar una condición necesaria, a los autores establecidos aún les falta hacerse a la idea de lanzarse al mercado sin el entramado tradicional de agentes, editores y críticos. Son muy pocos los autores establecidos que están optando por la ruta de la autopublicación a precios bajos. Me parece un indicio palpable de que la tecnología no es el factor determinante que mueve a la economía, sino más bien al revés.

Lección 3: inconscientemente tenemos ciertas ideas sobre lo que es un precio justo. Estas ideas a veces chocan con la realidad de la economía de mercado. Los compradores del Kindle sienten que tienen derecho a un precio más bajo que el libro impreso debido a que el coste de producción del libro electrónico es inferior. Tenemos todavía la idea ingenua de que el precio debería estar correlacionado con el coste de producción. Pero en una economía de mercado, el precio es lo que el mercado esté dispuesto a pagar (los costes de producción influyen, pero no son el factor determinante). La editorial Hachette astutamente (aunque de forma un tanto brutal) ignora esta expectativa de justicia. Su apuesta es que la versión electrónica venderá más pese a su precio superior (engordando así un margen de beneficio más grande que el obtenido al vender una versión impresa en papel).

Lección 4: el episodio es una confirmación indirecta de la tesis del “Gran estancamiento” de Tyler Cowen. La innovación tecnológica en nuestra época solo está beneficiando a pequeños grupúsculos (como sugiere Cowen). Lo que atrae a los ciberadictos al Kindle no es tanto el precio inferior sino su conveniencia y su estilo (“dime cómo lees y te diré quién eres”). Quizás algunos cultores del ebook no se sientan parte de una élite, pero lo son. Y la editorial lo sabe. Y sabe además que su demanda es menos sensible a los precios y, por ende, menos elástica. Así que, bum, te cobro más por tener un Kindle.

Mi conclusión: la decisión de Hachette es racional, pero adolece de un grave defecto. Provoca la ira de una parte del público que, por la razón que sea, espera que sus electrones sean más baratos que sus virutas de madera. Obsérvese que esta parte del público es irracional a la luz de la teoría económica neoclásica. Pero esa teoría no incluye factores como nuestras ideas sobre la justicia, que pueden ser irracionales o no, pero también influyen en nuestras decisiones económicas.

¿La solución cínica? La solución de un Voltaire editorial sería aumentar el precio de la versión impresa hasta un nivel superior a su homóloga electrónica. Esto mata dos pájaros de un tiro: respeta las creencias inconscientes sobre la justicia y permite que la empresa se embolsille su beneficio sin provocar un torbellino de reseñas negativas.

Lo verdaderamente curioso es que Ariely no perciba este detalle. Al fin y al cabo, se ha vuelto famoso explorando las conductas irracionales del sujeto supuestamente racional y calculador de la economía neoclásica. (Por cierto, sus libros se tradujeron al español bajo los sugestivos títulos de Las trampas del deseo y Las ventajas del deseo, que deben haber inducido a más de uno a creer que son novelas eróticas). En este caso específico, me parece que Ariely está pensando demasiado con la cabeza de economista y muy poco con la el instinto del psicólogo social.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

Salida a Bolsa en inglés: ¿“IPO” o “flotation”?


Desde que publiqué dos entradas de bitácora sobre el debut en Bolsa de LinkedIn el mes pasado, recibo diez o doce visitas diarias de personas que al parecer buscan la traducción al inglés del término castellano “salida a Bolsa”. Supongo que las reglas de la hospitalidad me obligan a prestar un servicio a estos intrépidos internautas carentes de habilidades booleanas. Digo, como agradecimiento por haber llegado hasta aquí, aunque solo sea por un pequeño tropiezo.

La traducción al inglés allende el Atlántico es “IPO”, sigla de “initial public offering”, mientras que aquende el océano es “flotation”. En esto concuerdan las fuentes impresas: “IPO” es estadounidense y “offering” es británico.

Aunque no hay que ser dogmático. El norteamericano “IPO” lentamente se está haciendo un espacio en Gran Bretaña. Véanse los resultados del archivo del Guardian (que es gratuito y se extiende hasta la década de los noventa) para IPO y flotation, respectivamente. Podemos ver que “IPO” era un primo pobre en 2000 (142 menciones frente a las 855 del primo londinense “flotation”), pero que poco a poco se ha ido labrando un poco de espacio vital y podría terminar incluso dominando el mercado inglés.

¿Y viceversa? La palabra “flotation” no se usa nunca en Estados Unidos, al menos según los diccionarios bilingües. Sin embargo, el archivo del New York Times indica lo contrario: arroja 458 resultados solo para el último año (y dentro del ámbito financiero, que es lo importante). (Una nota curiosa y sin ninguna relación con lo presente: la palabra “flotation” alcanza 855 menciones en el Guardian en el año 2000, cuando la burbuja de las puntocom alcanzó sus alturas más dementes antes de estallar. Es un dato curioso para el economista interesado en estudiar las burbujas especulativas utilizando datos lingüísticos.)

La lenta convergencia entre “flotation” y “IPO” a ambos lados del Atlántico podría ser síntoma de globalización o de homogeneización entre las culturas financieras de Estados Unidos y Gran Bretaña. No lo sé. En todo caso, las explicaciones fáciles son sospechosas. La globalización no siempre es en un solo sentido. Palabras del slang británico a menudo aparecen en lugares muy americanos, de modo que la influencia también puede ser mutua. Hace quince años ningún estadounidense habría sabido lo que significa el polivalente “dodgy” británico.

Y si alguna duda cabe de mi generoso ofrecimiento de sabiduría colectiva, te remito a las siguientes fuentes:

http://www.inverpedia.com/diccionario/831-salida-a-bolsa.html

La economía en Internet, por supuesto, no funciona a base de dinero, y no lo solicitaré, pero si esta entrada te sirvió de algo, compénsame mediante una ciberlimosna: retuitea este post, sígueme en Twitter, echa un vistazo a mi web o visita mi blog en inglés.

¡Felices ciberviajes!

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com

“Too Big to Fail” de HBO: demasiado complicada para traducir


I feel just like Winona Ryder / In that movie about vampires.

And she couldn’t get that accent right./ Neither could that other guy.

–John Grant, “Sigourney Weaver”

La subsidiaria latinoamericana de HBO tiene su sede en Caracas y yo trabajé como subtitulador para ella durante mi época de estudiante. De vez en cuando, algunas de las películas que traduje en los 90 hacen su aparición en la pantalla y logro verificar qué tan bueno o tan malo era yo como traductor en aquel entonces. De hecho, en diciembre, estando en Venezuela, tuve el chance de ver dos películas que yo traduje: Bram Stoker’s Dracula de Francis Ford Coppola (¿me pagaban por eso?) y A Chorus Line. La verdad es que me sorprendió no avergonzarme demasiado de los subtítulos. Debo reconocer que el mérito no es solo mío: HBO, aunque un tanto a trancas y barrancas, logró conformar un equipo bastante profesional. El estándar general de sus traducciones para América Latina sigue siendo bastante elevado.

Sin embargo, en el caso de Too Big to Fail (reseñada aquí la semana pasada), los subtituladores se han topado con una rara avis que los ha dejado mal parados. Aunque el vocabulario no es tan esotérico que alguien que lea el periódico dejaría de entenderlo, TBTF tiene suficientes aristas especializadas como para requerir más análisis e investigación del que dispone el traductor que trabaja en una línea de producción industrial. Añádase a ello que se dispuso de muy poco tiempo para hacer la versión al español. El estreno en Estados Unidos fue hace apenas un mes. Debido a la temática de actualidad de la película, sospecho que se hizo un esfuerzo para lanzarla en el mínimo tiempo posible antes de que pierda más frescura. Y la premura se nota.

Primero, la figura central de la cinta, Hank Paulson, era el secretario del Tesoro de Bush, no el “ministro de hacienda”. Aunque el “chancellor of the Exchequer” puede transmitirse como “ministro de finanzas” del Reino Unido, el título de secretario del Tesoro de EE.UU. no tiene que ser “localizado”. Por otra parte, el británico banco Barclays (el candidato original para rescatar a Lehman Brothers) también sufre de un trastorno de personalidades múltiples: unas veces es “Barkleys” y en otra es “Barclay’s”. Otros resbalones simplemente hacen que una trama complicada se convierta en un oscuro laberinto sin salida ni iluminación. En una escena en el punto más álgido de la crisis, Hu Jintao informa a Paulson que los rusos estaban tramando una venta masiva y simultánea de bonos de Fannie Mae y Freddie Mac, las entidades semigubernamentales que garantizan hipotecas en Estados Unidos. Se trata de un detalle técnico, pero el subtitulador convierte los bonos de Fannie y Freddie en “acciones”, lo cual enturbia las aguas considerablemente. Otros errores son simplemente imperdonables: en una de esas, un “trillion” se convierte en un “trillón” (la deuda del Gobierno americano es pesada, pero tampoco imposible de pagar —al menos por ahora). En todo caso, consultar un diccionario, incluso el más ramplón, habría evitado estos gazapos.

Un último error demuestra que el subtitulador simplemente inventó un término cuando no tenía la más mínima idea de lo que estaba traduciendo. Los “investment banks” se convierten inexplicablemente en “banca industrial”. ¿“Banca industrial”? ¿Qué es la “banca industrial”? Más aún, ¿por qué no se podía consultar un simple diccionario bilingüe no especializado?

¿Habría podido hacerlo mejor a los veintidós años? Quizás sí, quizás no. En todo caso, creo que habría intentado resolver estas dudas con un poco más de ahínco.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com