A mediodía de Washington del domingo, todo parecía indicar que republicanos y demócratas estaban acercándose a un acuerdo sobre el techo de deuda que implica 3 billones de dólares en recortes presupuestarios y cero aumentos de impuestos (es decir, la extensión de los recortes tributarios de Bush de 2001 y 2003). Aún falta por resolver muchos detalles y saltar múltiples obstáculos reglamentarios emanados de las complejas normas que rigen el funcionamiento del poder legislativo. Incluso se habla de prorrogar el plazo. El proceso ha estado cerca de resolverse en dos ocasiones este mes simplemente para estallar de nuevo en una tormenta de recriminaciones, de modo que sigue latente el riesgo de que el consenso se disuelva a última hora.
La palabra clave en todo este lío es entitlements, jerga burocrática para los programas de bienestar social que ofrece el Estado. Se trata básicamente de Medicaid, Medicare y el sistema de pensiones para jubilados. La palabra se puede traducir como “programas sociales”. Más allá del choque ideológico sobre la magnitud del sector público, estos programas abarcan una proporción gigantesca del gasto estatal en Estados Unidos. Efectivamente, el presupuesto discrecional es una parte mínima de las finanzas del Estado. Los programas sociales, en cambio, están manejados por pilotos automáticos: aumentan su coste según aumente la necesidad (paro, cantidad de personas jubiladas, etc.). Y sobre el horizonte se cierne el golpe más grande que jamás haya recibido un sistema de bienestar social: la masiva jubilación de la generación mis padres, el baby boom de la posguerra. Lo cual significa que, mande quien mande, la reducción del déficit pasa por recortar estos beneficios. Y esto es algo que nadie —ni siquiera el ala más ultra del Tea Party— se atreve a discutir en voz alta. De hecho, el tema es conocido como el “tercer riel” de la política americana: si lo tocas, mueres instantáneamente.
Ese es el desafío de la siguiente década para Estados Unidos y muchos países desarrollados. Mientras tanto, el cansino drama del techo de deuda permite muchas declaraciones altisonantes de principios y poses dramáticas que son transmitidas por los medios a los distritos locales de los diputados y senadores. Esta semana ha estado circulando un clip de The West Wing, uno de mis programas favoritos de todos los tiempos, donde Aaron Sorkin y su equipo de guionistas explican el trasfondo táctico de este recurrente ritual legislativo. Debajo del clip coloco mi traducción al español.
Annabeth: ¿Emitiremos un comunicado sobre la elevación del techo de deuda? El problema es que no comprendo nada…
C.J.: No quiero comunicados. ¿Cuándo será el voto?
Charlie: El Tesoro calcula que con el interés sobre la deuda, alcanzaremos el límite a medianoche de mañana. Así que quieren que el presidente presione para el voto ahora.
Toby: Lo cual, por supuesto, es una idea ridícula.
Annabeth: ¿”Por supuesto”?
C.J.: El liderazgo [en el Congreso] quiere programar el voto a la última hora posible.
Annabeth: Parece una locura.
C.J.: Siempre organizan el voto a última hora, justo cuando el gobierno está a punto de entrar en suspensión de pagos.
Toby: De ese modo, es demasiado peligroso para que un senador intente detenerlo.
Charlie: O trate de añadirle una enmienda.
C.J.: Solo da suficiente tiempo para un par de discursos en el Senado o la Cámara sobre lo terrible que es que hayamos gastado hasta el límite de la tarjeta de crédito nacional. Y un rápido voto sobre la tarjeta de crédito.
Charlie: Es un proyecto de ley de una sola oración. Solo hay que cambiar el seis a un siete.
Annabeth: ¿Billones?
Toby: Sí.
Annabeth: ¿Por qué quiere el Tesoro que el presidente lea un memorándum de veinte páginas sobre un proyecto de ley de una oración?
Toby: Quieren que esté al tanto del peor escenario.
Annabeth: ¿En caso de que no sea aprobado?
Toby: Sí, la destrucción total de la economía estadounidense. Seguido por el hundimiento de Japón en el mar. Seguido por una depresión mundial de unas proporciones que ningún mortal puede siquiera imaginar. Seguido por la semana dos.
Annabeth: Entonces, ¿esto del límite de deuda es rutinario o es el fin del mundo?
Toby: Ambas cosas.
C.J.: Muy bien, eso es todo. Gracias.
El clip contiene 289 palabras de diálogo comprimidas dentro de un íngrimo minuto de vídeo. Y condensa el clásico estilo de Sorkin: escenas donde se discuten temas muy complejos usando oraciones breves y concisas; un ritmo de filmación hiperactivo; diálogos relampagueantes en los que intervienen múltiples personajes. Conté diecinueve tomas. La velocidad es asfixiante. Ni me imagino lo que habría implicado traducir semejantes monstruos al español. (El ala oeste inmortalizó la técnica conocida como el walk and talk, en la que dos o más personajes discuten intrincados temas de política o economía mientras recorren los pasillos de la Casa Blanca.)
Estamos presenciando parte de la dinámica analizada por los ficticios colaboradores del presidente Bartlet. Los votos se están programando para la medianoche del lunes al martes —hora en la que la carroza estadounidense se convierte en calabaza podrida— para colocar la máxima presión sobre los legisladores. El problema esta vez es un poco diferente: hay un cohorte de cincuenta representantes recién elegidos del Tea Party que parecen estar bastante cómodos con la quiebra del Estado que tanto detestan. Y esa es la razón por la que esta vez el drama barato de la elevación del techo de la deuda es un poco más apocalíptico.
Acerca de Miguel Llorens
Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com



